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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Historia de un adelantado

Ha recorrido una larga ruta de festivales fílmicos, ha recogido más de un premio, se exhibió recientemente dentro del Festival Internacional de Cine de la UNAM, en este momento es una de las dos películas mexicanas que forman parte del Foro de la Cineteca (la otra es Te prometo anarquía) y, al menos en opinión de este juntapalabras, hasta el momento es el trabajo cinematográfico más notable de sus autores, Yulene Olaizola y Rubén Imaz, codirectores, coguionistas y ambos productores, sin contar otras tareas a su cargo –por ejemplo, la edición a cargo de Olaizola. Se titula Epitafio, es una adaptación histórica y, por lo tanto, es una película de las llamadas “de época” –sin menoscabo de lo cual, un sitio web tan especializado como Internet Movie Data Base (IMDb) la clasifica como “cine de aventuras”.

Protagonizada por Xavier Coronado en el papel del capitán Diego de Ordaz, a quien acompañan en un muy cercano segundo término los también españoles Martín Román (Gonzalo) y Carlos Triviño (Pedro), la cinta en efecto puede catalogarse en los tres tipos de cine arriba mencionados. Sin embargo, con todo y que ser tres cosas no es poco, eso no es todo lo que la película es: digamos que si no se tratara de un filme sino de un texto literario, Epitafio sería una suerte de ensayo libre con meollos de ficción pura, producto de un muy afortunado palimpsesto en el cual, y no sin paradoja, nada fue borrado de las fuentes textuales que le dieron origen, a saber: entre otras, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, las Cartas de relación de Hernán Cortés, así como documentos epistolares del propio Diego de Ordaz. Se trataría entonces, en este palimpsesto que no borra sino añade y enriquece al superponerle algo más, de la simultaneidad de las fuentes de información y, al mismo tiempo, de éstas con la trama que se desarrolla en el filme.

 

Una historia sobre la historia

La sinopsis de Epitafio circula profusamente en redes y en diversas publicaciones, lo que anula en buena medida las posibilidades de acceder al filme con alguna sorpresa y, naturalmente, vuelve ocioso repetir una vez más dicho resumen. Empero, es irresistible citar aquí a Del Castillo pues, como puede comprobarse, tal pareciera que Olaizola e Imaz hubiesen elegido precisamente el siguiente pasaje de la Historia verdadera… como punto de partida de su filme:

"El volcán que está junto a Guaxocingo echaba en aquella sazón mucho fuego, de lo cual nuestro capitán Cortés y todos nosotros nos admiramos de ello y un capitán de los nuestros que se decía Diego de Ordás tomóle codicia de ir a ver qué cosa era […] y después de bien visto muy gozoso el Ordás volvió con sus compañeros […] y cuando fue Diego de Ordás a Castilla lo demandó por armas a su majestad, e así las tiene ahora…"

Ya no hace parte del filme, pero el adelantado –como se le llamaba a todo aquel que, como don Diego, iba a la vanguardia en la exploración de territorios americanos durante la conquista– anduvo entre otros territorios también por lo que después serían Oaxaca, Tabasco y Veracruz, así como en la actual Venezuela –un puerto en la ribera del río Orinoco lleva su apellido–, y fue uno de los que salvaron la vida en la conocida como “La Noche Triste” en el sitio español a México-Tenochtitlan en 1521, es decir dos años después de los acontecimientos que se narran en Epitafio.

Cercana a ese minimalismo que en algún filme anterior de la dupla Olaizola-Imaz pudo fungir incluso como deficiencia y esta vez acabó convertido en innegable virtud, la película se compone de poquísimos elementos, pero cada uno de ellos con un peso específico capital: un personaje, una historia y una trama fascinantes, las dos primeras cosas estrictamente verídicas y la tercera del todo plausible, conducidas por los realizadores con una sensibilidad encomiable, alejados tanto como es dable de tremendismos, efectismos y otros ismos igual de dañinos, pero también de visiones suscribibles a ese chabacano y antiproducente nacionalismo folclorista que sólo sabe imaginar aborígenes buenos y extranjeros malos, como si se tratara de un elemental código binario. Sin apartarse un grado de la estricta línea histórica, y –por si no bastara con eso– a partir de una belleza plástica que impresiona, Epitafio sugiere mirar desde un ángulo diferente, no inédito pero sí definitivamente relegado, la conquista española en estas tierras, y desde el cráter del Popocatépetl lo hace nada menos que resemantizando en cierta forma esa palabra, “conquista”.

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