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Casa Sosegada
Por Javier Sicilia

El lugar del Reino

La idea de una historia lineal que concluirá en un lugar donde el mal y la necesidad no tengan cabida, nació con el cristianismo y el regreso de Cristo que se difirió en el tiempo, pero no con el Evangelio. Para Jesús, el Reino, que las ideologías históricas definieron con otras categorías, no tiene mucho que ver con el futuro o con un más allá, sino con el aquí y el ahora que incluye al más allá. Para entenderlo hay que escuchar al Jesús poeta.

La tradición evangélica nos dice que Jesús hablaba con parábolas (“Todo eso –dice Mateo (13: 34)– lo explicó Jesús a la multitud con parábolas, y sin parábolas no les explicó nada”). Esta forma en la que Jesús se expresaba y que gestó nuestro verbo “hablar” –parabolare, explica Giorio Agamben (“Parábola y Reino”), desconocido en el latín clásico, significa en griego “hablar” y adquirió en el Evangelio el sentido de hablar como Jesús lo hace– tenía la forma de una comparación: “El reino de los cielos se parece…” a un sembrador, a un grano de mostaza, a la levadura... Así, ese lenguaje cifrado, hecho para que “quien tiene oídos oiga” (Mt. 11:15), nos dice que sólo es posible percibir la experiencia del Reino mediante la semejanza con algo que está aquí, que pertenece a nuestro mundo. El Reino, por lo tanto, no es sólo un acontecimiento que sucederá al final de los tiempos, de los que Jesús habla también (Mt. 24: 15-31) y que serán inminentes (Mt.15: 34). Es, además, por su inminencia, algo que está próximo, es decir, “al alcance de la mano” –es el sentido de la palabra griega eggys, usada también por los Evangelistas para hablar del Reino. Esto significa que el Reino, que está al final y que se refiere a las cosas últimas, “está esencialmente próximo a las cosas penúltimas a las cuales en las parábolas se asemeja. La semejanza del Reino es también una proximidad; lo Último [lo que está más allá o al final] es, al mismo tiempo, próximo y semejante”. (Agamben).

En donde quizá mejor se expresa esto, que para nosotros los modernos es paradójico, es en el Evangelio de Lucas (17: 20-21) donde Jesús responde a la pregunta: “¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?” Utilizo la versión de Agamben que es la más literal: “El Reino de Dios no viene de forma que se pueda ver, ni se dirá: helo ahí, ahí está. Porque el Reino de Dios está al alcance de su mano.” Aunque otras Biblias traducen está última frase por: “está entre vosotros”, en realidad, escribe Agamben, el original griego entos ymon quiere decir, según Agamben, “al alcance de la mano”.

El Reino es así, para Jesús, una experiencia y un acontecimiento que, estando en el más allá, se da aquí y ahora, un acontecimiento que sólo experimenta quien puede tomarlo con su mano.

Pero ¿qué es el Reino? Jesús no lo define, pero podemos inferirlo por otras parábolas que hablan de una forma de amor nueva que, a falta de un nombre específico, los Evangelistas llaman ágape. No sólo un amor incondicional, que es de alguna forma el sentido de la palabra griega, sino, como lo muestra la parábola del Buen Samaritano, un amor al enemigo, un amor que sólo es posible cuando vamos al encuentro del otro sin cálculo alguno, en un abandono y una libertad semejantes a los de las aves y los lirios del campo (Mt. 6: 28), en un abandono que nos vuelve pura donación, como la de Dios “que hace caer su lluvia sobre buenos y malos”. El Reino es así un más allá que está siempre aquí como el grano de mostaza que se convierte en un frondoso árbol.

Dostoievsky lo expresó para el mundo moderno a través del Staretz Zósima de Los hermanos Karamazov. En medio de un universo devorado por las pasiones y el deicidio, Zósima, cuya vida es un testimonio de sus palabras, exclama: “No comprendemos que el mundo es el paraíso. Bastaría que lo deseáramos para que apareciera delante de nuestros ojos.”

Contra la idea de un final de los tiempos que pretende un mundo sin sufrimiento –una idea que, al prescindir del presente, ha complicado el mal–, Jesús habla del amor como el Reino mismo, el amor, que no destruye el sufrimiento, pero que lo transfigura en vida y permite habitar el sentido y crecer en él, aquí y ahora.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, devolverle su programa a Carmen Aristegui y abrir las fosas de Jojutla.

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