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Del deseo de placer al placer sin deseo

Para mí el placer es preguntarse –lo inexplorado, lo inesperado, aquello que está escondido, es invariable y acecha bajo la superficie de lo mutable. Es el rastro de lo remoto en lo inmediato; de lo eterno en lo efímero; del pasado en el presente; de lo infinito en lo finito; esos son para mí los resortes del deleite y la belleza.

H. P. Lovecraft, In Defense of Dagon

 

En otra reflexión compartida con los lectores de La Jornada Semanal (núm. 925) puse en la mesa la siguiente consideración: “¿Puede existir el placer sin el deseo?” Estas líneas quieren abordar esa pregunta.

Si el deseo necesita conocer su fin para persistir, el placer no necesita conocer su origen. El primero exige tiempo y el tiempo es sometido por su tensa inclinación hacia el futuro; el segundo anula el tiempo porque vive en el presente absoluto. El deseo necesita una distancia para colmar, mientras el placer goza la disolución del espacio, porque en esencia cancela la división entre sujeto y objeto. ¿Pero qué pasa si las áreas semánticas de deseo, placer y felicidad se confunden?

 

El deseo de consumo

 

Los asesores de imagen de la civilización occidental la presentan como la tierra del placer y a la época actual como el momento histórico donde el individuo ha conseguido el derecho a gozar de sí. Según ellos, vivimos en un mundo que por fin, en el bien y en el mal, ha hecho del placer una forma de emancipación de los hombres y las mujeres. Resplandeciente y bien construida, esta imagen funciona muy bien para obtener consenso político y admiración, pero no corresponde a la verdad. Occidente ha desembocado en la sociedad del consumo espectacularizado, es decir en el abrazo orgiástico entre mercado, tecnología e información donde el empresario, el ingeniero y el editor se funden en un perfil único que se dedica a dirigir la emoción pública de las masas reducidas a un mero conjunto de consumidores individuales.

Es evidente que el consumismo no es y no puede ser la tierra del placer. Es más bien la tierra del deseo, que no es lo mismo, porque el aparato productivo de este sistema tiene que inventar continuamente nuevas carencias y traducirlas en nuevos deseos.

El deseo es una fuerza muy ventajosa para un sis-tema fundado sobre el consumo espectacularizado, que nos quiere dependientes de los sueños más que de las necesidades. En este contexto, los obscuros objetos del deseo que hoy nos capturan se convierten rápidamente en necesidades. De hecho, ya hemos cancelado la diferencia entre deseo y necesidad gracias al refinado e imponente trabajo cultural y psicológico realizado por los medios masivos, que subrepticiamente nos invitan a considerarnos almas indigentes.

 

El deseo público

 

Desde la segunda mitad del siglo xx el placer está entre la tierra prometida y la isla misteriosa, algo que queremos exhibir como resultado y prueba de nuestra libertad. En la sociedad del consumo espectacularizado, la ostentación del placer conquistado es parte del placer mismo. Mejor dicho: en esta sociedad no existe un placer que se pueda definir como tal si es completamente independiente del mundo exterior.

Todo mundo ha colaborado en esta conversión del placer en un espectáculo: los tecnólogos han ofrecido amplificaciones o alternativas artificiales a los placeres naturales, los empresarios los han transformados en mercancías adquiribles, los medios masivos los han indicado como nuevas e importantes necesidades, los intelectuales se han encargado de dar a los placeres mercantiles la dignidad filosófica de las emancipaciones, y los religiosos, de sazonar los apetitos manteniéndolos bajo el ala de la tentación. El placer ya no es un espacio secreto o íntimo y su publicidad lo alimenta.

