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El eterno retorno de Guadalupe Tonantzin y la adoración de Los Reyes

Cada que se acercan las fiestas de fin de año recuerdo el libro Peregrina y extranjera, de Marguerite Yourcenar. La encantadora francesa dice que la Navidad, tal como la conocemos actualmente, es una derivación de la fiesta pagana del Natale Sole Invictus (nacimiento del sol victorioso). Quizá, porque como dice Rainer María Rilke, “la verdadera patria del hombre es la infancia”, nunca olvidé a Yourcenar explicando que la puerta solsticial del invierno en realidad inaugura el verano astronómico. Realmente no existe mejor fecha que la Navidad para negar la ficción de la idea lineal del tiempo –uno de los lugares comunes más caros para la “filosofía postmoderna”– porque justamente la Navidad verifica el mejor de los mitos: el eterno retorno de la luz. A eso se debe que Enero (del latín ianuarius) sea el primer mes del año y que lleve por nombre Jano, dios que tiene dos rostros con los que observa el pasado y el porvenir. Rilke, los niños y algunos poetas y narradores han experimentado la fascinación que provoca la temporada invernal. No existe otra estación del año que estimule los más profundos sentimientos de amor y paz; sin embargo, por su misma naturaleza oscura y fría, el invierno también es un período en el que mujeres y hombres experimentan desasosiego y depresión.

Las posadas tienen como antecedente las Saturnales, celebraciones romanas que duraban del 17 al 23 de diciembre, tenían como objetivo aliviar a la población de la oscuridad y el frío (y la consabida depresión), estas festividades culminaban el 24 de diciembre en una celebración que hacía recordar la chispeante apoteosis del carnaval. En el fondo de este ambiente navideño en Roma palpitaban los ecos de los misterios eleusinos, ritos de iniciación que tenían como origen el rapto de Perséfone por Hades. Este mito griego, que se originó, y que al mismo tiempo dio origen a la agricultura –y a la cultura de Occidente en general–, explicaba que la doncella Perséfone debería permanecer durante la época de invierno enterrada en el inframundo para surgir radiante en la primavera, así se verificaba el proceso evolutivo de las semillas que permanecían enterradas para germinar y producir alimentos.

La estación invernal se efectúa durante el tiempo en el que la Tierra entra en la constelación de Capricornio, quinto signo, de naturaleza negativa femenina (como Perséfone que, dice el mito, se encargaba de propagar malestar sobre la superficie terrestre). Es interesante recordar que Capricornio es una constelación de cualidad cardinal (los otros signos cardinales son Aries, Cáncer y Libra), evento que provoca formidables desequilibrios y ambivalencias. No es imposible que la aparición de la Virgen de Guadalupe efectuada el 12 de diciembre signifique un contrapeso para equilibrar al símbolo de Perséfone buscando nivelar la pérdida de luz y calor, es decir, de amor en la Tierra. Tonantzin Guadalupe es la madre protectora de los mexicanos que se encuentran en situaciones simbólicas, ficticias o reales de orfandad, imagen-símbolo que ayuda a soportar las noches frías y el aliento de Hades que se cuela por los resquicios de las casas y el alma. El invierno es una época de paradojas, de amargura y felicidad, por eso es un tema al que han recurrido escritores de todos los tiempos y latitudes para indagar en sus desconcertantes efectos.

 

La Virgen, Perséfone y el Fénix

 

