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Artes Visuales
Por Germaine Gómez Haro

Francis Picabia: crear contra viento y marea

Francis Picabia no es uno de los artistas más conocidos del siglo XX, pero sí uno de los más fascinantes y enigmáticos. A lo largo de cincuenta años exploró todas las corrientes artísticas surgidas con las vanguardias históricas y no se contentó con ninguna. Lo suyo fue el cambio permanente, el ir y venir de la figuración a la abstracción, de la metáfora poética al conceptualismo, de la seducción por la vía estética a la repulsión por la vía de la provocación. Audaz, irreverente, desafiante, inaprehensible… Junto con Picasso y Duchamp, Francis Picabia es una figura paradigmática del arte moderno, cuya influencia permanece viva y latente en la actualidad. El Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) rinde homenaje a este creador inclasificable y escurridizo que dejó su impronta en el desarrollo de las vanguardias internacionales y particularmente en la propia urbe de hierro, donde fue reconocido y celebrado desde su primera incursión en 1913. El título de la muestra es un aforismo de su autoría que deja en claro su necesidad de movimiento: Nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección. Su arte es también redondo: una creación en permanente cambio y devenir; un arte abierto, arriesgado, sin límites: un arte que se escapa al encorsetamiento y que es difícil de definir. Esta gran muestra retrospectiva integrada por alrededor de doscientas piezas confirma que Picabia sobrevoló por la cima de la creación de su tiempo y no se posó en ninguna rama. Abrevó en muchas fuentes y no se sació con ningún agua. Revisar su larga y prolífica trayectoria, a más de medio siglo de su muerte, nos da la oportunidad de apreciarlo más allá de la etiqueta dadaísta por la que ha sido mayormente reconocido y recordado.

Francis Picabia nació en 1879 en París en el seno de una familia acomodada –de padre cubano, heredero de un emporio de la caña de azúcar y madre francesa, de la alta burguesía– y gozó toda su vida de una buena posición económica que le permitió alternar su carrera artística con actividades extravagantes en la alta sociedad. Se dio a conocer en la escena parisina hacia 1899 con una pintura impresionista que sorprendió por su exquisita factura a un tiempo que irritó a los puristas por su rechazo al trabajo au plein air y su gusto por pintar a partir de reproducciones fotográficas o tarjetas postales. Se relacionó con el círculo de artistas de Montmartre centrados en el incipiente cubismo y, hacia 1910, inició su amistad con Marcel Duchamp, quien alabó siempre “su fina y acerada inteligencia crítica”. A través del cubismo llegó a la pintura no representativa y creó un impresionante corpus de obras que exploran todos los vericuetos formales hasta aterrizar en la abstracción total. En 1913 viajó a Nueva York para participar en el Armory Show, la gran exposición que dio lugar al despegue de la modernidad artística en Estados Unidos. Es ahí donde surgió su fascinación por el dinamismo futurista inspirado en las máquinas, el cual derivaría en sus muy celebradas pinturas mecanoformas. Desde entonces, su vida y obra se alternaron entre Nueva York, París, Barcelona y Zürich, centros vibrantes de intensidad artística en los que desarrolló las distintas etapas de su polifacética creación. A partir de 1920 participó activamente en el movimiento dadaísta y se desató su afán provocador y su incisiva crítica a todo lo relativo al establishment.

Cuando Breton fundó en 1924 el grupo surrealista, Picabia se alejó de ellos y continuó su obra plástica por su cuenta, incursionando en estilos y temas tan diferentes y cambiantes que resulta difícil pensar que pertenecen al mismo autor.

En los años sucesivos, su pintura atravesó por el realismo fotográfico, en ocasiones basado en imágenes extraídas de revistas porno, el arte informal después de la segunda guerra mundial, el collage asociado al diseño gráfico, y es pionero de una técnica basada en la superposición de finísimas capas de pintura a las que llama transparencias.

Al final de su vida padeció el desinterés de la crítica y del mercado, contra el cual había luchado siempre por considerarlo un monstruo devorador. Su obra se volvió introspectiva y hermética, dominada por una abstracción que en ciertos momentos alude a figuras y signos. Aislado y ajeno al mainstream, murió en París en 1953 sin traicionar en ningún momento su filosofía: “Un espíritu libre se toma libertades con la libertad misma.” Picabia se tomó la libertad de ir siempre contra viento y marea.

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