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Paso a Retirarme
Por Ana García Bergua

Dos lecturas para el fin de año

La primera es el más reciente libro de Fabio Morábito, Madres y perros (Sexto Piso). La mayoría de estos cuentos del autor de Grieta de fatiga y El idioma materno tienen en común la mirada de quien se enfrenta a las cosas un poco desde los márgenes. Por ejemplo, el cuento que le da título al libro detalla los pretextos de un hombre que debe alimentar a la perra de su hermano en lo que éste cuida de la madre de ambos en el hospital. El temor a la perra y su culpa porque debe sentir hambre es su manera de enfrentar algo mucho más profundo. Así sucede con otros de los cuentos, como “El velero”, sobre un hombre que regresa al departamento que habitó de niño o “Los holandeses”, que de alguna manera hablan de los modos sesgados de recuperar el pasado. Hay otros en los que el sentido del humor tiene algo tierno y perverso, como la genial “Roxie Moore” o “La cantera”, donde un niño perdido en la niebla va rememorando los consejos para sobrevivir de las novelas de aventuras. Algunos lindan con el enigma y lo fantástico, como los corredores que se convierten en una manada depredadora cuando se apagan las luces (“En la pista”) o el de los dos hombres que esperan un autobús a ambos lados de una carretera desierta. Y no faltan, pues es uno de los temas de Fabio Morábito, los que abordan la escritura y el libro, como “Celulosa nítrica” y “La fogata”. Son también notables los lugares donde transcurren estas historias: una cantera, un lago, una carretera, una playa en la noche, un bar en el Berlín que despierta, la fiesta de una vecina a la que el protagonista ingresa porque perdió su llave. Territorios un poco desiertos, siempre ajenos y a la vez llenos de enigmas y posibilidades, como los lotes baldíos de que hablaba el propio Morábito en uno de sus primeros libros, como el cementerio de Emilio, los chistes y la muerte. Estos cuentos de Fabio Morábito me recuerdan un poco a los de Italo Calvino en Los amores difíciles, la misma meticulosa extrañeza que al alejarse un poco de las cosas las hace más claras y reveladoras. Después de todo, se trata de un narrador que se mete de cabeza en las situaciones para darles la vuelta y encontrar su profunda verdad.

La segunda es La vida por un imperio (Ediciones B), de Anamari Gomís. Yo creo que es el mejor libro de la autora de Ya sabes mi paradero. La portada es engañosa, pues sugiere que se trata de la leyenda según la cual Juárez le perdonó la vida a Maximiliano por ser masón como él. Maximiliano viviría en El Salvador con la identidad de Justo Armas, un hombre muy parecido al emperador austríaco, que poseía una vajilla de Baviera y andaba siempre descalzo. Este, sin embargo, es el pretexto de un viaje que realiza Fernanda, una estudiante de historia, con el doctor Altamirano, su profesor, en los años ochenta, a buscar las huellas de Justo Armas en Cuba, Costa Rica y El Salvador. Altamirano es un viejo homosexual erudito, obsesionado con el trabajo y los tratamientos rejuvenecedores de la famosa medicina cubana. Y la alumna que lo cuida –y en muchas ocasiones sufraga aquellos gastos que el profesor, distraídamente, le deja caer–, es una mujer en sus veintes con un matrimonio que no funciona. La vida por un imperio tiene algo de novela de formación, pero en clave a la vez paródica y muy realista. En efecto, a lo largo del viaje con su neurótico, enfermo y claridoso profesor, Fernanda descubre una serie de cosas sobre sí misma y sus relaciones y sus expectativas, y a la vez nos regala un retrato de época y de los tres países mencionados que se antoja muy vívido y vivido. Especialmente la experiencia en Cuba, ahora que ha estado en las noticias, es un testimonio muy interesante de esa especie de fachada que el país ofrecía a sus visitas, la sabrosa vida de los bares con música, las intrigas soterradas y el romance con un macho revolucionario. Nuestra Fernanda en La Habana es un personaje fresco y a la vez enternecedor, que convive en una estrecha cotidianidad con esta especie de monumento que exige, comanda y le suelta tremendas verdades mientras ella le tiene que conseguir el tinte para el bigote. Y en medio de esas aventuras, sí, nos enteramos de lo que pudo ser un Maximiliano exiliado por Benito Juárez y una Carlota que a lo mejor no estaba tan loca, pues ya en Bélgica seguía encargándose de los negocios de su esposo. Una novela verdaderamente sabrosa, escrita con enorme gracia, cultura y fluidez. De las que se agradecen en estos tiempos.

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