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Pedro II: un emperador culto en Medio Oriente

Los viajeros

En el siglo XIX proliferaron los viajeros que hicieron de la ruta del Medio Oriente la más preciada. Se trataba de quienes poseían recursos familiares que les permitían emprender largos viajes a tierras que requerían apoyos y servicios varios que debían pagar. La ruta fue abierta por la excursión napoleónica a Egipto en 1798. El orientalismo se convirtió en algo que los intelectuales, aventureros e incluso turistas debían descubrir.

El interés es muy antiguo pero su despertar lo hizo algo socialmente extendido, primero entre los europeos y luego entre los americanos. Destacan entre los más famosos Gérard de Nerval y Alphonse de Lamartine, y pronto se sumaron los americanos dispuestos también a dejar constancia escrita de sus experiencias; entre ellos está el estadunidense Mark Twain.

Es singular el caso del emperador de Brasil, Don Pedro ii quien, atraído por la fiebre orientalista del siglo xix, emprendió dos largos viajes por esa lejana región. Hijo de don Pedro i, el emperador liberal que consiguió para su país la independencia de Portugal, tan apasionado de la política como del amor resultó entrañable para los brasileños y los portugueses como emperador de ambos países.

En historia se dice lo difícil que es ubicar a tal o cual personaje, con Don Pedro ii no hay ambigüedad porque fue ante todo intelectual, una persona sencilla pero capaz de hablar diecisiete lenguas fluidamente, entre ellas el árabe, el hebreo y el griego. Así, leyó la Biblia y el Corán; además escribía constantemente en francés, sabía chino, y por supuesto portugués y español. Además, seguro de su reinado luego de las luchas entre conservadores y liberales que al final provocaron la caída de su padre, cosechó tiempos de paz como para viajar dejando el país en manos de su hija la princesa Isabel, aunque el asunto causó polémica porque Brasil acababa de salir de la guerra con Paraguay.

El soberbio libro, producto de una tan grande como profunda investigación de Roberto Khatlab1, insiste en la sencillez del emperador y en su disponibilidad para convivir en su viaje con jeques, rabinos, judíos, cristianos y musulmanes. Resultaba poco común alguien como él que de inmediato establecía contacto con los locales por ser políglota. Pero, además, cuando se presentaba con su nombre propio de Pedro Alcántara, su apellido paterno que la realeza usa escasamente, y hablando árabe, los nativos lo consideraban uno de los suyos.

Su interés, sin embargo, se diferenciaba del de otros viajeros porque no estaba tan marcado por lo religioso. Al principio su intención fue sobre todo turística y quizás más por el conocimiento de las civilizaciones y sus aspectos culturales, siguiendo lo divulgado por los franceses luego de su expedición a Egipto. Sin embargo, a lo largo de sus cuadernos y considerando no tanto lo escrito en su primer viaje en 1871 sino en el segundo en 1876, va aflorando su necesidad de acercarse a lo religioso, incluso a lo espiritual, como quedará explícito en su visita a Tierra Santa.

Viajó sin demasiada pompa, insistió en que no se trataba de un viaje oficial, fue acompañado apenas por quince personas entre empresarios, hacendados e intelectuales aunque en sus cuadernos no quedan claras las actividades del conjunto y más bien sus referencias son personales, salvo al mencionar al grupo que por momentos acompañaba a la emperatriz Teresa Cristina. Pese a todo, su cometido oficial no era fácil de descartar ya que el Imperio Otomano, cuyo dominio se extendía por toda la región, estaba muy interesado en la relación con el Imperio de Brasil.

Khatlab cuenta que el diario del viaje del emperador suma 5 mil páginas en 44 cuadernos y 2 mil 210 documentos, cartas, fotografías, libros de visita, contratos e incluso paisajes y mapas dibujados por él, dejando “Un detallado panorama histórico, cultural, arqueológico, botánico, etnográfico, antropológico, lingüístico, religioso, geográfico, sociológico e incluso emocional”. Todo el acervo se encuentra en el Museo Imperial de Petrópolis y en 2010 la unesco le otorgó registro como Memoria del Mundo.

 

Viaje a Egipto

 

El primer viaje del emperador fue del 25 de mayo de 1871 al 30 de mayo del año siguiente, concentrándose exclusivamente en Egipto, un país que le fascinó y del cual dejaría más información que muchos viajeros. El segundo tuvo lugar entre el 26 de marzo de 1876 y el 25 de septiembre de 1877, por lo tanto tuvo mayor duración, entre otras razones porque visitó América del Norte, parte de Europa y estuvo cincuenta y siete días en África del Norte y Medio Oriente.

