Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Paso a Retirarme
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Paso a Retirarme
Paso a Retirarme
Por Ana García Bergua

Un cuento de (Post)navidad

El día 25 de diciembre, los niños de la familia Sánchez se despertaron temprano para abrir sus regalos. En lugar de ellos se encontraron a un señor sentado bajo el árbol de Navidad. Los niños Sánchez creyeron haber cachado a Santaclós y pegaron gritos de emoción. Por el contrario, sus padres, que esperaban descubrir a sus polluelos en plena magia navideña, pensaron que era un vil ladrón. Antes de que pudieran pensar en llamar a la policía, con los terrores y las desconfianzas del caso, el hombre se levantó y les dijo: Yo soy su Regalo de Navidad. Bailo, canto, limpio, fijo y doy esplendor. La familia Sánchez se quedó patidifusa. El Regalo, vestido con un curioso traje de labrador que no carecía de encanto –especialmente la camisa de cuadritos, pensó la señora Sánchez, tan bien combinados– dio unos ágiles pasos y preguntó: ¿por dónde empiezo? Por la cocina, le indicó rápidamente Rosalba Sánchez, pensando que si era un sueño convenía aprovecharlo al máximo. Quedó un platerío tremendo, ayer vino toda la familia, añadió. Y, en efecto, la casa estaba hecha un horror, eso sí, lleno de moños y esferitas. Rubén Sánchez, el paterfamilias, tuvo una mejor idea y le indicó al Regalo dónde estaba el expendio de barbacoa. Aquí a dos cuadras, das la vuelta a la derecha. Junto venden cerveza, te traes dos caguamas.

Pero los niños Sánchez estaban enfurruñados,. Qué clase de regalo era ese. ¿No que bailas?, preguntó Leonora Sánchez, pues baila. Y sin previo aviso, el Regalo ejecutó una danza llena de ilusión, tan buena que la música ni falta hizo. Para Serafín Sánchez, el más pequeño, dio una muy pasable exhibición de karate con el cenicero horrendo que le había obsequiado la tía Petunia al señor Sánchez la noche anterior. Muchas gracias por romperlo, dijo doña Rosalba, no sabía qué hacer con él.

La familia Sánchez pasó una de las mañanas más felices de sus vidas. El incansable Regalo fue por el desayuno, dejó la casa hecha un espejo, bailó, cantó y hasta arregló la tele para que el señor Sánchez viera el futbol. Los regalos originales –estaban ocultos bajo el trasero del Regalo– hicieron las delicias de los niños. El matrimonio se pudo echar una siestecita y al rato ya estaba la comida. En la tarde se empezaron a preguntar qué harían con el Regalo o más bien qué harían sin él. ¿Tú crees que pueda ir a la oficina por mí?, susurró don Rubén. A lo mejor puede llevar a los niños a la escuela, sugirió su esposa que estaba empezando a tomar clases de natación. Por ahí puede pasar al banco y recoger la ropa de la tintorería. Hicieron una lista muy detallada de cosas que encargarle, mientras escuchaban a los niños reírse de la función de circo que el Regalo les daba en el comedor. Y que esté aquí a las dos en punto porque tengo una cita con el médico. ¿Y si va a tu cita? No sería mala idea. ¿Se podrá enfermar por uno? En una de ésas…

Al anochecer le preguntaron dónde dormiría. Bajo el árbol de Navidad, indicó el Regalo, ese es mi lugar. Sííí, palmoteó Leonor Sánchez, así nunca, nunca, quitaremos el árbol. Nunca nunca, repitieron los papás Sánchez. Se pusieron a tomar café con leche y galletas, y la idea de nunca quitar el árbol les revoloteaba por la cabeza. ¿Hasta en el verano tenemos que dejarlo? El Regalo estaba cantando canciones de Bing Crosby y no respondió. ¿En la época de lluvias también, en los calorones de mayo? A la señora Sánchez ya no le pareció tan guapo el Regalo, ni tan bonita la camisa. Se lo imaginó sentado bajo el árbol de Navidad, todas las noches de todo el año, el árbol secándose, las esferitas rompiéndose una a una… Habrá que estar renovando el árbol, exclamó Rubén Sánchez, y ponte a encontrar árboles de Navidad en junio. ¿No puede dormir en otro lado? El Regalo meneó la cabeza. Les empezó a parecer como una de esas mascotas exigentes y caras. Quizá no es para nosotros, murmuraron. Miraban a los niños trepando por los brazos del hombre, felices, y pensaban cómo explicarles, cómo decirles que el Regalo no se podría quedar. Es como esos milagros de las películas, se desvanecen al final para que los personajes puedan seguir sus propias vidas, dijo con sabiduría la señora Sánchez y el señor Sánchez la encontró guapísima. Y apreciar lo que tenemos, añadió con entusiasmo. Y todas esas cosas, zanjó ella. ¿Pero ahora cómo les decimos?

El Regalo se había puesto a bailar y cantar cargando a los niños. De repente, Serafín Sánchez le mordió una oreja.

¡Sabe a chocolate!, exclamó.

comentarios de blog provistos por Disqus