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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Un Ulises con distinto itinerario (ii y última)

 

Sin resaca ni animosidad, Reynol confiesa: “Siempre quise salir de Agualeguas.” Y se fue pero volvió, no para vivir en ella sino reviviéndola, emparentándola con Comala, Macondo, Dublín, San Petersburgo, Berlín, la Santa María de Onetti, el Manhattan de Dos Passos, el condado de Yoknapatawpha… Y si me apuran diría que el parentesco de Agualeguas con esos sitios mitificados por el genio de la literatura es de grado. ¿Cómo le hizo? Primero aparece la búsqueda de perfección que como narrador, crítico, ensayista y traductor de poesía búlgara, alemana y francesa, practica Reynol Pérez Vázquez. Y, sin obviar los riesgos ni desafíos que conlleva esta hazaña, sus obras teatrales, tan acabadamente construidas, pueden leerse también como narraciones, según decía Vicente Leñero.

–¿Cuál es la fórmula, donde está el manual para capturar así la vida de un poblado como Agualeguas?– se preguntaba en Monterrey el también dramaturgo Hernán Garza minutos antes de la presentación del libro Por encima de la vida.

Reynol salió para siempre de Agualeguas a los dieciocho años; para siempre, con todo y su infancia, con todo y lo que la escuela primaria y sus incursiones casi de polizonte a Monterrey y a Estados Unidos le habían dejado. Estudió y trabajó como periodista. Escribió Memorias del tedio, que bien puede leerse como novela, bien como serie de cuentos en la que algunos personajes “brincan” de una narración a otra y donde prevalece un protagonismo, confirmando tanto su capacidad transgresora de géneros como el talento idóneo para trazar caracteres con pinceladas fieles y sabias, llenas de verdad chejoviana. Lo que ya no alcanzó a saber Leñero y aún no lo quieren admitir las editoriales que no se guían por la calidad sino por los apellidos o por las modas del mercado, es que Reynol Pérez Vázquez también ha escrito una tetralogía novelesca de Agualeguas: una tetralogía que extiende al infinito las cuatro obras dramáticas de Por encima de la vida: Los días antes del agua, ¡Que te parta un rayo!, La noche que conocí a Miguel Torruco y Por encima de la vida. Entonces, pues, ¿dramaturgia o narrativa? Literatura, es decir poesía en cada línea, incluidas las acotaciones.

¿Dónde está la fórmula? Tal vez en la odisea vital de este Ulises que decidió abordar la escritura y su vida, primero en navegaciones breves y audaces y luego en cruceros oceánicos hasta encallar en Berlín. Esto último, después de escribir por lo menos dos obras de teatro que, en uno de sus múltiples registros, representa las calles, las horas y el aliento de la megalópolis perdida, secuestrada por una violencia criminal que alcanza a cualquier transeúnte, sean noctámbulos en una tienda de conveniencia, sean novios que gozan del crepúsculo en un parque. Así, Por debajo de la noche y Una flor en la tarde, muestran la mortandad del fuego cruzado y la bala perdida. La última de estas obras data de 2007 y, aunque es posterior a la muerte de dos alumnos del Tec por equivocación militar, precede con precisión profética a la muerte, en medio de una balacera entre bandas, de unos novios en un parque.

Y es ya en Berlín donde Reynol completa el mundo agualegüense. Así, en vez de regresar devuelve algo que derivará en lugar mítico, tan real como la memoria colectiva, tan nutrido de simbolismos y fantasías como las vivencias de los personajes típicos (y ahí están el Conde de Agualeguas y los asistentes a la presentación en Monterrey de Por encima de la vida para confirmarlo, y allá estará el futuro, si lo hay, para dar o quitar razones). En su octaedro, Reynol entrega el lenguaje de los seres que lo nutrieron, el retrato puro de la gente y de su entorno rural, vertidos en literatura –y no sólo a sus paisanos sino a cualquier lector con antecedentes rurales o con imaginación suficiente. No retorna, su itinerario es distinto al de Ulises, sus vías son el conocimiento sensible, la autodisciplina y una resistencia capaz de sacarle carcajadas a la depresión. Ya prometía desde sus obras, llamémosles cosmopolitas, sus primeros cuentos, sus crónicas, Memorias del tedio y el volumen El tren nuestro de cada día; desde sus extraordinarios textos cuasi anónimos sobre Pina Pellicer (en el libro Luz de tristeza (1934-1964) México, UNAM, 2006) y sobre Luis Cernuda (con el guión del documental México. Final de dos amores, TV UNAM, Difusión Cultural UNAM) la voluntad de poder de un México que muchos dan por muerto, el campo, de donde vienen el pan y las palabras.

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