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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Invisible vuelto visible

 

Quizá la primera y al mismo tiempo la más importante de las características de un filme documental es su capacidad para hacer visible lo que parece invisible: situaciones, objetos, lugares, personas… todo aquello que, no obstante existir, es considerado como si en verdad no existiera o, mejor dicho, sencillamente no es considerado, pareciera volverse realidad hasta que una cámara lo registra y un cineasta organiza un discurso visual y auditivo que dé testimonio.

Lo anterior sólo es una verdad parcial, desde luego, puesto que se basa en una perspectiva externa, es decir, la de quien hasta ese momento desconociera el objeto de atención del documental. Por simple y estricta lógica es muy distinto el punto de vista interno, el de quien no sólo está en conocimiento previo del tema sino, como de hecho sucede en infinidad de casos, él mismo es el tema. En otras palabras, ese hipotético sujeto/objeto de registro y de análisis –lo último si el documental es bueno y no un mero acumulado de pietaje– está definitivamente seguro de su propia existencia, sin importar que un cineasta llegue a él y genere una “prueba”, o jamás de los jamases le toque en suerte que su vida, su lugar, su situación, acaben siendo materia prima para un filme documental.

Entre esos dos mundos hay, sin embargo, una especie de interregno, cuya naturaleza parece reflejar la creciente bipolaridad de la sociedad occidental contemporánea: por un lado es un ámbito cada tanto más angosto, en virtud de esa tendencia contemporánea de actuar como si solamente aquello que aparece en los medios de comunicación alcanzara el estatus de cosa real, lo que ha generado una compulsión más bien enfermiza a mediatizarlo todo sin importar cuán baladí o carente de interés común sea –póngase por caso los quince años de Rubí–, pero por otro lado puede funcionar como si se tratara de una suerte de intersticio a través del cual lo “mediático verdadero” y lo verdadero a secas llegan, así sea fugazmente, a mirarse cara a cara.

 

ANATOMÍA DE UN CRUCERO

El grito de los coyotes (México, 2016), tercer largometraje documental de Rafael Rangel, consigue ampliamente lo último: que se haga visible una realidad que siempre ha estado ahí por más que se quiera ignorarla. Visible, hay que insistir, para todos aquellos que no forman parte de ella, pero en este caso con el agravante de que todos la conocemos porque nos la topamos prácticamente todos los días y, sin embargo, actuamos como si la ignoráramos o peor, como si no existiera, que es tanto como suponer el absurdo de que si la ignoramos, mágicamente desaparecerá de nuestro entorno.

Rangel se propuso el registro a fondo de un punto específico de la geografía urbana y de quienes día con día trabajan ahí, ubicado al oriente de la megalópolis, y con ello logró que la mencionada característica básica de un documental se convirtiera en virtud: el microcosmos de “la curva”, uno de tantos cruceros citadinos atestados de vehículos y de vendedores ambulantes, vale como representación exhaustiva y minuciosa de un modo entero de vivir la vida: el de esos miles o decenas de miles de habitantes de Ciudad de México que subsisten vendiendo congeladas, cigarros sueltos, chocolates, doraditas de nata, botellas de agua, cacahuates, banderitas y otros cientos o quizá miles de productos que cualquier automovilista ve todos los días, por todas partes, ofrecérsele mientras espera la luz verde del semáforo.

Ellos están ahí, algunos como Miguel, desde que tenía cinco años de edad y hasta sus actuales cuarenta y tantos, y su mundo se circunscribe casi exclusivamente a “la curva”, adonde sus propios padres lo llevaron a vender hace más de tres décadas y de donde confiesa no haber salido más que de manera fugaz; como el Negro, que acabó pernoctando en las planchas junto con otros adictos; como el primo de Jimmy, que a sus quince años lleva diez ganándose unos pesos en el crucero “para comprarse zapatos”, y Rangel los retrata, a ellos y a muchos otros que son como ellos, lo mismo ahí que en sus casas; registra sus historias y lo hace sin asomo de sensiblería, sin editorialismo alguno, consciente no sólo de que es innecesario sino también sería injusto: a la realidad le basta consigo misma, con su contundencia más allá de opiniones, para hacerse perfectamente visible.

Con El grito de los coyotes, Rafael Rangel cierra una trilogía documental notable que completan Preludios. Las otras partituras de Dios y Un día en Ayotzinapa 43.

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