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Paso a Retirarme
Por Ana García Bergua

Travestistas y reinventados

Llevo bastantes meses leyendo periódicos de los años veinte pues trabajo alrededor de una mujer que se llamó Conchita Jurado y de la que ya había hablado en esta columna. Ella no era actriz propiamente dicha, aunque tenía grandes habilidades dramáticas, y logró crear un personaje con el que estafaba a la gente en una especie de cruzada moralizante. Durante cerca de seis años, valiéndose de un disfraz bastante rudimentario y un grupo de afines que crecía conforme avanzaba en su engaño pues eran los mismos estafados que llamaban a otros, convenció a personas de todos los estratos sociales de que era un millonario de nombre Carlos Balmori, el cual les daría grandes cantidades de dinero si cometían alguna indignidad o bajeza. Así desnudaba la avaricia de sus víctimas en una época en la que la religión estaba perseguida, en plena Guerra cristera. También aprovechaba, hay que decirlo, para decir palabrotas y abrazar y besar mujeres, cuyos favores y hasta matrimonio les solicitaba a cambio de la adinerada posición que supuestamente les iba a dar.

Durante mis indagatorias para escribir unos relatos alrededor de Conchita y su época tan móvil y fascinante, me encontré con que no era ella la única travestida de ese entonces ni mucho menos. Había también, por ejemplo, un célebre ladrón llamado Raffles en imitación del estadunidense (esa sería una doble manera de travestismo), que realizaba algunos de sus robos disfrazado de mujer y sobre cuyo triste destino ha escrito, por cierto, Héctor de Mauleón, amén de otros personajes más o menos anónimos u ocultos que van apareciendo en las páginas de El Universal de aquellos años, en una especie de locura carnavalesca refundadora: muchos ladrones vestidos de mujer o incluso una mujer que se traviste de cargador de la Merced (¿sería la mismísima Conchita?) para darse el gusto de agarrarse a golpes con los hombres. Y eso sin mencionar a todos los militares que travistieron sus trayectorias de revolucionarias, pues habían peleado con Porfirio Díaz o Victoriano Huerta, y debían encontrar el modo de borrar su pasado para caer parados del lado de los “buenos”.

Así, mientras la Revolución funda un nuevo nacionalismo alejado de los símbolos decimonónicos y religiosos, hay personas que, a la manera de las vanguardias, se reinventan para sobrevivir y abrirle el camino a las nuevas maneras de ser mujeres, hombres y en general mexicanos. El caso de Conchita es particularmente interesante porque se trata de una mujer que para esas épocas ya era mayor (en las crónicas se refieren a ella como una anciana aunque tenía sesenta años) y se encontraba muy lejos de lo que hacían las otras mujeres que también se abrían paso en el mundo laboral cortándose el pelo, subiéndose la altura de la falda y maquillándose como artistas de cine. Hay en ella una creación, una fantasía construida con su propio cuerpo para tener una vida que en esos años, definitivamente, era imposible para una mujer, una vida en la que mandaba, insultaba, provocaba, manoseaba, bebía y humillaba, protegida por el supuesto e inexistente dinero y además era celebrada por ello. Su personaje de Balmori era gracioso pero no propiamente admirable; admirable resultaría ella cuando se despojaba del disfraz y aparecía como la humilde viejecita que había desnudado el alma pecadora del incauto o la incauta en una especie de confesión inducida en la que, eso sí, Dios no aparecía por ningún lado. Y tan interesante como Conchita es toda la fauna de políticos y profesionistas que se sirven de ella para, a su vez, obligar a otros a revelar sus secretos deseos, sus verdaderas identidades.

Esta época que vivimos ahora es muy extraña. Así como en los años veinte, nuevas identidades surgen ahora para ocupar nuevos espacios. Muchos tienen o tenemos ya una identidad virtual, distinta de la de carne y hueso, que representa a sus propias causas y se relaciona con otras virtualidades. Y en esos planos, la escritura tiene mucho de travestismo, para que el autor o la autora puedan salir de sí mismos y volcarse en una obra. ¿Quién soy, a fin de cuentas, cuando hablan los personajes de la novela que estoy escribiendo? Hay un momento de la escritura en el que la identidad se pierde y el escritor o la escritora se convierten en “eso” que están escribiendo, a lo que le están prestando su propia carne transformada. Quizá también la escritura nos disfraza y traviste para, como Conchita, sobrevivir en tiempos desconocidos.

 

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