La felicidad de la insignificancia

En este contexto, la satisfacción de las nuevas necesidades (con bienes de consumo que disipan temporalmente la insatisfacción provocada por su comunicación publicitaria) es considerada ineludible para alcanzar la felicidad. Esa meta lejana y al mismo tiempo omnipresente brilla y hace guiños desde las ubicuas pantallas del cuento oficial, donde la mitología laudatoria del progreso celebra el culto de la ilusión feliz. El mercado ofrece una plétora de gozos menores que no involucran el yo profundo sino solamente su parte exterior más excitable. Son deleites light, no frills, fast y wireless, low cost y last minute: suplentes de la experiencia del verdadero placer, vicarios fácilmente accesibles donde el exceso –mercancía muy cotizada por los pávidos– se torna paradójicamente en una prudencia fácil de vivir y ostentar porque casi siempre es una virtualidad o un grito en un ghetto protegido.

Así, entretenimientos insignificantes que puntean la interminable avenida del deseo se venden como la única dicha que se puede disfrutar en un mundo que profesa una idea de felicidad como el libre y perpetuo acceso al ritual del consumo. Entonces, hay televisión y psicofármacos en lugar de exploraciones de lo ajeno y de la interioridad; pornografía y contactos en lugar de sexo y amistades; ansias y quimeras en lugar de ideas y creatividad; datos y estadísticas en lugar de conocimientos y proyectos. Estos placeres solubles, anuncios de realidades efímeras, son elementos sintomáticos y a la vez terapéuticos del culto del deseo. Un deseo confundido con la autopista hacia el merecido aunque ficticio placer.

La sociedad del consumo espectacularizado ha colocado el placer en el altar más precioso y en el anaquel más a la vista, simplemente porque lo puede promover como promesa de cualquier producto industrial serializado que suscite un deseo.

Ahora bien, ¿qué tiene de malo querer placer? Por supuesto que nada. ¿Pero qué pasa si cuando creemos estar gozando del placer lo estamos simplemente deseando? ¿Qué pasa si el deseo se disfraza de placer, si el medio se vende como fin, si la promesa se exhibe como ya cumplida?

 

El precario placer del deseo

 

Estamos acostumbrados a ver el deseo como premisa necesaria al placer, como condición que permite individualizar, generar y conseguir el placer. Entre el deseo y el placer está el espacio donde vivimos casi toda nuestra vida consciente. El deseo siempre alude a un placer del cual depende su existencia. Pero también el placer parece poder existir solamente como destino del deseo, y entonces la relación de dependencia es biunívoca. En este vínculo aparentemente indisoluble se esconde una promesa cínica y mentirosa, porque el placer al cual tiende el deseo es forzosamente perecedero, víctima sacrificial ofrecida al tiempo, y entonces no puede hacer más que disolverse como un espejismo, un chispazo en la oscuridad.

Sin embargo, por el hecho de que la esencia del deseo consiste en no aceptar mediaciones o reflexiones, la consideración de la fugacidad del placer que persigue no nos importa. Cuando deseamos no tomamos en cuenta que el placer prometido puede ser un instante presuntuoso que juega con la eternidad. Lo que nos importa es la excitación que nos regala el hecho mismo de desear.

Pese a la evidente crueldad de un placer siempre perecedero y, por lo tanto, causa de sufrimiento, el consumidor, acostumbrado a depender de lo efímero, prefiere sumergirse en el charco de placeres fugaces en lugar de explorar territorios desconocidos que podrían esconder la fuente del placer perpetuo, es decir de la felicidad.

El placer como fin del deseo es algo que el sujeto consigue como resultado de su esfuerzo. Y cuando llega el acmé del placer, el tiempo se parte en dos: el pasado como progresiva acumulación de deseo, y el futuro como desangramiento del placer y anuncio de su extinción. La caducidad del placer alcanzado por el deseo parece ser su esencia, con la consecuente amarga sensación de privación que experimenta el sujeto.

 

La jaula del deseo y la libertad del placer

 

la búsqueda de un placer estable e ilimitado preferimos la admisión de su inestabilidad y limitación ontológica, porque estamos más acostumbrados (y domesticados) a desear que a gozar. El esfuerzo del deseo nos excita más que el éxtasis del placer.

