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La Otra Escena
Por Miguel Ángel Quemain

La gente: el sabor amargo del desacuerdo

 

La gente, dirigida por Jaume Pérez con textos de Juli Disla y la adaptación de Bárbara Colio, da como resultado una obra subversiva y poderosamente provocadora , de una simpleza aparente, pero capaz de inocular esa sensación de vacío que provocan la mezquindad ajena, el desacuerdo y la voluntad de renunciar a cualquier posibilidad de ceder, de empatía y de colocarse no sólo en los zapatos del otro sino de participar en el mismo horizonte conceptual… y emocional.

La obra se despliega en un círculo que forman actores y público, todos reunidos e indiferenciados pero todos creyentes y partícipes de los guiños que provoca una situación donde los visitantes están dispuestos a la conducción de una especie de anfitriones que les indican que “vamos a esperar un poco más…”, “vamos a esperar unos minutos a que llegue más gente y se incorpore al trabajo”. Y justo así sucede, van llegando más personas que descubriremos que forman parte de este intento de construcción de un consenso “para llegar a algo”.

Poco a poco el público, que es tratado con benevolencia por quienes organizan la “junta”, la reunión, se da cuenta que entre ellos están repartidos, salpicados, unos actores que parecen encarnar algunas consideraciones con las que el público se identifica. En esa transición de separar al público de los actores es muy interesante observar la vocación actoral del público, vocación para actuar en el corazón mismo de un propósito político, de un objetivo civil, donde se dirimen los asuntos del Estado y el destino de la polis.

Esos agentes de opinión que se encuentran entre el público se oponen a la manipulación que intentan ejercer los administradores de la voz que ya han acordado con alguien más, alguien arriba, a quien no vemos pero que está detrás de esa voluntad de convencer. Son los líderes políticos que usufructúan las carencias y las pasiones simples de las masas: seguridad, vivienda, empleo, atención a la maternidad vulnerable, a los ancianos, a los niños, a los jóvenes.

Se erigen como los representantes del grupo pues son quienes han recogido los acuerdos, convocado a los asistentes, como si fueran las cabezas de un gran movimiento, cuyos trazos está dados por anticipado, con liderazgo garantizado pero hoy como nunca antes cuestionado y se les insinúa que están al servicio de la manipulación.

La gente no se pone de acuerdo, la gente quiere todo muy claro, que se entienda y le convenga. Por su origen y contexto, la obra podría apegarse a una manera de organizar el consenso y el acuerdo, de dirimir los intereses colectivos y distinguirlos de los personales, los de esa gente que está en la periferia de esta gran organización teatral ahora enclavada en el corazón de una colonia popular que antes aparecía en los noticieros emboscando peatones y automovilistas para asaltarlos y violentar el orden publico; se trata de la colonia Doctores, que fue en los años noventa una de las piezas favoritas de las televisoras para ilustrar el crimen ciudadano de los que menos tienen. Pero no, no se trata de eso, sino de mostrar en su complejidad formas de la condición humana que aparecen como resultado de procesos democratizadores y que le dan voz a quienes han permanecido silenciados por otros y por ellos mismos.

Un mal sabor deja este montaje, este performance, esta parodia de organización y de participación ciudadana, este sketch que podría ilustrar en qué han parado los paroxismos de la izquierda, los populacherismos que priístas, perredistas y otros minoritarios conservan como formas de comunicación con el electorado que opta por el frijol con gorgojo.

Es fundamental decir que este proyecto es resultado del cosmopolitismo creciente de la compañía, de esta organización teatral que ha roto sus fronteras estéticas y mentales para buscar en el orbe afinidades que la pongan en la mirada de la gente del mundo que hace teatro para cambiar y para cambiarlo.

Esta alianza tiene como sostén otra compañía y búsqueda ejemplar: Pérez&Disla surge tras varias colaboraciones, de la asociación de los artistas escénicos Jaume Pérez y Juli Disla. En 2011 presentaron Expuestos en el marco del festival urbano Russafa Escénica de Valencia. En 2012 estrenaron La gente en un antiguo horno en desuso, casi como un experimento, y más tarde se presentó oficialmente en la Muestra de Autores Contemporáneos de Alicante, continuando con la gira estatal hasta la actualidad.

Vale la pena verla y sentirla, sentir ese vacío que a veces nos provoca la vida en común.

 

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