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Jornada de Poesía
Por Juan Domingo Argüelles

Bob Dylan, Borges y el Nobel

Jorge Luis Borges habló y escribió muchas veces sobre el Premio Nobel de Literatura, siempre con ironía. En 1936, en la revista El Hogar, sentenció: “Yo no sé, por ejemplo, si dentro de cien años la República Argentina habrá producido un autor de importancia mundial, pero sé que antes de cien años un autor argentino habrá obtenido el Premio Nobel, por mera rotación de todos los países del atlas.”

Borges seguramente llegó a suponer que su predicción hallaría cumplimiento con él. No fue así, y estamos a menos de dos décadas de que su profecía fracase. Y fracasará si antes de 2036 la Academia Sueca no concede el Nobel a un escritor argentino irremediablemente inferior, en calidad literaria, al autor de Ficciones.

Seamos claros: la etiqueta de “grandes escritores” que concede la Academia Sueca con el otorgamiento del Nobel de Literatura a autores más bien mediocres cuando no menores, ha convertido este reconocimiento en una superstición culta. Pensar que un autor es “inmortal” porque recibió el Nobel, después de una deliberación académica en gran medida oportunista y casi siempre política, es darle demasiada importancia a un grupo de personas que lo mismo se decide por un espléndido e irrefutable autor (T. S.Eliot) que por alguien incluso poco apreciado (con absoluta justicia), en su propio país (José Echegaray).

Borges desdeñaba a ciertos autores a los que no quería tener por compañía en ese Olimpo sueco: Rabindranath Tagore y Gabriela Mistral, por ejemplo, galardonados con el Nobel de Literatura en 1913 y en 1951, respectivamente, entre otros más a los que consideraba escritores de brocha gorda. Y sin embargo anheló ese premio, como si fuera su pasaje a la inmortalidad, y se imaginó junto a sus admirados Eugene O’Neill, George Bernard Shaw y William Faulkner que también lo obtuvieron. Cuando, en 1956, la Academia Sueca premió a Juan Ramón Jiménez, su sarcasmo fue devastador: “Primero Gabriela. Ahora Juan Ramón. Qué vergüenza... para Estocolmo. Esos suecos son mejores para inventar la dinamita que para dar premios.”

Aun así, siguió imaginándose en Estocolmo en la ceremonia de premiación. Y cuando vio pasar los años sin recibir el telegrama o la llamada telefónica anunciándole la concesión del ansiado Nobel, supo que ese honor, tan cortejado, no sería suyo. Una de sus últimas ironías, en agosto 1984, incluía una súplica: “La Academia Sueca antes premiaba a escritores que eran mundialmente conocidos. Ahora ha cambiado de modus operandi: se dedica a descubrir valores. No lo reprocho, me gustaría ser descubierto.” Menos de dos años después, el 14 de junio de 1986, moriría en Ginebra, Suiza, sin ser “descubierto”.

Contra lo que se piensa, la justicia poética es infrecuente. Un gran escritor que cortejó el galardón no lo obtuvo, y un gran músico popular (no un literato), Bob Dylan, que no se ocupó ni se preocupó de semejante reconocimiento lo obtuvo sin meter las manos... y hasta sinceramente sorprendido. Había razón para sorprenderse. Más allá de que este premio se lo hayan concedido a célebres nulidades literarias e incluso a un gran político (Winston Churchill), que escribió libros muy poco literarios, nunca se había visto que se lo dieran a un músico y cantautor. ¿Poeta? Sí. No hay que demeritarlo, pero escritor literario, no. En nuestro país sería como si a José Alfredo Jiménez (grande él, sin duda) le hubiesen concedido el Premio Nacional de Lingüística y Literatura y no el de Artes y Tradiciones Populares (que, por cierto, tampoco le otorgaron).

Más allá de discusiones bizantinas y polémicas viscerales, una cosa es irrefutable: le concedemos demasiada importancia a la “gloria literaria” que concede un puñado de académicos suecos. La culpa es nuestra, no de los académicos. Entre todos los textos que se han escrito respecto del Nobel a Bob Dylan, el de Antonio Lucas, en el diario español El Mundo (18-11-2016) ha dicho, sintéticamente, lo justo y más acertado:

“El de Bob Dylan está siendo el Nobel de Literatura menos literario de los últimos años, pero el más divertido de las últimas décadas. El viejo cantante, célula dormida de sí mismo, resuelve que no va a pasar por Estocolmo a recoger el galardón. Alega compromisos adquiridos que no pueden ser desbaratados por un premio. Esto es Dylan. A mí me parece bien así (y del otro modo). Los señores de la Academia Sueca sabían a quién llamaban: a un tipo que tiene por costumbre no coger el teléfono. Y, además, no necesita el Nobel. Es el Nobel quien lo necesitaba a él para darse repercusión, un baño de Twitter. Todos contentos. Dylan le hace una peineta a quien le homenajea y el mundo aún se mantiene en pie.”

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