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José Alfredo Jiménez o la voz de todos

In memoriam Carlos Monsiváis

 

De pronto, mientras escuchaba el viejo lp comprendí que me sabía más canciones de José Alfredo Jiménez de las que yo mismo imaginaba. Una cadenita de recuerdos me asaltó, eran evocaciones que tenían que ver con las piezas que cantaron mis padres, con una serenata inolvidable que le llevaron a mi abuela y con las pasiones de cantina y amaneceres entre amigos y guitarras; tenían que ver, más allá del gusto por la cultura popular, con las netas que encontrábamos en algunas canciones de José Alfredo: verdades, situaciones, sentimientos o experiencias con claras resonancias de una poética romántica y de una filosofía vinculada a una especie de existencialismo a la mexicana que, a finales de los años setenta, experimentó el grupo de la bohemia con el que hacíamos política mientras tratábamos de ponernos al día culturalmente.

Era tan fuerte la presencia de la música de José Alfredo, que aún recuerdo la ocasión en que una joven estudiante de la Facultad de Economía de la unam me preguntó si conocía “La vida no vale nada”. De inmediato le contesté cantando: “No vale nada la vida/ la vida no vale nada/ comienza siempre llorando/ y así llorando se acaba/ por eso es que en este mundo/ la vida no vale nada”…

Vi cómo la chica sonreía mientras escuchaba aquellos versos de “Caminos de Guanajuato”, diciéndome que la canción era preciosa pero que ella estaba pensando en una pieza de Pablo Milanes que dice: “La vida no vale nada/ si no es para perecer/ porque otros puedan tener”/ lo que uno disfruta y ama.”

Esa anécdota resume el espíritu de una época, de una izquierda universitaria que, más allá del entusiasmo que nos despertaba un idealismo con ribetes cristianos de justicia social o del nihilismo que destilaban las canciones de José Alfredo (más bien disimulando la verdadera pasión que nos provocaban el rock y el jazz), dejábamos que se entremezclara la tradición de ese tipo raro de cultura popular mexicana con las resonancias culturales de la Revolución cubana, reverberaciones que todavía no decaían en el “gusto” de unos muchachos ávidos por encontrar alguna lírica de la música en español que fuera mínimamente inteligente y sensible, más allá de la ingenuidad y la “fresez” comercial que inundaba la radio por aquellos días, radio que todavía estaba lejos de abrirse a las “cameratas rupestres”, a las rolas de Rodrigo González, al rock en español y a la experiencia inédita de Rock 101 en la década siguiente. Era tan oscuramente instintiva e intensa la influencia de José Alfredo, que todavía conservo los poemas de alguno de los muchachos de aquella bohemia que abrían con uno de los versos clásicos de José Alfredo: “Amanecí otra vez entre tus brazos/ y en las dunas de tu espalda sólo estaba el mundo…”

 

Cuántas luces dejaste encendidas

 

Esta exclamación es la síntesis de un país que se ha visto atravesado por la poética de un compositor lírico, parrandero, mujeriego y autocompasivo. Luces, claroscuros y franca oscuridad que inevitablemente –y por una especie contradictoria de suerte y de fatalidad histórica– forman parte de la vida cultural, psicológica y afectiva de un país que, a estas alturas del siglo xxi, todavía no sabe cuántas luces, ni de qué naturaleza, dejó encendidas José Alfredo, luces emocionales para un país que todavía no sabe qué debe y qué no debe apagar –o pagar–, porque ha transcurrido más de medio siglo desde el día en José Alfredo Jiménez comenzó a calar hondo en la educación sentimental de una nación (provocando devastaciones anímicas), porque su efectividad lírica y musical ha trascendido el tiempo lo mismo que las estructuras y fronteras de clase, para instalarse en el imaginario y en el inconsciente colectivo de un país que, desde entonces, había dado ya “la media vuelta”, que había dejado que se fuera tras un sol inalcanzable una política cultural que hasta la década de los años cuarenta había encontrado identidad –y razón de ser– en el nacionalismo revolucionario.

 

La paradoja de una figura y de una obra como la de José Alfredo reside en que tanto sus letras como sus melodías tienen como detonante y contexto al campo mexicano, el interior rural de un país que hasta ese momento nos representó, aunque eso sí, melodramáticamente, sólo salvado por la calidad plástica del muralismo mexicano, la belleza y profundidad de las obras de Silvestre Revueltas y de Pablo Moncayo, así como por el arte de la época de oro del cine mexicano. Justo entonces, mientras las inolvidables canciones de José Alfredo se instalaban en el “disco duro” de una nación, comienza a fraguarse la rebelión del movimiento estudiantil de 1968, que en el terreno de la plástica derivará en el movimiento de “La Ruptura” que, como decía José Luis Cuevas, buscaba trascender la frontera de nopal, planta esta última que simbolizaba perfectamente no sólo a una bandera y a un pasado mítico precolombino, sino especialmente al campo mexicano que, a estas alturas, había perdido todo su prestigio mítico como proveedor de las grandes épicas y simbología nacionales.

