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Jornada de Poesía
Por Juan Domingo Argüelles

Vergüenza y memoria del 2 de octubre del '68

El 2 de octubre de 1968, en Tlatelolco, el gobierno priista de Gustavo Díaz Ordaz masacró a los estudiantes que pedían un mejor país. Gabriel Zaid escribió: “No sanaremos de Tlatelolco mientras no bajemos al infierno de esa noche hundida en la zona de nuestras vergüenzas. Mientras creamos que todo fue una pesadilla que afortunadamente ya pasó.”

Sobre esa zona de nuestras vergüenzas, Octavio Paz escribió: “La limpidez/ (Quizá valga la pena/ Escribirlo sobre la limpieza/ De esta hoja)/ No es límpida:/ Es una rabia/ (Amarilla y negra/ Acumulación de bilis en español)/ Extendida sobre la página./ ¿Por qué?/ La vergüenza es ira/ Vuelta contra uno mismo:/ Si/ una nación entera se avergüenza/ Es león que se agazapa/ Para saltar./ (Los empleados/ Municipales lavan la sangre/ En la Plaza de los Sacrificios.)/ Mira ahora,/ Manchada/ Antes de haber dicho algo/ Que valga la pena,/ La limpidez.”

Y Jaime Sabines insistió: “Nadie sabe el número exacto de los muertos,/ ni siquiera los asesinos,/ ni siquiera el criminal./ (Ciertamente, ya llegó a la historia/ este hombre pequeño por todas partes,/ incapaz de todo menos del rencor.) [...]/ Habría que lavar no sólo el piso: la memoria./ Habría que quitarles los ojos a los que vimos,/ asesinar también a los deudos,/ que nadie llore, que no haya más testigos./ Pero la sangre echa raíces/ y crece como un árbol en el tiempo./ La sangre en el cemento, en las paredes,/ en una enredadera: nos salpica,/ nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.”

Rosario Castellanos, en su “Memorial de Tlatelolco” (tal vez el poema más intenso que se haya escrito sobre ese crimen de Estado) sacudió las conciencias: “La oscuridad engendra la violencia/ y la violencia pide oscuridad/ para cuajar en crimen./ Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche/ para que nadie viera la mano que empuñaba/ el arma, sino sólo su efecto de relámpago./ Y a esa luz, breve y lívida, ¿quién? ¿Quién es el que mata?/ ¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?/ ¿Los que huyen sin zapatos?/ ¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?/ ¿Los que se pudren en el hospital?/ ¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?/ ¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie./ La plaza amaneció barrida; los periódicos/ dieron como noticia principal/ el estado del tiempo./ Y en la televisión, en la radio, en el cine/ no hubo ningún cambio de programa,/ ningún anuncio intercalado ni un/ minuto de silencio en el banquete./ (Pues prosiguió el banquete.)/ No busques lo que no hay: huellas, cadáveres,/ que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa:/ a la Devoradora de Excrementos./ No hurgues en los archivos pues nada consta en actas./ Ay, la violencia pide oscuridad/ porque la oscuridad engendra el sueño/ y podemos dormir soñando que soñamos./ Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria./ Duele, luego es verdad. Sangra con sangre./ Y si la llamo mía traiciono a todos./ Recuerdo, recordamos./ Esta es nuestra manera de ayudar a que amanezca/ sobre tantas conciencias mancilladas,/ sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,/ sobre el rostro amparado tras la máscara./ Recuerdo, recordemos/ hasta que la justicia se siente entre nosotros.”

Se cumplen hoy cuarenta y ocho años (ya casi medio siglo) de esa vergüenza, y la justicia aún no se ha sentado entre nosotros. Si los gobiernos priistas asumieran realmente esa vergüenza, como les corresponde, ninguna calle, ninguna colonia, ninguna plaza, ninguna ciudad, ningún municipio llevaría el nombre de Gustavo Díaz Ordaz. Pero hay calles, avenidas, colonias, plazas, ¡escuelas públicas!, ¡bibliotecas públicas!, ciudades, municipios que llevan ese nombre de oscura memoria. Deberían llamarse “2 de Octubre”, “Tlatelolco 68”, “Víctimas del 68”, “Memorial de Tlatelolco”. Es afrentoso que alguien tenga que nacer en Ciudad Gustavo Díaz Ordaz, la antigua San Miguel de Camargo, en Tamaulipas, a la que se le cambió el nombre ¡en 1968! Costumbres priistas de la desvergüenza del poder.

¿Qué país civilizado puede ser éste que homenajea a Díaz Ordaz, imponiendo su nombre a ciudades y calles, nivelándolo con próceres a la altura de Lázaro Cárdenas, Belisario Domínguez y Benito Juárez? ¿Qué gobiernos tenemos incapaces de atender y entender el dolor de la injusticia?

¿Tenemos los gobiernos que nos merecemos? No el que todos nos merecemos. El PAN incumplió con los electores cuando llegó al poder, y el PRI no ha pagado ni hace nada por pagar sus deudas con los mexicanos. Instalado en el cinismo y en la corrupción no asume esa vergüenza de casi medio siglo, al igual que no asume la vergüenza de nuestro tiempo: el dolor de las víctimas de hoy.

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