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Jornada Virtual
Por Naief Yehya

El año de Jim Jarmusch: Gimmie Danger y Paterson

 

DIONISIO EN EL MOSH PIT

Es raro que un director activo tenga más de un filme recorriendo el circuito de los festivales al mismo tiempo. Sin embargo, este año Jim Jarmusch, el veterano de la provocación cool, está completamente a gusto paseando por las pantallas (incluyendo el Festival de Nueva York) sus dos más reciente filmes, muy distintos entre sí y a la vez característicos de su estilo. El primero es el documental Gimme Danger, una mirada clínica, podríamos decir higiénica y respetuosa, al delirio frenético y la provocación furiosa que trajeron James Newell Osterberg, alias Iggy Pop, y los Stooges al rock. Pop (quien ya había actuado en aquella joya poco valorada de Jarmusch, Dead Man, 1995), aparece a los sesenta y nueve años, vital, ecuánime y memorioso, lejos de su desbocada imagen autodestructiva. Pop hace un ágil y elocuente recuento de su vida, su carrera, la escena del rock en la que irrumpió con estridencia brutal y anárquica, como una de las fuerzas más inquietantes de la música estadunidense de los sesenta y setenta. Resulta fascinante ver al Iggy Pop eléctrico, tóxico e incandescente de su juventud protopunk y al hombre maduro que parece no haber ganado un kilo y no haber perdido ni la integridad ni el talento, ni el dinamismo.

La cinta de Jarmusch es paradójicamente mesurada, celebratoria y elegante; en ella se combinan secuencias de animación con pietaje de conciertos y de la época, un desfile de los miembros sobrevivientes de la banda, así como una entrevista con Iggy, quien habla desde la casa rodante donde se crió. Los Stooges fueron un accidente cultural, una banda caótica y desparpajada que tenía una actitud desafiante y una obsesión patológica por el ruido. De ahí que se les considere los padres del punk y a él en particular el precursor de surfear sobre el público, de revolcarse semidesnudo sobre el escenario (a veces sobre vidrios rotos) y de salir al escenario tan drogado que se olvidaba de las letras de sus canciones o de plano perdía el conocimiento frente al público frenético. Iggy Pop define su música como dionisíaca, como esa fuente de placer primigenio y estímulo irracional, decadente, gozoso y extremo que es lo opuesto al arte apolíneo, racional, culto, elegante, un tanto como el cine del propio Jarmusch.

 

OTRO MUNDO ES POSIBLE

La otra entrega reciente de este director es una cinta cálida, humilde y apacible. Paterson es un poema fílmico en el que un conductor de autobús de la ciudad de Paterson, New Jersey, llamado Paterson (Adam Driver), escribe poesía en su cuaderno, entre sus turnos y sin aspirar a publicarlos. Paterson está felizmente casado con Laura (la actriz iraní Golshifte Farahani), una mujer atractiva, cariñosa, inquieta y multitalentosa que hace formidables diseños, hornea cupcakes, pinta, aprende guitarra y cocina, pero todo con un conmovedor entusiasmo amateur. La monotonía de su vida es un deleite. Sus días son rutinarios y repetitivos. Cada mañana, Paterson se levanta a las seis, desayuna cereal, camina al trabajo, conduce, escribe, regresa a casa a las seis, cena con su mujer, pasea a su perro y bebe una cerveza en su bar favorito. Las complicaciones de la vida parecen irrelevantes, hasta que una pequeña tragedia lo sacude, pero incluso eso sirve para darle una nueva oportunidad.

Paterson vive en una especie de limbo temporal: no ve televisión, no usa teléfono celular, no escribe en una computadora, ni siquiera fotocopia sus poemas. Los poemas de Paterson (que en realidad son obra del poeta Ron Padgett) parecen inspirados por su héroe, quien también vivió en la ciudad de Paterson, William Carlos Williams, y si bien inicialmente parecen ser garabateos ingenuos, casi infantiles, poco a poco van tomando sentido para el espectador y muestran una lírica coherente y emocionalmente aguda. Quizás no sean obras maestras, pero están lejos de ser absurdos u objetos de ridículo. Se trata de pequeños testimonios honestos, apasionados, simples y fieles a su experiencia, su amor por la vida, su mujer y su ciudad. Y en eso radica el énfasis de Jarmusch; en mostrar un universo paralelo en el que el tiempo fluye con parsimonia, donde es posible vivir al margen de la ansiedad digitalmente inducida de nuestra era y ser feliz. En un tiempo en que obsesivamente compartimos todo (no solamente nuestras creaciones sino nuestros estados de ánimo, comidas, paseos, impresiones y miserias) vía redes sociales, Paterson sólo quiere tener su poesía para sí mismo y su esposa, como un testimonio de la riqueza de una vida plena, lo cual hoy parece una propuesta realmente provocadora e inquietante.

 

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