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ntre los primeros textos decembrinos de México encontramos el Nican Mopohua, escrito en náhuatl entre 1540 y 1545, relato del género místico y sobrenatural que documenta las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac. Como algunos códices precolombinos, fue escrito sobre pulpa de maguey en el que consta que durante los días 9, 10 y 12 de diciembre de 1531, cuando la mayoría de la población nativa se encontraba en una especie de orfandad producida por la súbita muerte de sus dioses, período en el que todavía arreciaban entre los indios las epidemias traídas por conquistadores y colonos de España, se llevaba a cabo la asombrosa aparición de la Virgen amorosa. Era un tiempo en el que se impartían clases para aprender a pedir limosna y en el que los indios se ayudaban a soportar su triste existencia apoyándose en el pulque y el aguardiente. Es así que, entre el dolor y la búsqueda de una alternativa anímica, entre vapores de bebidas espirituosas, da inicio la literatura invernal después de la conquista en México y Latinoamérica. Tanto la imagen de Tonantzin Guadalupe, así como el contenido supernatural del Nican Mopohua, cuyo original, se presume, fue robado por las tropas estadunidenses durante la invasión a México de 1847, ha estado presente en momentos clave de la historia mexicana y –por supuesto– ha ayudado a soportar los rigores astronómicos de inumerables inviernos y sus consiguientes depresiones, verdaderas olas de melancolía cuyo síntoma más notorio es la elevación del consumo de bebidas embriagantes.

 

 

¿Cuic amo nican nica nimonanatzin? ¿Cuix amo nochehuallotitlan, ne cauhyotitlan in tica? ¿Cuix amo nehuatl innimopa cayelitz?

¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría?

 

Yo mismo, hace ya más de veinte años, durante una noche de gracia, tuve un vislumbre de esa imagen que tanto ha asistido a los mexicanos. Aquella noche, ya muy cerca de la puerta solsticial del invierno de 1994, escribí: “Rompe mi corazón de piedra/ Haz que vomite niebla/ Déjame mirar tu manto/ Flor de fuego primordial ya gira con la Reina/ Flota entre relámpagos la fuente que a sí misma se inventa.”

A propósito de fuentes celestes milagrosas, Borges escribió “La secta del Fénix”, ave mitológica de plumaje rojo, anaranjado y amarillo incandescente, “que se consumía cada quinientos años por acción del fuego para resurgir de sus cenizas.” Dice el maestro argentino: “No hay templos dedicados especialmente a la celebración de este culto, pero una ruina, un sótano o un zaguán se juzgan lugares propicios. El Secreto es sagrado pero no deja de ser un poco ridículo.” Y agrega: “He merecido en tres continentes la amistad de muchos devotos del Fénix; me consta que el secreto, al principio, les pareció baladí, penoso, vulgar y (lo que aún es más extraño) increíble […] Lo raro es que el Secreto no se haya perdido hace tiempo; a despecho de las vicisitudes del orbe, a despecho de las guerras y de los éxodos, llega, tremendamente, a todos los fieles. Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo.”

Evidentemente Borges se refiere al Fénix como símbolo de resurrección y parece decirnos que con excepción de criminales y suicidas (que también son falange), la mejor parte de la humanidad parece formar parte de esa “secta” irredenta que por instinto se mueve en el territorio de la esperanza. La ambivalencia es radical, mientras que para el mito griego la tierra se abre para que Hades rapte a Perséfone, símbolo femenino que posee un semblante siniestro, en México aparece una madre virgen y amorosa, mientras que en otras naciones (incluyendo zaguanes y basureros) tarde o temprano reaparecerá el Fénix como símbolo de resurrección.

 

Noche de invierno y palabra fecundante

 

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tro texto clásico de la temporada invernal en México es Navidad en las montañas, de Ignacio Manuel Altamirano, novela que transcurre durante la noche de Navidad de 1871. El narrador es un personaje que ha militado en las filas liberales durante la Guerra de Reforma, y construye una preciosa galería de costumbres mexicanas:

 

 

Pero entonces, allí, en presencia de un cuadro que me recordaba toda mi niñez, viendo en el altar a un sacerdote digno y virtuoso, aspirando el perfume de una religión pura y buena, juzgué digno aquel lugar de la Divinidad; el recuerdo de la infancia volvió a mi memoria con su dulcísimo prestigio, y con su cortejo de sentimientos inocentes; mi espíritu desplegó sus alas en las regiones místicas de la oración, y oré, como cuando era niño.

