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La Otra Escena
Por Miguel Ángel Quemain

Casa calabaza, 25 años de teatro penitenciario

 

Casa calabaza, de Maye Moreno, bajo la dirección de Isael Almanza, es la obra ganadora del Concurso Nacional de Teatro Penitenciario 2014 y su estreno representa la convergencia de varios aspectos que vale la pena celebrar y comentar.

En primer lugar se enmarca en la conmemoración celebratoria de los veinticinco años del teatro penitenciario y es la primera vez en ese tiempo que una obra de teatro originada en ese espacio creativo es puesta en escena por una compañía profesional, en un espacio teatral que hoy representa uno de los ámbitos independientes más importantes del teatro mexicano actual, que es Carretera 45, donde se presenta esta pieza jueves y viernes a las 20:30 horas hasta el 18 de noviembre.

Es importante decir que esta producción corre a cargo de Denise Anzures, periodista de origen, que desde hace ya varios años ha contribuido con sus ideas, su trabajo y su devoción a enriquecer el quehacer teatral mexicano desde diversos espacios, ahora, fundamentalmente como enlace del INBA con el teatro que se realiza en los reclusorios del gobierno federal.

Anzures también se encargó del dossier que es el contenido fuerte del número más reciente de la revista trimestral de teatro Paso de Gato y en el que vale la pena profundizar y ocuparse en una futura entrega. Paso de Gato celebra quince años de trabajo con un proyecto editorial que es uno de los dos más importantes en México y de los de mayor estatura en el espacio Iberoamericano, que dirigen Jaime Chabaud y José Sefami.

En ese valioso documento de alcance internacional también convergen las aportaciones de dos estrenos de papel, como se llama la sección de la revista que publica las obras de dramaturgia que se convierten en una tentación para los directores que están en busca de nuevas producciones literarias para sus montajes profesionales, amateurs y escolares.

Hay que acotar que en esta edición, que va de octubre a diciembre (año 16, número 67), se publican dos obras escritas desde prisión: Diálogo con un perro callejero, de Antonio de Jesús Maldonado, y la otra es, precisamente Casa calabaza, de Maya Moreno, que el lector y espectador tendrán la oportunidad de leer completa y darse cuenta del fino trabajo de dramaturgia que hizo Luis Eduardo Yee a favor del montaje imaginativo y riguroso que llevó a escena Isael Almanza.

Almanza está apoyado por un reparto de primer orden que se multiplica como un espejo que se hace añicos, y cuenta la vida desgraciada de esta dramaturga que ha optado por el relato autobiográfico para entender sin concesiones por qué fue a la cárcel y se decidió por la huida a la locura, tras cometer un crimen llamado eufemísticamente “en línea de consanguinidad”, para decir que se trata de una madre psicótica que convirtió la infancia de Maya en un espacio asfixiante.

El montaje recurre a la conversión personaje/escenario, donde el reparto que conforman Erandeni Durán, Fátima Paola Arias, Mireya González, Gloria Castro y Alfredo Monsiváís, muestra cómo las transiciones entre las edades son las del espacio/tiempo y del personaje mismo que está recogiendo los fragmentos de una memoria cargada de una emocionalidad envenenada.

Mucho de lo que está en escena es una reconstrucción de momentos clave en la vida del personaje, que tiene lugar en el interior de la casa paterna donde crece y acaba con los lazos vitales que lo unen a ese tumor indeseable que se hizo extraer con violencia y lo confinó a veintisiete años de condena.

Isael Almanza presenta una obra que, en su dramatismo y dolor, está sostenida en un juego carnavalesco que le permite colocar a sus actores en cruces temporales, espaciales y mentales que implican esa celebración fársica donde se reúnen la alegría y el llanto. Es inevitable asombrarse con este relato donde las percepciones, primero de una niña, y luego de una mujer que entra en la madurez, muestran un poliedro de posibilidades plásticas.

En el programa de mano, pleno de textos para tratar de entender qué le pasó a ese personaje, el director se muestra fascinado con el dramaturgo. No es usual que eso suceda, y pasa porque hay una extraterritorialidad del texto que lo pone, a un tiempo, dentro y fuera de la cárcel, dentro y fuera del teatro, apelando a una especie de verdad que exhibe, por ejemplo, la pobreza de la prensa amarillista que nos rodea y le da la vuelta a la comprensión de lo criminal para hablar de que hay un crimen y hubo un criminal, donde hay ahora un dramaturgo que delira con su palabra autobiográfica que replantea lo que es la familia y sus estructuras afectivas.

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