Usted está aquí: Portada / Cultura / La madame del Parque México
Usted está aquí: Portada / Cultura / La madame del Parque México
La madame del Parque México

 

...La mujer revisa la tirada, traza líneas entre las cartas, lo mira como sopesando lo que ve en su rostro, dice con acento que quiere ser eslavo, sus padres habrán llegado a Veracruz arrancando el siglo, piensa él y agrega, podría estar en el café escribiendo o mirando el oleaje de las jacarandas en el parque o presintiendo los naranjas de la tarde, la muerte, el diablo, el ahorcado hacen un triángulo, en el cuadrante inferior de la izquierda el rey, en el superior el ermitaño, a la derecha el mago, falta la sacerdotisa, se dice él y mira a la mujer, los párpados sombreados, los dedos blancos, delicados, los ve acariciando un cuerpo, toca el piano, imagina, desde niña, en una sala reducida, quizá esta misma recargada de mascadas de seda sobre lámparas y muebles que ahogan el espacio, esta misma de contraventanas que apenas filtran la luz y los sonidos de la calle, o caminando las calles, añade, podría estar caminando las calles, las de siempre, otras a fuerza de pensar que transmutan en las de distintas ciudades, acaso donde los padres de esta mujer se enamoraron y que son la nostalgia en ella que él advierte en la nariz hermosa, en los labios, ¿cómo será besarlos, decantar lentamente la pasión en ellos hasta abordar el cuerpo, los gemidos…? Como ayer ¿ayer? ¿Hace cuánto que no la veo, que no está aquí, que sólo habita en el recuerdo?, si hubiera aparecido la sacerdotisa le diría que tiene una vida completa pero, puede verlo usted mismo, la carta del centro salió boca abajo, no, no la mueva, no puede apurarse el destino, como la poesía, opone él en silencio, como ese azar que fue encontrarla para llenar de sentido años de deambular, las palabras con las que signé una historia de desasosiegos, de despertar a solas… no vendrá, se dijo aquella vez, ya no porque ese azar fugó de la misma manera en que evidenció su arribo, lo inefable, lo incondicionado llegó a sacudir el tiempo, a revelar las transformaciones de las calles y de las atmósferas con las que se expresa para él la realidad, la certeza de un milagro diario… boca abajo, y podría ser el arcano que esperamos o podría no ser, puedo hacer la tirada nuevamente, si quiere, él no está ahí, pende del temor al que se ha acostumbrado que le significa llegar a su habitación en el hotel, de caminar, creen algunos, sin dirección, pero cuyo destino él conoce, no es un destino, dice, y la mujer se sobresalta, lo mira detenidamente, como queriendo recordar a alguien, un recuerdo antiguo, no un cliente de hace años, un hombre que la amó, sin esperanza, condenado al silencio por una decisión que entonces ella creyó correcta, podría tener su edad, ahora es él quien la mira, no entiendo, ve los ojos de ella, el gesto es de alguien que despide a otra persona o le ruega se marche, entonces la ve no frente a la mesa y las cartas sino en una estación de trenes, se le antoja Buda, sí, una tarde nublada, el hombre es elegante en su traje azul marino y con el sombrero color arena, ella no lo mira a los ojos, habla pausadamente para hacer verosímiles las palabras con las que lo exilia de su lado, ¿quién parte?, se pregunta, ¿ella o él?, los dos, esta será una diáspora de ambos, un limbo al que los años no enfermarán de olvido sino harán más patente, si no es que absurda, la soledad a que se condenan, la ve después en el carro del tren mirando al hombre que se despide de ella con el lento gesto de la mano, empequeñece, la estación es un punto en la distancia, un punto en la memoria, se dice él, al que regresamos, nuestra más secreta certidumbre, la intimidad del dolor y la herida del adiós son nuestra más callada nostalgia, después todo puede ser, o no, pero es la encrucijada, es el camino hacia la muerte, no a la que nos aterra o redime, si es que eso hace, sólo la progresión hacia la noche, la mujer se inquieta, piensa que el hombre tiene en el rostro las huellas de quien ha sido obligado a marcharse de algún lado, de alguna ella que lo dejó parado en un andén y que sigue ahí, eterno en la despedida, desamparado en la certeza de que no volverá a encontrarla, y así fue, piensa él, la guerra los convirtió amnesia anónima, una ceniza depositada en ningún lado, la mujer tiene las manos en el regazo, una lágrima escurre el rímel, nunca como ahora, piensa él, este rostro ha sido más hermoso, transido, a punto de volcar sobre las cartas las palabras que ha guardado ¿desde cuándo? está demente, apresada en el recuerdo de aquella estación de Budapest, en el cuarto de hotel donde se amó con aquel hombre, disculpe, puede venir otro día, no le cobraré, lo de la carta boca abajo quizá fue un error, no madame, el azar nunca es un error, entonces, venga, abriré la ventana y tomaremos una copa de vino, la vista del Parque México a esta hora es hermosa, no, deje las cartas como están, salgamos a caminar, usted y yo necesitamos aire fresco…

 

1266
comentarios de blog provistos por Disqus