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Bitácora Bifronte
Por Jair Cortés

La traducción baldía

Extensas son las disquisiciones acerca de la complejidad de la traducción. Por un lado nos acerca a otras tradiciones y, por otro, se convierte en un juego de espejismos que nos deja la sensación de que es imposible aprehender por completo un poema, un verso, una palabra que sea trasladada de una lengua a otra. Es obvio que, en una traducción, no leemos el poema original, leemos un palimpsesto, una escritura sobre otra, un traductor que se disfraza de autor; leemos ecos de una voz que no podremos conocer del todo, nunca. Y cuando hay un poema que, por su trascendencia, imanta a traductores, entonces esas voces se multiplican y el lector queda a merced de lo que encuentre en su escabroso camino, mitad búsqueda y mitad hallazgo.

The waste land, de T.S. Eliot, es uno de esos poemas que ha experimentado (y soportado) una gran cantidad de traducciones y traductores; incluso una (fascinante) “reinvención”, erigida por uno de los poetas y traductores más importantes de nuestra lengua: José Luis Rivas, quien asimiló el poema de Eliot hasta ver nacer Tierra nativa, un extenso poema situado en el mítico puerto de Tuxpan, Veracruz, México. Como ejemplo de las tentativas por verter al español este clásico, The waste land ha sido traducido, por José María Valverde, como La tierra baldía, mientras que Manuel Núñez Nava lo traduce como Tierra yerma. Más allá de la supresión del artículo, aquí nos enfrentamos a un primer escollo, el adjetivo: waste significa “gastado, debilitado, yermo”, pero también significa “baldío”. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, baldío significa, con respecto a la tierra, “Que no está labrada ni adehesada. Dicho de un terreno de particulares: Que huelga, que no se labra”; pero también significa “Vano, sin motivo ni fundamento”; y si buscamos algunos significados de “vano”, éstos son: “Falto de realidad, sustancia o entidad”, “Hueco, vacío y falto de solidez”, “Dicho de un fruto de cáscara: Que tiene la semilla o sustancia interior seca o podrida” y por último, “Inútil, infructuoso o sin efecto”. De modo tal que ambas traducciones son correctas, pero en cierta forma, imprecisas: la tierra baldía puede ser una tierra fértil pero sin cultivar, y también, al mismo tiempo, una tierra yerma, sin que “baldía” o “yerma” nos ofrezcan una clara noción del significado último.

Para mí, la traducción más afortunada sería Páramo, cuyo significado es “Terreno yermo, raso y desabrigado” o “Lugar frío y desamparado”, que es, en gran medida, una conclusión de todo lo que sucede en el poema de Eliot. Pero supongo que la costumbre (esa cómoda visión del mundo) nos impide re-traducir algo que ya se ha fijado en nuestro idioma, sin mencionar la pesada sombra rulfiana que impediría que muchos se atreviesen a coincidir conmigo en este caso. Así de intrincados son los caminos de la traducción y, como habrá notado el lector, apenas estamos en el título.

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