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Las Rayas de la Cebra
Por Verónica Murguía

Corsarios en Miguel Ángel de Quevedo

Muchas veces en mi vida he querido ser hombre. No por razones sexuales o sentimentales. No creo en la envidia del pene, ese extraño mito freudiano. Tampoco me dan ganas de ser hombre sólo porque el lugar que se han dado ellos solitos en el mundo es más amplio y cómodo que el de las mujeres. He querido ser hombre, pragmáticamente, cuando me siento inerme por ser mujer.

Gloria Steinem decía que una debía convertirse en el hombre con el que querría casarse. Yo me he querido convertir en un peleador de Muay Thai: en el campeón Martín Velasco, a quien conocí.

Hace dos días fui al súper. Mi coche es pequeño, de 2010, tiene varias abolladuras, le falta un tapón y una pieza cuyo nombre ignoro que va debajo de una de las luces delanteras. Es modelo austero, lo que quiere decir que la ventana se baja a mano y el aparato de sonido es pésimo. Es decir: un coche sin lujos, un poco feo.

Llovía, yo traía un paraguas en la bolsa –en el lugar donde vivo no hay estacionamiento y dejo el coche en una pensión– y aunque cansada, iba alerta y de buen humor. Entonces, a unas cuantas cuadras del súper, el coche se apagó. ¡Pero si apenas hace seis meses le cambié el acumulador! ¿Se habrá mojado el motor?, me pregunté con las manos temblorosas. Le di vuelta a la llave y volvió a arrancar. Comencé a rezar plegarias tontísimas a los dioses del tráfico, dioses cuyas caras no puedo imaginar de tan detestables que serían. La avenida estaba inundada por trechos; frente al Centro Cultural Veracruzano había una decena de coches en doble fila, y de cuando en cuando un eucalipto dejaba caer media tonelada de agua sobre los parabrisas. Los peatones, ateridos, se amparaban bajo los toldos. Por más que los limpiadores iban a todo, no veía más que lluvia.

El coche se volvió a apagar. ¿Sería mejor orillarse? ¿Tratar de llegar?

Avancé, el coche apagándose cada vez con más frecuencia y yo cada vez más ansiosa. El de atrás parecía no llevar la prisa de la mayoría y no me insultaba. Entonces, al dar la vuelta a la izquierda enfrente de la calle de Ohio, el coche se apagó definitivamente. Puse las intermitentes y medio me bajé para poner los triángulos de emergencia, pero antes de que pudiera salir completamente del auto, un adolescente me salió al paso, metió la mano en la ventanilla y comenzó a empujar “¡No te preocupes, aquí estamos arreglando un coche!”, repetía. Yo le preguntaba quién era él, pero sólo decía “Dale a la derecha, dale a la derecha”. La lluvia nos empapaba y todo el mundo nos mentaba la madre, así que le hice caso.

Llegamos a una calle lateral. Un poli que conozco y que trabaja en un estacionamiento se me acercó y le pedí que me ayudara a empujar el coche, pero el jovencito no se iba, repitiendo que yo tenía suerte porque “estaban componiendo un coche, allí”. Apareció un segundo tipo: alto, fornido, autoritario. Me dijo que era mecánico, que me iba a ayudar. El poli le contestó que podíamos empujar el coche a la pensión. Pero en ese momento lo llamaron para que le trajera un coche a un cliente y se fue, dejándome con los desconocidos.

Lo que sigue es previsible, pero llovía y yo estaba aturdida; el tipo hablaba mucho, se le entendía poco, me daba órdenes. Que lo que había pasado es que el motor se había mojado; que él tenía amigos en las refaccionarias, que ahora mismo me traían lo que hiciera falta. Tuve la sensatez de no responder a la mayor parte de sus preguntas, pero me presionaba y abrí el cofre: “llama a tu marido; te paso a mi amigo el de la refaccionaria; no te cobro, te cobro poco, no me digas que no tienes”. Meloso y al mismo tiempo amenazante, hablaba sin parar. “No tengo”, respondí, y era verdad. Se impacientó porque me di cuenta de que mentía. Me dieron ganas de ser un hombre alto, fuerte y de mal carácter. Zlatan Ibrahimovic.

El mecánico auténtico opina que manipularon la bomba de la gasolina mientras yo hacía el súper y que siguieron el coche, esperando que se apagara para venderme mi propia refacción en tres mil pesos. Pero no salió.

Lo que me da más tristeza es lo que me dijo el mecánico auténtico: “Es que ya no se puede confiar en nadie. En México, el buen samaritano ya desapareció.”

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