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El sabroso Pecado de Laura Restrepo

La noche estaba para pecar y Laura Restrepo lo sabía. El frío, los truenos y la lluvia le arreglaron la escenografía del miércoles 18 de mayo de 2016 en Ciudad de México. Un centenar de pecadores nos acercamos a la librería Gandhi de la calle Miguel Ángel de Quevedo para degustar el sabor que tiene Pecado, el nuevo libro de Laura Restrepo, publicado por Alfaguara. La presentación estuvo a cargo de la legendaria escritora Elena Poniatowska y del periodista colombiano Felipe Restrepo. Ambos acompañaron a la autora y entre los tres representaron, sin equívocos, a los lectores de Laura Restrepo: jóvenes inquietos, maduros aplomados y ancianos sabios.

Elena Poniatowska inició la lectura del texto que preparó para la ocasión. Asoció los siete capítulos del libro con los siete sabios de Grecia y con los siete pecados capitales, para concluir que el Pecado de Laura Restrepo está conformado por “siete relatos perfectos”. La inmensa escritora mexicana destacó la crudeza de la actualidad al precisar que el “crimen es el pecado al que más estamos acostumbrados los ciudadanos del siglo xxi”. Desde su crítica a la realidad, afirmó que este libro requiere de un lector cómplice, “que sepa en carne propia los desaguisados y horrores de estos pecatores”, como Laura Restrepo señala a los que vivimos en pecado.

Poniatowska, a su estilo, entregó un contrapunteo que primero asestaba un golpe seco a la actualidad y luego daba paso a una sabrosa armonía. Sostuvo que Pecado está escrito con el sabor del bongó, y que su prosa es tropical: debe leerse con las caderas. Asumió con creces el papel de juez y dijo que era “imperdonable no entrarle al Pecado… lo peor es perder la rumba a la que nos invita la prosa y jugosa creatividad de Laura Restrepo”. Si las doctrinas religiosas advierten que no hay que comer del fruto prohibido, este Pecado nos invita a que lo devoremos; pues, según Poniatowska, hay que darle una mordida, así sepamos que su moraleja indica que “no hay manzana que no venga envenenada”.

Enseguida, Felipe Restrepo inició su acertada intervención, porque le entregó el rol protagónico a la madurez de Laura y a la sapiencia de Elena. Su éxito fue moderar una charla desde la sensatez del actor de reparto que aporta valiosamente al cumplir su papel para que las protagonistas brillen. Situación que a pesar del máximo esfuerzo, no pudo realizar Elena Poniatowska, pues cada que abrió la boca, dio cátedra.

Felipe, micrófono en mano, preguntó por el género literario de este Pecado. Laura Restrepo expuso que ella misma no quería ponerle una etiqueta rígida de género literario a su Pecado. Para esto apeló a un chiste viejo: un hombre, frente a una dama, quedó mudo de nerviosismo. Recurrió a sus compañeros, quienes le soplaron al oído que le dijera: “¡Qué cara, qué ojos, qué gesto!” El hombre escuchó, pero no atentamente. Simuló seguridad y vociferó: “¡Qué carajo es esto!” Eso, eso es Pecado, una prosa con cara de bolero, ojos de novela y gesto de cuento. Restrepo invitó a los lectores a que decidieran el género, o siguieran su palabra, y al final de la lectura se preguntaran: ¿Qué carajo es esto?

El arte cura la estupidez

Restrepo, pero Felipe, mencionó la evidente base pictórica de la que surgió la narración: El Jardín de las Delicias, de Hieronymus Bosch, El Bosco. La innegable relación con el mal le permitió al colombiano acotar que, precisamente el mal, era un personaje transversal en los siete capítulos. A lo que su compatriota agregó: “El verdadero personaje es la propia idea del mal. El mal nos ha acogotado, pero ni siquiera para lo malo somos los mejores.”

Laura Restrepo esbozó el dolor y la hermandad que han sufrido, y sufren, México y Colombia a causa de la criminalidad. Ante esto, la voz de Poniatowska fue invitada de lujo para iluminar el diálogo. Refirió la importancia fundamental de las artes y directa, como es ella, sentenció: “el arte puede vencer la estupidez humana”. De inmediato conectó con la oscuridad que pintó El Bosco en su panel derecho: El infierno. Para Elena, México vive hoy en un infierno que se retrata en la injusticia, el dolor y el sufrimiento que llevan a cuestas “los padres de los 43 de Ayotzinapa”. Pero el infierno no es sólo mexicano: Laura Restrepo apuntó, sobre los refugiados, que Europa les “cierra la puerta sin ningún escrúpulo”, condenándolos a sufrir dentro de los límites de sus naciones, que se han convertido en vastos “campos de concentración”.

Del mismo modo, celebró que hoy Donald Trump esté vigente en la retina universal, porque configura un “gran payaso sangriento que nos permite ver la falta de ética”. Ese es, quizá, el gran tema de su libro. En la noche pecadora, mencionó la palabra “ética” seis veces y señaló el fracaso de la humanidad, que hasta hoy “no alcanza a construir una ética laica”. Desde la ética señaló las fallas del ser humano, quien de forma cruel conduce a los otros animales a la extinción. Y, como maestra de las palabras, invitó a modificar “respeto” por “cariño”, en beneficio de una sociedad diversa y gozosa de sus diferencias: “la palabra respeto dejémosla para Ginebra, hablemos de cariño y admiración con el que es distinto”.