 

Pese a nuestro orgulloso pavoneo como maestros en el arte del placer, nunca nos hemos dedicado a examinarlo y profundizarlo. Nos parece, o nos gusta creer, que el placer no tiene secretos para nosotros, que es algo que conocemos muy bien, y así nos inclinamos inconscientemente a desear más que a gozar, y hasta confundimos el deseo con el placer, la excitación con el clímax. Tal vez se debe a que, cuando deseamos, el ego es el líder máximo de todas las energías de la existencia, mientras que cuando gozamos se ahoga en un mar que reconoce como más grande que él, y finalmente encuentra el valor para demoler sus límites, esas fronteras que con mucha atención y vigilancia había defendido hasta el acmé del placer.

Por eso el placer más grande –es decir el amor naciente– nos transforma en imbéciles felices. Pero el corazón ebrio de amor no es propenso a tornarse imbécil, pues danza perfectamente impetuoso como un remolino, coloreando toda la realidad con su sangre. A tornarse imbécil es propenso el ego, que hasta entonces hemos encar-nado e interpretado, y que de improviso se revela absurdo e inútil.

El delirio amoroso, la locura de Eros, permite la experimentación momentánea de una vida libre de la subjetividad. Esa inocente idiotez del enamorado es entonces la liberación de la jaula de las normas que definen al personaje que creemos ser, mismas que nos quitan el placer de existir en un presente sin otros deseos.

El deseo contra el placer

El circulo vicioso de deseo inagotable y delectación pasajera nos obliga a seguir migrando de una ilusión a la otra como apátridas del placer. Hay que enfrentarse, entonces, a una pregunta que suena inverosímil pero ya inevitable: ¿es verdad que no se puede conseguir el placer sin el deseo que lo precede? ¿Es verdad que el placer puede existir solamente como resultado de un deseo? Si la respuesta es afirmativa –y así es porque así lo creemos–, entonces el placer es una realidad en sí inconsistente y efímera, el simple efecto de una causa que no aguanta el paso del tiempo. Sin embargo, si invertimos nuestra manera de ver y construir la realidad, si descubrimos la posibilidad de un placer independiente de cualquier origen que no sea el hecho de existir, si en fin logramos desvincular el gozo del anhelo, entonces el placer ya no será una meta para alcanzar sino un estado del ser, una condición existencial al alcance de todos aquí y ahora.

Claro está: el placer del deseo es tensión, empuje, esfuerzo, es el placer de la persecución, de la expectación, de la excitación levantada y luego aplacada. Aquí el modelo de referencia es el proceso económico de compra-consumo-desecho. Pero el placer sin deseo habla de una condición y una visión donde no hay metas ni esperanzas, sino simple relación y libre manejo de lo existente, consciencia de la posibilidad de gozar de lo que está al alcance y consciencia de la irrealidad de lo que no está allí.

 

El placer sin deseo

La ilusoria consonancia entre deseo y placer es desenmascarada por el hecho de que el primero pertenece claramente al reino donde tarde o temprano el goce prometido se evapora y se desvanece, mientras que el segundo es una condición natural del ser y se manifiesta como su atributo. Pero este aspecto del placer ha sido trágicamente olvidado por una civilización que ha decidido hacer del deseo su guía divina.

Cuando empezamos a concebir el mundo bajo la luz que llega desde el futuro (la luz del deseo en forma de quimeras religiosas, ideológicas, tecnológicas o económicas), rechazamos la plenitud de la existencia. Allí el placer se tornó en un pordiosero que pide al ego que le entregue en la mano abierta unos centavos en forma de instantes dedicados a satisfacer unos deseos.

