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Cinexcusas
Por Luis Tovar

De qué (chingados) se trata

Palabras más palabras menos, la frase con la que arranca esta entrega sería la traducción más fiel de la expresión estadunidense what the fuck, y es también lo que significaría Guatdefoc, es decir la castellanización pretendidamente simpática pero más bien burda con la que Fernando Lebrija tituló el segundo largometraje de ficción que dirige –el primero es Amar a morir (2009), de la que también es productor y guionista, como lo es de Flirting with Death (2003) y Sundown (2016).

Puesto que la película no apela en ningún aspecto ni momento a nada que se aproxime siquiera un poco a la originalidad, ni a cualquier cosa que al menos dé la sensación de discurso propio, aplíquese aquí el convencionalismo correspondiente de sorrajar la sinopsis o, en palabras ad hoc para el caso, decir de qué (chingados) se trata Guatdefoc, y va de cita:

“Logan [Devon Werkheiser] y Blake [Sean Marquette] están en su último año de preparatoria y están listos para un spring break épico en Puerto Vallarta, al cual van sin permiso de sus padres. Logan va motivado por conquistar a la chica de sus sueños, Lina. Todo cambiará cuando Logan se da cuenta que Lina no es la chica que él esperaba, por lo tanto todo el esfuerzo del viaje está a punto de caer cuando en eso Logan conozca a Gaby, una misteriosa y bella mexicana. Sin embargo, la gran sorpresa que Logan pronto descubrirá es que Gaby no es lo que pensaba tampoco y le ha robado el Rolex de su padre, para terminar en las manos de un gánster.”

Miasma de verano

Más allá de que, salvo el previsiblemente cursi, rosa y lugarcomunesco final, la película está contada casi completa, y más allá también del enorme sic con el que debe rubricarse la sinopsis, sucede que la redacción de ésta es menos espantosa que la manera en la que el probada y voluntariamente agringado Lebrija –véase nomás ese catálogo de complacencias facilistas y baraturas argumentales llamado Amar a morir– resolvió descerrajar su lelo cuento para adolescentes ídem: Guatdefoc no sería sino una más en la interminable lista de cintas agrupables bajo el título de aquella vieja canción cantada por el inefable Roberto Jordán –“Mi amor de verano”–, si no fuera por su condición, ésa sí para erizar los pelos, de asumido, craso y al parecer hasta deseado sometimiento sociocultural, y que en este momento vayan a verla todos esos desaprensivos que sostienen la torpeza de que una película hecha “sólo para entretener”, como se supone que es Guatdefoc, no tiene ninguna implicación ni repercute de ningún modo una vez abandonada la sala de cine; que la vean y al salir cuenten si es que pueden qué tiene de “entretenido” ver a esa pareja de adolescentes gringos clase media, menos empáticos que los de cualquier serie televisiva del montón, haciendo todo lo que dictan los clichés de la más mediocre mediocridad: ir a una playa fuera de Estados Unidos para poder reventarse a gusto; ser timados por todo mundo y quedarse sin dinero pero sin que importe no tenerlo porque en un país como México ni falta que hace; beber como imbéciles porque para eso vinieron; fotografiar camisetas mojadas de gringas tetonas con el celular porque lo mismo; ligarse a cuantas mexicanitas pendejas puedan porque la gringuita salió borracha y facilota y no vinieron nada más a tomar el sol precisamente; ser “sorprendidos” porque una de las “conquistas” resultó travesti y la otra ladrona, pero tener de su lado a esta última, que pasa de fichera ladrona a mujer culposa y luego buena onda y de ahí a enamoradísima del nene gringo, así como a un taxista local según esto transa y bien gandalla pero que al final acaba siendo su supercuate –y aquí Silverio Palacios haciéndola de Silverio Palacios, en un papel que lo sume en una ignominia en la que pareciera sentirse muy a gusto–, y pare usted de contar aunque, raulvelasquianamente, aún hay más…

La pregunta puede ser formulada con el mismo título del filme: ¿de qué chingados se trata con algo así? ¿Qué pretenden los perpetradores de Guatdefoc, digo, además de ganar dinero? Si era simpatía, no lo consiguieron. Si era brindar “entretenimiento”, cabe lamentar que alguien halle divertida esta apología ¿involuntaria? de ese turismo gringo pinche que, nada sergioleonescamente, por un puño de dólares viene a mearse, a vomitar y a cogerse –no hay otra palabra– a la que se deje, y si se enamora no es por otra cosa sino porque el gringo salió linda persona y, sin habérselo propuesto, acabará mejorando la raza.

No sé, pero tengo la impresión de que este miasma de verano podría gustarle mucho a Donald Trump.

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