Ante este guiño esperanzador, Felipe Restrepo aprovechó para preguntarle por el final de su libro, que dista de ser desolador. Laura, contestó: “Yo creo en la dignidad del ser humano.” Bajo esa premisa recordó que su texto no tiene un final feliz, porque eso sería injusto, pues la vida no es El Jardín del Edén que pintó El Bosco. Añadió que en su proceso de escritura visitó las “barriadas más duras de Medellín”. Allí le sorprendió la cantidad de lectores infantiles que toman los libros como salida ante las dificultades de la violencia que heredaron de una época en la que no caía una hoja de un árbol sin la orden de Pablo Escobar. Esos niños le cuestionaron los finales dramáticos de otros textos de su autoría. Esos niños le pidieron que no escribiera finales felices, sino justos. Ella, con su Pecado, les cumplió la petición.

Poniatowska volvió a intervenir. No afirmó que el final de la lectura fuera feliz; sin embargo, precisó que toda la obra está configurada por una “escritura jacarandosa” que narra delitos, pero que lo hace con una musicalidad salsera y champetera donde “uno acaba bailando todos los crímenes”.

Gabo, Svetlana Alexiévich y Colombia

Felipe Restrepo invitó a un pecador excluyente: García Márquez. Para Felipe, Gabo es tema ine-ludible cuando se presenta una obra literaria colombiana y contemporánea. Laura Restrepo asintió. Acto seguido, expuso: “Gabo es un titán, un árbol tan frondoso… tan espléndido, que se nos convirtió en una paliza.”

Compararse con Gabo, para cualquier escritor colombiano, es recibir una paliza. Pero la imagen del árbol frondoso garciamarquiano encaja perfectamente en la difusión editorial de Laura Restrepo. Ella lo recordó: “en traducciones de mis libros me ponían mariposas amarillas”. Las portadas con el sello inconfundible de Gabo hicieron que el lector asociara las letras de la autora colombiana con un genio universal, y así comprara sus libros, sin importar que en los relatos no volara ninguna mariposa amarilla y ningún niño naciera con cola de cerdo. Un refrán colombiano resume la provechosa anécdota: “al que buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija”.

Felipe, de todos modos, fue explícito y señaló que en Pecado hay “reminiscencias muy claras a lo que escribió Gabo”. Esto motivó una reverencia inmediata de Laura Restrepo: “No soy religiosa, pero ante García Márquez, me arrodillo.” De Gabo y su oficio periodístico, Laura Restrepo aterrizó en la última Premio Nobel de Literatura: Svetlana Alexiévich. Recordó lo equivocada que estaba la crítica de finales del siglo xx cuando, por la “necesidad de ensalzar la literatura, iban en detrimento del periodismo de una manera muy torpe”.

Por lo tanto, festejó el reconocimiento al periodismo que encarna Svetlana Alexiévich. Sin embargo, su festejo duró poco en la noche del Pecado. Con irrebatible sutileza reapareció la voz de Elena Poniatowska, quien fue más allá de la pompa del Nobel. Aclaró que no había leído completa la obra de Svetlana, porque “me aburre, se me cae de las manos, me aburre tanta desgracia, me aburre Chernobil”. Poniatowska no podía ser más enfática, hacía minutos hablaba del arte como una oportunidad para arrebatarle la estupidez a la humanidad, por eso no comulga con el arte que entrega sólo desgracia. El auditorio asintió con murmullos afirmativos. Ante esto, Laura Restrepo no pudo continuar con su diplomacia y pecó de sincera: “me da pena apoyar las palabras de Elena, pero sí”.

Y es que, precisamente, Pecado es una narrativa que se alza en contra de la exaltación de la muerte, para elegir la vida como opción. El contexto político de diálogo entre guerrillas y Estado colombiano le permitió a Laura Restrepo traer a otros pecadores: el Ejército de Liberación Nacional (eln). La escritora mencionó lo benéfico que es para el país cafetero apoyar el camino del diálogo que hace semanas tomó esta guerrilla, en concordancia con lo que están haciendo las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (farc) y el Estado colombiano en La Habana. Para Laura Restrepo, el camino del diálogo es la puerta para silenciar los fusiles definitivamente y alcanzar la paz. Es aliada de la sensatez del eln, pero de inmediato les sugirió cambiar su postura, pues ante la vehemencia insurgente de morir por su causa, ella los invita a vivir, por esa misma causa.

Laura Restrepo aseveró que ya no hay necesidad de aumentar el número de mártires. El tiempo es otro y por eso, utilizando un ejemplo de la caricatura Olafo el vikingo, concluyó que hoy el lema de “Victoria o muerte”, debe cambiarse, de una vez y para siempre, por: “Victoria o una alternativa razonable.”

Las tres voces de la noche pecaron con lujo de detalles. La presentación del sabroso Pecado de Laura Restrepo cumplió a cabalidad con el propósito de ten-tar al lector, quien es invitado a ser cómplice de este Pecado que no es delito, que no es crimen y que, por literario, no deja de ser placentero. Pues, como lo señaló la fenomenal Elena Poniatowska: “pecar es muy sabroso… hay que entrarle”

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