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Cinexcusas
Por Luis Tovar

De anatemas y otras modernidades

Alejada de la etimología que le da origen, en el Occidente cristiano la palabra “anatema” dejó de significar algo cercano a “ofrenda” y comenzó a usarse para denominar la excomunión –es decir la exclusión irreversible y en todos los sentidos, incluyendo el físico–, de un feligrés católico respecto del grupo religioso al que pertenece, hecho que lo condenaba a ser privado de todo aquello que la Iglesia lleva a cabo, de acuerdo con ella misma, para evitarle al fiel la condenación eterna. En ese ámbito de creencias, la anatematización era considerada como algo peor incluso que la herejía, en tanto implicaba maldecir y desterrar al anatematizado, se insiste, implicándole la imposibilidad de ser salvado.

Con el paso del tiempo, el término trascendió la esfera religiosa de modo tal que, hasta la fecha, con “anatema” quiere decirse persecución, condena, rechazo absoluto a una persona, un comportamiento, una idea o un modo de pensar –si se quiere un ejemplo reciente, piénsese en el “populismo”, tan anatematizado y al mismo tiempo tan deliberada y estúpidamente mal definido.

No es casualidad que la época de la historia en la que se vio surgir herejes y lanzar anatemas a diestra y siniestra, sea la misma cuando proliferó toda suerte de magos, brujos y hechiceros, todos ellos desde luego considerados culpables de darle a Dios la espalda y, por lo tanto, sujetos a proceso de excomunión y blanco de anatemas. De ahí es donde surge la expresión contemporánea “cacería de brujas”, con la cual quiere hablarse de persecuciones masivas y generalmente arbitrarias, por culpa de las cuales muchos justos van a parar al mismo costal que algunos pecadores; empero, el concepto suele usarse a conveniencia de quien lo esgrime, casi siempre movido por el miedo de recibir una punición merecida –y si se quiere otro ejemplo reciente, recuérdese al impresentable líder priista del Senado, Emilio Gamboa Patrón, “dándole p’atrás” a la iniciativa de ley anticorrupción conocida como 3de3, que habría ordenado a los servidores públicos dar a conocer su declaración fiscal, patrimonial y de intereses, según él porque hacerlo habría implicado una cacería de brujas.

 

1630 = 2016

Recusará quizás el amable lector lo dilatado del introito y lo digresivo de los ejemplos contemporáneos, pero este juntapalabras confía en que acto seguido ese par de pecados se le perdonen, ya que son motivados por lo que, tan evidentemente, termina siendo el trasunto –intención, insinuación, mensaje o como quiera vérsele– de La bruja (The Witch, Estados Unidos, 2015), escrita y dirigida por Robert Eggers, a saber: cuánto y cuán asombrosamente se parecen el siglo XVII y este todavía balbuciente siglo XXI, en especial en lo que se refiere a prejuicios, supersticiones, estigmatizaciones, uso de flamígeros dedos y ostentación de morales invariablemente fatuas e inflexiblemente ufanadas de ser, cada una de ellas, la “única”, la “verdadera”, alejada de la cual sólo cabe bajar la cerviz y prepararse a recibir el castigo, que en este caso y volviendo al principio como buen uroboro, no es otro sino un anatema…

Catalogada como cinta de terror, La bruja cumple más que suficientemente con aquello que dictan los cánones genéricos, pero esa eficiencia formal sólo es algo así como el excipiente de las medicinas, útil para que la fórmula activa entre con facilidad al organismo. Ciertas situaciones, escenas e imágenes del filme son memorables por sí mismas –verbigracia un amamantamiento pesadillesco en el que el director alude soterrada y retorcidamente a la célebre escultura de La pietá–, al tiempo que cumplen de manera sobrada con sus funciones narrativas, pero el énfasis de Eggers, o su objetivo de fondo, es muy otro y consiste en desnudar el alma humana para que se vean bien las purulencias que suelen adornarla, hoy como ayer, lo mismo en el seno de una comunidad protestante allá por 1630 y tantos que en este 2016, cuando una adolescente como Thomasin (soberbia, Anya Taylor-Joy) es forzada a transformarse en lo que no quería ser o ignoraba que en el fondo era, para sólo así escapar del destino manifiesto que su familia le tenía preparado y que implicaba no sólo anatema sino la muerte.

Extremos ideológicos que se tocan y vueltas en redondo de la Historia, que tantas veces demuestra ser todo menos lineal y ascendente –como querían cándidos convenencieros al estilo Fukuyama–, en La bruja son expuestos tras el filtro de una cinta de época que es de terror que es pasmosa y terriblemente contemporánea.

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