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Jornada Virtual
Por Naief Yehya

El agua que mece el silencio, de Rose Mary Salum

 

Parece casi ocioso señalar que las historias de la diáspora, de todas las diásporas, tienen siempre temas comunes: la tierra perdida y abandonada, el desalojo y la huida, la nostalgia y el descubrimiento de costumbres ajenas, la inestabilidad y la intolerancia. Hoy estos relatos se multiplican exponencialmente mientras ocurren las crisis de migración más serias desde la segunda guerra mundial. Las condiciones creadas por el imperio otomano en el Medio Oriente provocaron el exilio de millones de personas. Los grandes conflictos del siglo XX añadieron muchos millones a la búsqueda de refugio, santuario y sustento en tierras que no los vieron nacer. Quizás lo más devastador de estas tragedias es lo poco que hemos aprendido de ellas. Hoy, los individuos desesperados que huyen de la guerra, la persecución y la especulación geopolítica están en gran medida abandonados, a merced de la caridad internacional y en pocos casos protegidos por leyes sólidas que amparen sus derechos humanos, sin importar su procedencia o los motivos de su búsqueda de asilo.

Los herederos del exilio, voluntario o forzado, cargamos con una patria mítica, irreal e imposiblemente vívida. Un territorio, un pueblo, un hogar que sólo puede ser visitado en la imaginación y en los recuerdos ajenos. Es un terruño inexistente que está sepultado bajo las piedras y el polvo de las naciones que hoy ocupan su lugar. Sin embargo, es algo que habitamos de muchas maneras; en la comida, las historias de familia, las rencillas que nunca se olvidan y la ilusión de pertenecer. Rose Mary Salum ha optado por revisitar el Líbano imaginario de sus abuelos a través de la literatura, no mediante una reconstrucción arqueológica del recuerdo, sino con la reinvención de las experiencias de sus antepasados. El agua que mece el silencio es una colección de cuentos que se conectan y entrelazan, y funcionan como un laberinto de espejos o, si no, es una novela narrada a varias voces que ofrece una serie de perspectivas en donde lo contemporáneo es más un ideal que una certeza. Líbano es apropiado para reflexionar sobre a la desgarradura brutal que ha sufrido el mundo desde la Guerra contra el terror, ya que mucho antes de ese conflicto este diminuto enclave estaba a la vanguardia cultural y social de la región. Líbano intentó desafiar la rapiña de las naciones y los fundamentalismos con su pluralidad, apertura y democracia, con su caleidoscopio étnico, religioso e intelectual; quiso ser el símbolo de la convivencia posible en una región de intransigencia. Líbano es tradición y sueños idílicos de modernidad, con sus placeres, tentaciones y peligros, así como con el tufo de la intolerancia y el desprecio al otro. Una nación llamada la Suiza de Medio Oriente vivió anticipadamente la devastación fratricida que hoy padecen tantas naciones de la región, fue descuartizada y convertida en la arena donde se disputaba no sólo el poder en Levante, sino también el mismo espíritu del mundo árabe. Salum trata de mostrar en sus páginas cómo se vive en el espacio íntimo y familiar bajo estas condiciones de amenaza, en donde los atavismos chocan como olas con el imaginario y los deseos. En cierta manera, al leerla uno imagina la guerra y su violencia como el agua del título, que se amolda apacible y silenciosa al recipiente que la contiene, así como otras veces embate con furiosas corrientes lo que la limita.

Las historias de Salum están narradas desde la perspectiva de la infancia, de las víctimas que no eligieron la guerra ni entienden aún de odios religiosos o étnicos. Así, acompañamos a jóvenes cristianos, musulmanes y judíos en su descubrimiento de la rigidez de los dogmas que normarán sus vidas. La prosa poética de la autora en cierta forma trata de confrontar la violencia con la palabra, pero su visión es realista y queda claro que la rebeldía, lírica u otra, rara vez es suficiente para desactivar la bomba de tiempo social en universos en frágil equilibrio, dominados por el descontento. Los relatos comienzan en la atrocidad de la guerra civil, en el espacio doméstico fragmentado, reventado por las explosiones y el fuego. En medio de la carnicería, los rituales familiares, la fe y las certezas de un mundo que se desintegra permanecen indiferentes al sacrificio humano. Las historias fluyen de manera orgánica y ofrecen una cacofonía marcada por cambios de ritmo, descripciones oníricas y realismo crudo. Por momentos parecería que vemos el mundo a través de una celosía y debemos interpretar los claroscuros. En otras ocasiones no tenemos más alternativa que confrontar la brutalidad de un estado de las cosas que se niega a dar oportunidad a la vida. El libro de Salum es una obra extraña, fabulosa e iconoclasta que sirve como mirador sensorial e inquietante del Big Bang de la intolerancia.

 

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