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Tomar la Palabra
Por Agustín Ramos

Gracias

 

Esta zona de hospitales me da frío. La primera vez que vine en calidad de paciente fue a mitad del año que acaba de irse mucho... Me trajeron mis crías, que son adultas, claro, pero jamás antes necesitaron demostrarlo. Llegué a bordo del Fí-ga-ro-sí, flamante bólido de la mayor, que de buenas a primeras se internó en esta selva como Pedro por su chante… Aunque no me internaron como todos (Judas incluido) temíamos, concedieron de inmediato una consulta externa (el término “conceder” no representa un rasgo de mi típico estilo elegante, je je, no, es el verbo preciso para designar el privilegio de prioridad en un hospital desbordado por la demanda y por la exigüidad presupuestal). La facultativa que se me asignó (de esta mamonería sí me hago responsable, porque estoy muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido con quien) ordenó el madral de exámenes… El cumplimiento de los mismos no fue menos expedito (saco). De mi estancia se hizo cargo la menor, porque mis vástagas y sus parejas se pasaban la estafeta según conviniera a sus responsabilidades maternas, laborales y académicas, sin molestar ni alarmar a nadie más, en parte por autosuficiencia y en parte, sospecho, porque lo mío, como dice Celia, es mental. A las citas e indagaciones subsiguientes acudo solito y solo (snif), lo que todavía es más de admirar, porque no cualquiera transita las transotas de ADO (que a cada rato sube la tarifa), el Metro, el tren ligero y rutas anexas nachas. Y, lo dicho, sin metáfora, sigo necesitando abrigo para venir aquí.

Para “liberarnos de metáforas siniestras”, Susan Sontag se propuso demostrar que, al menos por ahora, “la enfermedad no es una metáfora”. Y en dos libros elaboró una filosofía de las patologías de la mente y el cuerpo humanos: el ser de las enfermedades, la ética con que se abordan y la retórica para calificarlas (descalificarlas, mejor dicho). En La enfermedad y sus metáforas resalta el primer fallo ante la enfermedad, la ignorancia. De esa ignorancia, que podría considerarse inocente, pasamos a fantasear y mitificar, encaminándonos mediante simplificaciones a metaforizar la enfermedad como “el mal”, un mal mediante el cual se enjuicia (y condena) al enfermo. Dicho de otro modo, el desconocimiento de una determinada enfermedad incuba un mito. La vulgarización de ese mito deriva en acusación contra la enfermedad, culpabilizando al enfermo y confiriendo potestad de juez a quien se autoconsidera sano. Por lo anterior, además de tener una enfermedad, el paciente sufre el estigma de que mientras menos conocida y misteriosa sea su enfermedad, su “mal” es mayor… Estas reflexiones paran y se sintetizan en dos afirmaciones: “La enfermedad [es] tan legítimamente natural como la salud…” Sin embargo, conforme más se le conoce más se va precisando el lenguaje terapéutico, de modo que algún día “sí será moralmente lícito, como no lo es hoy, usar el cáncer como metáfora”.

Pero, ¿acaso la misma palabra “enfermedad” no es, en sí misma, una metáfora? Para no hablar de las llamadas enfermedades mentales; desde el déficit de atención y los trastornos de estrés postraumático, pasando por, ¡uf!, el mal de amores, hasta llegar a la uf y recontrauf locura. Para quienes viajan en Metro y para quienes, con o sin título universitario, curan de verdad, no hay enfermedades sino enfermos. Sin embargo, ¿qué sucede cuando tales individuos, sobre todo los denominados “enfermos mentales”, sobresalen notoriamente en alguna actividad? Por una parte el eje más sólido de la antipsiquiatría rechaza las fronteras convencionales entre comportamientos “normales” y “anormales”; por otra hay quienes, como Buero Vallejo en Locos egregios, reconocen y (ojo) superlativizan la “anormalidad” particular de algunas figuras históricas. Ahora mal, sabiendo lo que significa la normalidad para el egregio autor de La historia de la locura: la domesticación de la naturaleza humana, su ubicación dentro de una normativa en la que la norma equivale al redil, a las redilas, a la reja de un penal emocional y, sabiendo también lo que son para él las figuras históricas, decreto que, enferma o sana colita de rana, la literatura seguirá siendo el arte que, a veces errando y a veces acertando, mitificando siempre, irá a la vanguardia contra los misterios de la humana naturaleza. Yo, el rey.

…Tanto choro para dar y desear gracias a quienes, allá se los haya, me mantuvieron vivo el año en que la huesuda anduvo en chinga.

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