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Luis Barragán, el polémico diamante Pritzker

Primero fue un rumor, después un trámite, luego una beca y al final una conversión para quedar en un escándalo internacional. No era para menos: nuestro mayor poeta del espacio, Luis Barragán fue, a partir de sus cenizas, convertido en diamante. La pieza fue un anillo de compromiso y la autora de ésta, según sea la perspectiva, truculencia, legítima demanda o pieza artística, es la estadunidense Jill Magid.

Hace más de un año entrevisté en Nueva York, en la galería Art in General, dirigida por la sofisticada y guapa Anne J. Barlow, a la también escritora Jill Magid. En ese momento Jill, un poco despistada como la mayoría de los artistas, estaba apenada por no hablar español. Exhibía entonces en esta galería de arte en Tribeca, Woman With Sombrero, una particular aproximación al legado de Luis Barragán, divididos sus documentos en dos archivos, el profesional y el personal.

Desde entonces la artista conceptual veía al matrimonio Fehlbaum con ánimo de revancha. Había sí, una exploración estética aunque nunca desmerecía su postura personal. Es preciso explicar, en breve, cómo fueron y vinieron los papeles de Barragán. Al morir el premio Pritzker 1980, tuvo en vida la voluntad de dejar sus archivos divididos. El personal, que consta de cartas, libros y fotografías fue resguardado por la Fundación de Arquitectura Tapatía. El profesional sufrió más, medio huérfano, después de que muriera su socio y amigo Raúl Ferrera, a quien le fue legado, y apareció en Nueva York en una subasta en la galería de Max Protetch.

La pareja formada por los suizos Rolf Fehlbaum y Federica Zanco ya había viajado a México y había quedado fascinada por el trabajo del arquitecto jalisciense; fue cuando decidieron adquirir este archivo en la subasta. Esta parte del archivo incluye, entre otras cosas, planos y maquetas, fundamentales para conocer a profundidad la cocina del artista.

La historia encantó a la estadunidense y decidió encarar a la millonaria pareja helvética, para entonces ya casados. Nadie puede acusar a estos suizos de mal gusto. Rolf Fehlbaum es en Birsfelden la cabeza del grupo Vitra, cuyos muebles son tan funcionales como hermosos. Su vinculación con la arquitectura está por demás acreditada. El museo de diseño Vitra es obra de Frank Gehry y la estación de bomberos del conjunto es sin duda una de las obras maestras de la arquitecta iraquí Zaha Hadid. Además, Vitra promociona a diseñadores del alcance de Mario Bellini y Philippe Stark. Nadie los podría acusar de insensibles a la importancia de un arquitecto como Barragán.

Volviendo a Manhattan y a la exposición Woman With Sombrero, parte de la muestra consistía en exhibir la resistencia de los suizos a dejar trabajar con el archivo de Barragán. Parte de la exhibición es una carta dirigida a la también historiadora de arte Federica Zanco, donde pide ahondar y trabajar con el archivo y, la verdad, la tiran de a loca. Muy educados, eso sí. Entonces la artista bucea en el archivo disponible, es decir, el personal, y en este momento es cuando comienza el guión inacabado de un culebrón que arde como la yesca.

Las fotografías del archivo personal muestran a mujeres hermosas a quienes se dirige Luis Barragán. También mucha equitación, casi como pretexto para que luzcan caballos divinos. Jill Magid se transfigura en amante y le escribe una carta de amor a Federica Zanco. Altera la sintaxis de Barragán para picar la cresta de la administradora de los archivos en Suiza. En esa exhibición también mostraba diapositivas de las amigas del arquitecto y de él mismo en diferentes escenarios. Todo esto terminaba produciendo un efecto según el cual el arquitecto era un mujeriego. No pude más que preguntarle: “¿Sabías que era gay?” A esto la artista respondió titubeando, alegando que en ese campo todo era y había sido incierto.

Si Barragán era o no gay es en cierto sentido irrelevante, y si quiso ocultar su orientación sexual es por completo respetable, y no cambia en nada la magnitud de su legado. Lo que no se vale es que alguien que pretende cimentar un discurso amoroso (¡y hasta erótico!) alrededor del artista ignore o quiera ignorar este dato que, aquí, sí es relevante porque, entre otras cosas, se corre el riesgo de ridiculizar al autor. No hay que olvidar que su amigo el gran pintor y coleccionista Chucho Reyes (“abiertamente homosexual”) y él huyeron de Guadalajara en la década de los treinta debido al ambiente opresor del lugar en su aspecto cultural, estético y moral. A Jesús, los amiguitos tapatíos primero lo habían enchapopotado y luego le rompieron los dos brazos, y todo por “pinche puto”.

En fin, el melodrama avanza y salpica a quien se asoma. Llama la atención que cuando Juan Villoro publicó en Reforma el artículo “Anillo de compromiso”, dando una semblanza del conflicto, algunas feministas serias, en el ágora de Facebook, acusaron a Villoro de escribir una nota misógina y efectista. Juan Villoro no necesita que lo defiendan y quizá sí hay algo de efectista en su “Anillo de compromiso”. Sin embargo, el escritor tiene la razón cuando define al asunto como melodramático.

 

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