 

Les diré que llegué de un mundo raro

En ese verso está el título de una extraordinaria canción de José Alfredo, que Carlos Monsiváis recuperó para titular el famoso ensayo sobre el famoso compositor, texto que publicó La Jornada en 1999, en el cual, al parafrasear el verso “Yo sé bien que estoy afuera”, la editorial señalaba con harta ironía que “por obra y gracia del neoliberalismo” había menos pueblo adentro y más afuera. Monsi decía que José Alfredo no pasaba de moda. En efecto, todo esto sucedía a finales del siglo pasado, cuando Luis Miguel ya había lanzado “La media vuelta” con su respectivo videoclip donde aparecían figuras emblemáticas de la época del cine de oro mexicano, como Katy Jurado muy venida a menos. Entonces Monsiváis señalaba que existía una “dimensión oculta” en la obra de José Alfredo, que lo había librado de sólo ser un “producto de una época”; en otras palabras, que se trataba de una obra y de una figura, más concretamente de la biografía de un artista (no se puede disociar ninguno de los elementos que integran la leyenda del trovador maldito, lúcido por el alcohol, enamorado y suicida) que haciendo recorridos transversales a lo largo y ancho del tiempo “real”, mítico y emocional, lograba dejar verdaderas huellas mnémicas, es decir, la “forma bajo la cual los acontecimientos (…) se inscriben en la memoria (…) acontecimientos eventualmente traumáticos que pueden subsistir en él” (http://www.tuanalista.com/Diccionario-Psicoanalisis/5607/Huella-mnemica.htm); huellas del génesis de una sociedad mexicana ávida de referentes culturales que le permitieran experimentar y reconocer una mínima identidad cultural en medio del desastre existencial que se avecinaría con la puesta en marcha del tlc.

 

Las canciones atroces, mágicas, dulces y magníficas de José Alfredo Jiménez, no sólo han sabido sostener esa “dimensión oculta” –digamos en la memoria, o más profundamente en el inconsciente colectivo del país y de otras geografías en América Latina y en Europa– sino que lo han sacado a flote una y otra vez cuando parecía que esa figura y esa obra estaban destinadas –como casi todas– a desaparecer del mapa; por ejemplo, con los cambios tecnológicos, la moda y los gustos pop de las nuevas generaciones o, peor aún, con el “fin” de la historia que nos traería la postmodernidad, ya sea ese tipo de postmodernidad literaria y culta de tipo “borgeano” o la más brutal, vulgar, espectacular y falazmente hedonista que prevalece en el gusto (mercado) popular y en los consumidores de cultura de otras clases.

De hecho, el mismo José Alfredo parece venir de un mundo raro (ya sea mexicano o borgeano) en donde, según dicen algunos blogs especializados, el compositor guanajuatense rara vez visitaba el campo mexicano, cosa que no demerita su enorme capacidad de evocación que al mismo tiempo revela una de las heridas sin fondo que lo acompañaron a lo largo de su vida; propensión que ilustra la anécdota que a Chavela Vargas le encantaba contar, cuando decía que el corrido de “El caballo blanco” no lo hacían montados en un cuaco sino en un Ford blanco bastante deteriorado con el que se iban de parranda. Mundo raro de un compositor que desde los diez años vivió en Ciudad de México, acompañado por sus dos madres; la viuda, real y biológica, y la madre que fue su tía Refugio. Por esa razón su querido Guanajuato viene a representar algo así como el paraíso, la tierra perdida, prometida y sublimada en la que realizará su eterno retorno emocional y a la que le cantará con singular ardor. Esa es una de las extrañas luces que el poeta de las violentas noches mexicanas dejará encendidas para tratar de explicarnos una larga fascinación por el México profundo y pobre que no terminará ni con los fulgores del tlc, ni con la fallida restauración de la Plaza Garibaldi, ni con la desaparición física de la mayoría de sus grandes intérpretes, porque, como los relatos de Edgar Allan Poe, aunque oscuros y casi muertos, son temas que permanecen en estado latente a la espera de que alguien se enamore, se desilusione, tenga alguna iluminación o se emborrache para despertar en ese laberinto de la soledad, en esa sociedad de soledades de las que habla Octavio Paz; sociedad vacía en la que ha terminado por convertirse esa noción enigmática, ahora atrozmente violenta e insoportable, llamada México.

