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El ensayo como fuente
El corto verano del cuervo, Ramón López Castro, Instituto Mexiquense de Cultura, México, 2015.
Por Ricardo Guzmán Wolffer

Ganador del Premio Alfonso Reyes en 2000 con Expedición a la ciencia ficción mexicana, con este libro López Castro plantea una división más del ensayo literario: el basado en datos documentados, contrapuesto al basado en el bagaje personal. Cierto, en ensayos como los que integran este volumen se advierte una enorme cantidad de información cinematográfica, histórica, literaria, científica y más, pero la presentación de la misma difiere del ensayo documentado: en Expedición... se hace una amplia recopilación de textos mexicanos del género, se comentan por temática, por temporalidad, por influencias, por zona geográfica y otras variantes. Fue necesario que el autor consiguiera los libros, los leyera, se documentara y contrapunteara contenidos, influencias y subtramas para hacer su propia interpretación ensayística, tanto a niveles estructurales como de resultados narrativos: se cuestiona en algunas hasta la perspectiva literario-religiosa, más como trama que como propaganda, y hasta se ponderan editoriales por sus preferencias al publicar.

La segunda forma ensayística empata más con la definición de la Real Academia Española: “escrito en prosa donde el autor desarrolla sus ideas”, pero eso se queda muy corto en ensayistas como López Castro. Antes de hablar de toda la información que se contiene en esas ilaciones literarias, es inevitable destacar cómo la prosa y lo poético se mezclan con tal precisión que las metáforas y la cadencia narrativa apenas son perceptibles entre la ola emocional que cae en el lector, en medio de las divagaciones coherentes. En “África mía” nos habla del continente que mira al lado de una mujer desde el litoral andaluz: evoca la tierra imaginada a partir de lecturas, de películas, pero también de los recuerdos que ella le ha transmitido mientras le muestra “una línea de sombra a lo lejos, en el mar, presunta costa africana vista a contraluz cual máscara transmutada en señorita de Aviñón… un futuro fugitivo al cual nunca se accede y sólo puede ser anhelado en lontananza”. En “Vida y traición de las cosas inertes” se disgrega sobre el límite de la individualidad con vistas a lo eterno y lo divino: en un párrafo remite a los replicantes de la película Blade Runner y explica en media oración que, cuando Rutger Hauer mata a su creador industrial, en realidad no se venga: trata de fundirse con él, para tener un poco más del tiempo marcado en su reloj interno: “los androides sueñan e inventan sus almas a través de ser únicos e irrepetibles: los replicantes serían entonces copos de nieve en los cuales se esconde el código de barras de su Hacedor”. En “La mueca” nos enteramos de que el autor, al pasar por una parálisis facial, no sólo se dio a la tarea de tratarse físicamente, también se puso a investigar y a sacar sus propias conclusiones, empezando por el esperado: por qué a mí y no a esos feos, ladrones y demás agravantes, que no son yo. Mientras padece la recuperación, entre terapeutas y dolores, se siente “como ante la antesala de un juez veleidoso, los dolientes hacen fila para recobrar su libertad mientras se estudia su expediente. No hay sobornos ni atajos ante este tribunal. Sólo tienes solaz en la paciencia”.

Como escritor de ensayo profundo con las consecuentes dificultades para ingresar a las editoriales grandes, las que llegan a todos los públicos, incluso sin ser lectores (los encuentras hasta en las centrales camioneras), López Castro ha resuelto el brete en la publicación de sus notables trabajos recurriendo a las editoriales oficiales: El salmo del milenio, en coedición con el Centro Cultural Tijuana; El sol sea con nosotros, en coedición con el Ayuntamiento de General Escobedo, Nuevo León; Soldados de la incertidumbre, con el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Nuevo León; colabora en la publicación oficial mexiquense Castálida y El corto..., también es edición oficial. Salvo la publicación en Lectorum de Expedición... (que también es coedición del Consejo para la Cultura de Nuevo León), la mayoría de sus obras apenas se distribuyen. Sin duda su alta calidad les permitió ser publicadas, pero no necesariamente se traducirá en llegar a todos los públicos. Casos como el de López Castro plantean una problemática de la cultura nacional: si a las editoriales comerciales apenas les interesa el ensayo, no se diga el guión, la poesía o el teatro (salvo que las escribiera alguien cuya fama asegurará ciertas ventas), qué opción tiene el público de acceder a obras que pueden conmover o asombrar al lector, como logra López en sus andares, ya sean parisinos o con terapeutas faciales u otros y, por muy ajeno que eso nos resultara, lograr que su mirada abarque la esencia del lector, ya sea por la relación mental que hace y justifica ensayísticamente, o por la manera de presentarla: por la forma o por el fondo del ensayo, logra hermanarnos con él y su producción. Si eso no es alta literatura, no sé qué puede serlo. Las posibilidades del ensayo tienen un notable exponente en este autor que en labor subterránea ha ido ganando espacios en foros nacionales e internacionales, sin importar cuántos sean sus afortunados lectores.

Casos como el de Ramón López Castro justifican esas ediciones, todas las ediciones, municipales o estatales, incluso las nacionales, que llevarán a una precaria posteridad a autores que debieron ser reconocidos y promovidos en su tiempo. También obligan a una revisión de las políticas editoriales en su fase de distribución: no puede esperarse que las bibliotecas y Educal hagan toda la tarea. Pero, sobre todo, dejan la esperanza de que se podrá acceder a esos libros, de que en algún lugar de los fondos editoriales estatales hay textos como López Castro, esperando ser leídos para reconectarnos con nosotros mismos y saborear la lectura ensayística como una de las máximas bellas artes, sin importar la incomprensión editorial.

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