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Jornada de Poesía
Por Juan Domingo Argüelles

Poder y pudor: poesía y “malas palabras”

Los poderosos han establecido, desde los tiempos más remotos, un tabú universal: ellos, como dignatarios, son intocables y, como jefes y altos personajes, ponen en torno suyo una muralla que los hace inaccesibles a los demás. En muchos casos no se les debe siquiera mirar a los ojos. Por eso el tabú está asociado a los intereses de las clases privilegiadas y a todos los que ostentan un poder y un pudor.

Pero las palabras no sólo tocan a los poderosos, sino que los embarran, especialmente en la poesía satírica y burlesca, recordándoles que sus orígenes –como los orígenes de todos los demás– también son sucios. Todo se puede prohibir, desde el punto de vista del Poder, pero también todo se puede transgredir, y la transgresión más temible es la de la palabra (hablada o escrita) que incita, si no a la acción, sí al menos a la conciencia y, en no pocos casos, a la burla. No hay nada peor para el Poder que un ciudadano consciente que se burla del flujo pretencioso que impulsa a las jerarquías de abusones, o que se une a la carcajada general contra esa pretenciosidad que deviene ridículo. Contra la revancha de la palabra no hay defensa.

Mucho de lo que hacen los poderosos contra los ciudadanos de a pie es, literalmente, una mierda, y la lírica escatológica, satírica y burlesca se encarga de nombrarlo y divulgarlo como la revancha que se toma ante la imposibilidad de evitar esa mierda que cae como lluvia sobre el que padece al mal gobernante, al zafio y abusivo diputado y, en general, a todo aquel que ejerce un abuso de poder contra el ciudadano que sólo tiene por defensa decir y escribir la verdad sin eufemismos o, mejor aún, con escatológica sinceridad, rompiendo todo tabú de “decencia”.

Sabiendo el horror que tienen los poderosos por la verdad sin eufemismos (como si las palabras hedieran), quienes cobran venganza de las humillaciones y abusos vinculan el nombre del humillador y abusivo con “apestosas” e “indecentes” palabras que los acompañarán toda su vida y que, en no pocos casos, perdurarán por siglos y aun por milenios para que su memoria quede por siempre “apestada”. Ejemplo: “Para perpetua memoria/ nos dejó el virrey Marquina/ una pila en que se orina/ y aquí se acaba la historia.”

Sabido es que la política, en su práctica real, es el dudoso arte de mentir o, en el mejor de los casos, de omitir la verdad. Por ello, todo el mundo sabe, y ha sabido en todo tiempo, que el Poder se basa en la mentira y, en el mejor de los casos, en la elusión de la verdad. Pero el lenguaje popular es, justamente, lo contrario: mediante el uso de las palabras verdaderas, sin eufemismos, el ser humano se libera y recobra la independencia que le había arrebatado el poder; rompe con el tabú, vence la coacción y, por supuesto, escandaliza a una sociedad “respetable” que se ha acostumbrado ya demasiado a vivir en la censura y la autocensura.

El muy pródigo autor anónimo hizo, hace y seguirá haciendo de las suyas, como en esta cuarteta profética dedicada al emperador Maximiliano de Habsburgo, que apareció, según se dice, en los muros del Palacio Nacional el día que el archiduque de Austria llegó a Ciudad de México en 1864: “Llegaste Maximiliano,/ y te irás Maximilí,/ pues lo que trajiste de ano/ lo vas a dejar aquí.”

En su libro Las malas palabras, el psicoanalista argentino Ariel C. Arango señala que “la condena de las ‘malas’ palabras constituye una reliquia de nuestro pasado ancestral que lleva en sí las huellas de las terribles prohibiciones que le dieron origen. Es, propiamente, una pieza arqueológica en nuestro mundo civilizado. Es necesario, por lo tanto, superar esta inercia moral. Nuestra salud mental y física así lo exige. El lenguaje obsceno no debe ser ya más perseguido, atávicamente, por la ley y, por el contrario, debe ser objeto de tutela”.

Hoy el tabú de las “malas palabras” ha llevado el eufemismo represor y represivo a extremos verdaderamente ridículos. En México se prefiere decir “pompis” a decir “nalgas” (siendo que se llaman nalgas), y decir “bubis” en lugar de “tetas”, a pesar de que son tetas, pues recordemos el maravilloso poema “La Giganta”, de Salvador Díaz Mirón, en donde leemos este magistral verso: “Tetas vastas, como frutos del más pródigo papayo.” Estos eufemismos bobos, que rayan en la estulticia, son extremos de la insinceridad y la ignorancia del idioma, además de resabios de una moral hipócrita.

Sea como fuere, los poderosos podrán seguir haciendo de las suyas. Lo que jamás podrán evitar, después de sus abusos, es irse a sus casas, o a la tumba, sin su memoria embarrada.

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