 

Partió en la primera ocasión en el buque inglés Douro, iba preparado por su acervo como egiptólogo por lo que había leído y coleccionado desde hacía tiempo, en particular desde la Exposición Universal de París en 1867. Ya había nacido en él su afán de coleccionista y el deseo de traducir algunos jeroglíficos. Desde 1875, cuenta el autor, el emperador inició el estudio del árabe y todavía lo profundizó después de los viajes en 1886 con el profesor alemán de lenguas orientales Christian Seybold. En su país tenía contacto con empresarios árabes y comerciantes con quienes practicaba el árabe. Simpatizaba con el Corán y leía algunos libros sobre la región, entre ellos los de Ernest Renan. En su viaje, don Pedro llegó a Lisboa el 12 de junio de 1871, país de gran significado para la familia imperial, donde tuvo amplias consideraciones por las autoridades. Igual le sucedió en Francia donde el presidente Adolfo Thiers advirtió la importancia de su presencia por la intermediación de su ministro Joseph Gobineau, su amigo personal. La reina Victoria y el príncipe de Gales tuvieron gran deferencia con el visitante en Inglaterra. En Coburgo, Alemania, fue recibido con honras al visitar la tumba de su hija Leopoldina, recientemente fallecida de tifoidea. Después de pasar por Italia, llegó a Egipto.

Fue a la búsqueda de conocimientos científicos, y su interés provocó que en el segundo viaje insistiera ante las autoridades en la conservación de los monumentos artísticos de los faraones, lo cual resultó en la paradoja de que el kedive Ismael, la máxima autoridad otomana en Egipto con quien mantuvo contacto en sus dos viajes, le regalara el sarcófago con el cuerpo del cantor Sha-amun-em-su del templo de Amon. La presencia de don Pedro no resultaba extraña si desde 1868 en Alejandría se estableció un consulado brasileño y los connacionales (quizás de origen árabe) habían construido la Iglesia de San Pedro, la única de América por aquella región.

Don Pedro llegó a Alejandría y en seguida comenzó su visita por los vestigios que en sus lecturas le habían llamado la atención siguiendo de cerca los escritos de la Descripción de Egipto sobre la expedición de Napoleón de 1798 a 1801 y los escritos del egiptólogo Auguste Ferdinand Mariette. De allí siguió por el tren que puso a su disposición el kediveal para llegar a Suez por el canal recién inaugurado, para pasar por Ismailia, Port Said, hasta llegar al Cairo, trayecto en el que el emperador nunca reposó, interesado como estaba en conocerlo todo. Allí se encontró con el ministro francés Gobineau, quien describió la ciudad:

 

“…tiene miles de calles, muchas mezquitas y grandes edificios , una ciudad florida con bosques de árboles y jardines. Ahora alegre, ahora triste, ahora majestuosa como se piensa ordinariamente, ausente cualquier simetría, pero en ese gran espacio lleno de arte, lleno de vida, de libertad y con tanta belleza…[…] y no creo que pueda encontrar en el mundo un lugar donde la vida sea más dulce que en el Cairo”.

 

El emperador fue deslumbrado en su visita a la mezquita de Mohamed Ali, el nombre del soldado albanés que fue designado pachá de Egipto y que modernizó el país entre 1805 y 1845. Su gran minarete de 80 metros de altura y su cúpula que alcanza 50, con más de 20 metros de diámetro lo impresionaron. Y el autor no puede dejar de mencionar el reloj que está allí donado por el rey francés Luis Felipe i en 1846, diez años después de elevarse el obelisco de Luxor en la plaza de la Concordia en París; ese era el desproporcionado intercambio de regalos. A él, como consta en el segundo viaje, el de 1876, el gobernador de Egipto le firmó un documento en árabe permitiéndole visitas difíciles de realizar, porque en esos años los musulmanes tenían muchas reservas con los abusos de los turistas occidentales que comenzaban a proliferar.