Es precisamente el espejismo de algo por alcanzar en el futuro lo que revela la inconsistencia del placer prometido por el deseo. El placer es una experiencia en acto y, si es sólo una promesa, se transforma en el simple gusto de la esperanza. Gozar sin y antes de desear, es la vía para salir de la transitoriedad del placer efímero del deseo y abrazar la plenitud del placer de ser y del ser. Gozar este placer implica la destrucción del recorrido que va de los medios a los fines, de los deseos gritados al placer prometido. Punto de partida y de llegada, causa y consecuencia se juntan y mezclan en el placer verdadero que antecede al deseo y lo vuelve inocuo, divertido juego infantil sin esa severa formalidad a la cual lo obliga la consecución del placer.

Placer y plenitud

La única posibilidad que tenemos para liberarnos de la ilusión del deseo es desvincular el placer del tiempo. Y para llegar a ese placer puro hay que salir de la realidad temporal construida por la mente, aclimatarse en la realidad del presente vivida por el cuerpo y abandonarse a la realidad del yo más profundo, que no cabe en el ataúd del tiempo mental.Un placer que se manifiesta como ausencia de cualquier deseo perecedero y como capacidad de estar dentro del presente real y fuera del tiempo mental: esta es la región por explorar si todavía somos capaces de imaginar el placer como un valor, una forma del conocimiento, una realidad que nos da sentido, una experiencia humana que no puede ser recluida ni reducida a momentos efímeros.

Este placer es una condición del ser que necesita solamente de nuestra conciencia para revelarse. Emancipándose del deseo, el placer puede prescindir del tiempo y reconocerse como uno de los aspectos más brillantes del ser. Así, el yo percibe su identidad profunda como unión con el ser, y goza de sí mismo y de toda la realidad en una especie de jubilosa saciedad psíquica.

 

El ego y los límites del deseo

La plenitud del yo absorbido por el presente, por el ser, reduce el ego, que vive de miedos y deseos, de pasado y de futuro, a un papel secundario. La plenitud satisfecha consigo misma es una intensidad sin deseo, un ardor que no es gobernado por un deseo. Si el deseo, para que tome fuerza y se desarrolle necesita de un límite que lo comprima, el placer vive sin esta necesidad de voluntad y victoria, de límite y superación. La presión y el esfuerzo dan forma al deseo, mientras que el placer no tiene un perfil, ni una meta fuera de sí; se apoya en sí mismo y no es una reacción, sino una condición del ser. Sin embargo, la insistente búsqueda de deseos por parte del ego no es una simple diversión o una locura sin sentido. Es, al contrario, una ocupación muy seria que le sirve para formar y consolidar su identidad. La extinción del deseo es, de hecho, la extinción del ego que se identifica con su actividad en el mundo.

 

El placer como apostasía

 

Actualmente la propaganda del consumismo no utiliza solamente la publicidad y el marketing. Entre sus tropas también se encuentran el periodismo y el deporte, la pornografía y la ciencia, la política y las Iglesias, la cultura masiva y la tecnología, el arte y el entretenimiento. A través de este poderío tentacular el consumismo nos confunde las ideas sobre la diferencia entre deseo y placer. Nos hace creer que desear es gozar, que el antojo es la satisfacción.

La cita divulgada por Marx según la cual la religión es el opio del pueblo, toma hoy más fuerza que nunca porque en estos días la verdadera religión, la religión universal, es el consumo espectacularizado y el deseo es la pipa utilizada para inhalar este opio tan popular.

Si fuéramos capaces de apostasía en contra de la religión del consumismo, podríamos distinguir entre deseo y placer y focalizarnos en el segundo, experimentándolo como realidad y no como promesa del deseo. Así, nuestra imaginación ya no sería el instrumento para esclavizarnos anclándonos a un futuro sostenido por la esperanza, ya no sería el camino para salir de la realidad; sería, más bien, el juego más bello dentro de la única realidad del presente, una danza que nos regalaría asombrosos puntos de vista sobre la realidad

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