 

Para que me compares hoy como siempre

 

Al hacer una mínima investigación sobre el compositor –preguntando a mis vecinos y a algunos conocidos si sabían algo de ese antihéroe–, invariablemente todos, incluidos los más jóvenes, lo tenían en mente, si no es que en la punta de la lengua, y por lo menos sabían tres o cuatro de sus versos clásicos. Como dice Monsiváis, “no hay modo de envejecer a José Alfredo”, más aún cuando las jóvenes generaciones lo han tomado como materia obligada de conocimiento y reconocimiento para el desarrollo de su formación sensible, imaginaria, literaria y musical. Por ejemplo estrellas como el citado Luis Miguel, que en 1994 era considerado el fenómeno musical y visual de la época (fenómeno que ahora padece una especie de decadencia escénica), en uno de sus exitosos discos de boleros interpretaba “La media vuelta”. Fue tan memorable aquella experiencia, que en 1995 lanzó El concierto, “el disco en vivo más exitoso de la historia”, que incluía la mencionada canción –de tintes levemente mesoamericanos, que recuerda las aventuras de Quetzalcóatl en el cielo occidental del panteón precolombino–, a las que se sumaban temas clásicos como “Si nos dejan”, “Amanecí en tus brazos” y “El rey”. Dos años más tarde, Pedro Fernández grabaría otro tributo a José Alfredo, y en 2003 Sony International presentaría su Tributo a José Alfredo Jiménez xxx, en el que participan artistas y grupos emblemáticos que desde la década de los setenta venían impulsando –a contracorriente y recuperando diversos elementos de la llamada música vernácula, especialmente el grupo Caifanes– el rock en español. Moderato, Saúl Hernández, El Fugitivo, Elefante, Aterciopelados, Panteón Rococó, Julieta Venegas, El Tri, Bunbury, Rabanes, Moenia, Joaquín Sabina, Jumbo, Ana Belén, Maná y Miguel Mateos fueron algunos de los compositores e intérpretes que participarían en esa curiosa celebración y reconocimiento al poder transgeneracional y transversal de las poéticas y melodías de José Alfredo. En general, para los escuchas de generaciones anteriores debe resultar un poco extraño y dulzón escuchar esas canciones, sobre todo después de escucharlo a él mismo o a sus grandes intérpretes como Pedro Infante, Jorge Negrete, Lucha Villa, Lola Beltrán o Amalia Mendoza, todos acompañados con el punch estridente del mariachi, el brillo de sus metales y la rítmica sostenida de sus cuerdas; sin embargo, en el disco mencionado Enrique Bunbury o Los Aterciopelados, por ejemplo, al interpretarlo en revoluciones más suaves y lentas permiten apreciar y saborear con mayor detenimiento la magnífica versificación del maestro. Cosa semejante había sido posible experimentar con Chavela Vargas, cuando más que cantar “hablaba, casi respiraba” algunas de sus canciones, o con Caetano Veloso, que en el filme Hable con ella, de Pedro Almodóvar, hizo una delicada interpretación de “Cucurrucucú paloma”, de Tomás Méndez, sosteniendo su voz prodigiosa con un chelo “insoportable”. En 2010, el mismo año en que Carlos Ann publica un álbum en el que colabora Juan Carlos Allende, guitarrista de Chavela Vargas, se percibe en el ambiente musical de América y Europa un eclecticismo en el que se fusionan y contrastan estilos disímbolos de clara impronta postmoderna, donde serán el rock, el breakbeat, la música surf y el folk ranchero los que acompañarán, en ese momento, a los versos clásicos del maestro. Carlos Ann y Mariona Aupí son los principales promotores del disco Brindando a José Alfredo Jiménez, edición en la que además participan extraordinarios músicos como Andrés Calamaro, Enrique Bunbury y Tonino Carotone. Ya para 2015, el hijo menor de José Alfredo Jiménez produce el performance Así es mi padre en el Centro Cultural Roberto Cantoral.

 

Este breve recorrido de leve sabor postmodernista comprueba que Monsi tenía razón cuando decía que la siguiente generación calificaría a José Alfredo muy altamente, ya que es “popular de demasiadas maneras”. En efecto, se trata del “héroe marginal en el centro de lo auténtico” y en él se reúne “el alcohol que flamea (…) muy masculino del fuego; y el alcohol de Poe (…) que sumerge y que da el olvido y la muerte (…) marcado por el signo muy femenino del agua.” (Gastón Bachelard, El psicoanálisis del fuego. París, 1965.) Todo esto, me parece, es una nueva imagen del viejo espejo humeante

 

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