A los cuarenta y cinco años el emperador subió a Gizeh, la más alta de las pirámides. Con lujo de detalles describió su ascenso por ese enigmático monumento con 2.6 millones de bloques de diferente tonelaje. Visitó la esfinge, el monumento tallado en la roca de 20 metros de altura y siguió en su visita a Ménfis, Sakkarah y la Biblioteca del Cairo como el más interesado en conocer los secretos de esa civilización que admiraba tanto. Estuvo en una escuela árabe y observó como, los niños se balanceaban con la lectura del Corán. Volvió a Alejandría para emprender su viaje de regreso a Brasil, sin dejar de interrogar y de observar todo aquello que le parecía fascinante como el más profundo de los conocedores.

 

Viaje a Tierra Santa

 

Pese a los cambios emprendidos por la princesa Isabel en Brasil, el emperador se encontró dispuesto a viajar de nuevo y el 26 de mayo de 1876, el emperador Pedro ii se embarcó en compañía de la emperatriz y una pequeña comitiva en el barco británico Hevelius. Esta vez le tomaría 18 meses y su periplo sería más largo, comenzando por Nueva York y otros lugares de Estados Unidos. El presidente Ulises Grant lo recibió en Washington, festejando el centenario de la Independencia de ese país con la feria que se inauguró en Filadelfia. Allí se encontró con Alexandre Graham Bell y se maravilló con su invento del teléfono que de in-mediato aprovechó para Brasil, convirtiéndose en el segundo país en tenerlo luego de Estados Unidos.

 

Tocó varios países de Europa y en Rusia asistió al Tercer Congreso de Orientalistas realizado en San Petesburgo donde don Pedro y su esposa fueron calificados como “unos de los monarcas más cultos de nuestro tiempo”.(p.121) Se encontró con el príncipe Constantino de Rusia, con los reyes de Dinamarca y de Grecia, con intelectuales egiptólogos tan reconocidos como el mismo Mariette, Karl Brugsch y Charles Gaillardot. Luego partió para Ucrania y Constantinopla, llegando a su destino el 1 de octubre de 1876 en pleno Ramadán, el mes sagrado de los musulmanes.

Esta vez llegó por Beirut en el buque Águila Imperial y fue la primera ciudad de Oriente visitada, en cuyo puerto fondeaban navíos de vapor de gran dimensión debido a sus aguas profundas. Se alojó en el Hotel Belle Vue con una vista espectacular, como lo anunciaba su nombre. El diario Thamarat al-Funnun fue un aliado importante para divulgar sus actividades e incluso ofrecer información sobre Brasil a sus lectores. Visitó el Colegio de Notre Dame de Nazareth en dos ocasiones y tradujo del árabe al portugués un escrito de las alumnas en su honor: “Oh¡ Rey, Glorioso, Majestuoso y Grandioso, que permanece pleno de gracia. Después de rogar a Dios para conservar su existencia, salvándolo de todos los peligros y por las victorias de Su Majestad, que Dios de Eternidad y guarde siempre en todos los tiempos…

El interés suscitado por su visita era espontáneo y don Pedro insistía en que su visita no era oficial sino turística. El mutasarrif o gobernador de Monte Líbano durante la visita del emperador era Rustum Paxá, un italiano católico, y el patriarca de la Iglesia maronita era Bulos Mass´ad (1854-1890) con quien intercambió regalos. Desde allí viajó a Baalbek en el valle de la Bekaa en Siria, a lomo de caballo, con la finalidad de llegar a Damasco. El emperador en sus escritos trasluce todo el conocimiento adquirido sobre esas portentosas ruinas del pasado, observando y describiendo sin prisas los templos de Baco, de Venus y de Júpiter, haciendo alarde de su conocimiento de la historia y de la presencia de griegos y romanos. Se refirió también a los excelentes vinos por los que se conocía la antigua Fenicia.

Viajó a caballo siete días para llegar a Damasco, y de inmediato se dirigió a la mezquita de los omeyas Jami´a el Amavi, impresionado por su arquitectura, mencionó cómo fue encontrado el cuerpo de san Juan Bautista –el profeta Yaya– para los musulmanes, depositado allí cuando el sitio era una basílica cristiana. Al salir, encontró muy cerca el Mausoleo de Saladino, el adversario de los cruzados a los que derrotó en la batalla de Hattin y reconquistó Jerusalén para los musulmanes en 1187, lo que dio lugar a la Tercera cruzada.

Siguió en su viaje a Palestina para encontrarse de frente con el emblemático Monte Hermón. Por Beirut atravesó Monte Líbano y Siria para llegar a las márgenes del Jordán y, como lo indica Roberto Khatlab inicia su peregrinación como cristiano, dando un giro a su viaje previo a Medio Oriente quizás influido por los nombres bíblicos: Mar de Galilea, Cafarnaum, Monte Tabor, Nazaret. Y en este último lugar, don Pedro relata: “Atrave-samos la ciudad orando por algunos instantes en la Iglesia de la Natividad…” deteniéndose en la lla-mada fuente de la Virgen. El emperador se conmovió por estar allí y recibir manifestaciones de afecto. Visita Samaria, Nablus y, el 26 de noviembre de ese año de 1876 ,ve por fin Jerusalén. Luego de pasar la noche en el Monte de los Olivos, entró en la ciudad por lo que llamó una gran puerta –seguramente la de Damasco– e inmediatamente acudió a rezar a la iglesia del Santo Sepulcro.

Inspirado, el emperador dice haber traducido del hebreo el salmo 122 que según él, “experimenta el sentimiento de quienes llegan a Jerusalén”, aunque fue escrito en arameo. Luego, la expedición se dirigió hacia Jericó, Betania y el Mar Muerto, para regresar a Jerusalén. Entonces su experiencia resultó más profunda y realizó una observación más precisa.

Más interesado en los trazos del cristianismo, se acercó de nuevo para hacer una visita profunda a la Basílica del Santo Sepulcro a donde llegó desde la capilla del Calvario, mencionó la piedra rosada donde Cristo fue ungido y el sepulcro “muy simple” a donde se entra por una puerta “baja” y “estrecha”. Luego descendió las veintisiete gradas para acceder a la capilla de Santa Elena. Su periplo como cristiano culminó cuando el 2 de diciembre celebró sus cincuenta y un años, confesándose y comulgando en el recinto que resguarda el Santo Sepulcro.

Don Pedro fue y vino por Jerusalén durante varios días, regresó hacia los lugares emblemáticos del judaísmo y del islam, para definirlos mejor que en sus primeros encuentros. Se refiere con más precisión al Muro de los Lamentos al ver “judíos que rezaban volteando hacia una muralla”. También, más informado volvió hacia la explanada de las mezquitas y no solamente visitó la que hizo construir el califa Omar, sino la de El-Aksah, haciendo referencia a pasajes de su historia.

Concluyó, ya conocedor del significado de Jerusalén que “…por su posición muy elevada, domina casi toda la Tierra Santa y produce un efecto sorprendente desde cualquier lado por el que se le aproxime”. Don Pedro y su comitiva dejaron la ciudad el 5 de diciembre y dijo adiós al sitio que le permitió recordar a Alejandro Magno, a David y Goliat, a Salomón, a Heráclito, a Godofredo de Beaudoin, según su diario y las cartas escritas a su amigo Joseph Gobineau y a su amiga la condesa de Barral, con quien mantuvo tan estrecha amistad como comunicación.

Su regreso a Egipto estuvo muy marcado por lo que pareció más asunto de Estado, entrando esta vez por Port Said y dando rienda suelta a una visita guiada por el orientalismo al tratar de cubrir todos los sitios arqueológicos: conocidos de Karnak, el Valle de los Reyes, el templo de la faraona Hathshepsut, Edfu, Koum Ombo, Asuán, Isla Elefantina, Fila, hasta a Abu Simbel. Allí su relato es revelador porque estaba en su emplazamiento original (antes de ser reubicado para crear la presa de Asuán) para admirar los colosos de Ramsés y Nefertari de más de setenta metros de altura. Después, continuó su viaje hasta llegar a la Nubia Sudanesa.

Regresó a Río de Janeiro el 14 de octubre de 1879. Demostró ser un viajero culto, poliglota, interesado en la educación y en las religiones. Se conmovió con el pasado faraónico, habló con respeto de los judíos y se descubrió más cristiano de lo que él mismo pensó. Admiró los poblados y las ciudades, recreó la historia y citó a los filósofos y escritores de la Antigüedad. Demostró ser un viajero de los que con más interés se acercaron a esas tierras y descubrirlo se debe al gran trabajo realizado por Roberto Khatlab que leyó cartas, juntó documentos, visitó bibliotecas y leyó todo lo relacionado con el emperador de Brasil, Pedro ii, el emperador tropical que fue a los orígenes

 

1 Roberto Khatlab, As viagens de D. Pedro ii. Oriente Médio e África do Norte, 1871 e 1876, Benvirá, Sao Paulo, 2015, p. 21. Las citas textuales son traducciones de mi autoría del portugués al español.

 

 

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