 

Se confirma el “dulcísimo prestigio” de los sentimientos de la infancia haciendo sencilla la travesía por la puerta solsticial. No en balde el Papa Constantino, trescientos años después de Cristo, hizo lo necesario para que la fiesta pagana con ribetes de carnaval del sol victorioso fuera sustituida por una celebración que conmemoraría el nacimiento del Niño Jesús. En ese sentido escribe Santa Teresa de Ávila: “Pues el amor/ nos ha dado Dios,/ ya no hay que temer,/ muramos los dos.// Danos el Padre/ a su único Hijo:/ hoy viene al mundo/ en pobre cortijo.// ¡Oh gran regocijo,/ que ya el hombre es Dios!/ no hay que temer,/ muramos los dos.”

Nuevamente aparecen los misterios de nacimiento, muerte y resurrección, es decir de purificación a través del amor. Santa Teresa deja latente la idea de que es preciso alcanzar la pureza de los niños para acceder al cielo de la esperanza en la tierra.

San Juan de la Cruz dice al respecto: “Mi dulce y tierno Jesús/ Si amores me han de matar, / Agora tiene lugar.// Del Verbo divino/ la Virgen preñada/ Viene de camino/ Se le da posada.”

He aquí la palabra fecundante avanzando hacia los anfitriones, quienes aguardan humildes la llegada del pequeño Salvador con fuego, velas y luces de Bengala, con una actitud trascendente que ayude a escapar del mal a un niño Dios asediado, representación dramática de la saturación de la oscuridad que se acerca a su fin en la puerta solsticial de invierno. Sin embargo, aún tenemos que librarnos de los postreros efectos de la hecatombe del sacrificio de los niños inocentes, suceso que en México se recuerda de manera paradigmática, casi insolente, el 28 de diciembre.

Georges Trakl, en su poema “Noche de invierno”, hace una descripción perfecta de la vertiente siniestra de la temporada: “Ha caído la nieve. Después de medianoche abandonada,/ ebria de vino, la oscura región de los hombres,/ la llama de su hogar./ ¡Oh, la tiniebla!// Negra escarcha. La tierra es dura, amargo el sabor/ del aire. Malos signos conforman tus estrellas.”

Con su canción, “Amarga Navidad”, José Alfredo Jiménez, ese poeta y filósofo popular de México, describe parte de las vibraciones letales de la temporada: “Acaba de una vez/ de un solo golpe/ por qué quieres matarme/ poco a poco// Si va a llegar el día/ en que me abandones/ prefiero corazón/ que sea esta noche.// Diciembre me gustó/ pa’ que te vayas/ que sea tu cruel adiós/ mi Navidad/ No quiero comenzar/ el año nuevo/ con este mismo amor/ que me hace tanto mal.”

 

De Jano a la Candelaria

 

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abriel García Márquez dijo que la fiesta de san Nicolás, después de dar tumbos por Europa desde el siglo xviii, “pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina con toda una cultura de contrabando: nieve artificial, candilejas de colores, pavo relleno y quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar”.

 

Truman Capote escribió un durísimo cuento de Navidad a través del cual, pensando en la frase: “infancia es destino”, es posible explicarse por qué el gran narrador a la postre moriría por sus excesos y adicciones. Paradójicamente, aunque Dylan Thomas fue un poeta que también murió bebiendo, escribió, entre muchas historias verdaderamente amorosas, “Navidades infantiles en Gales”:

 

Al mirar por la ventana del dormitorio, al ver la luz de la luna y la interminable nieve del color del humo, descubrí las luces en las ventanas de todas las demás casas de la colina, y oí la música que salía de ellas y se perdía en la larga noche que caía de prisa. Apagué la lámpara de gas, me metí en la cama. Dije algunas palabras dirigidas a la sagrada y cerrada oscuridad, y me dormí.

 

Mitologías del año que acaba es un pequeño y prodigioso libro escrito por don Alfonso Reyes; como dice Adolfo Castañón en su prólogo, el maestro nos recuerda que “los días del calendario tienen rostro”, que más allá de la historia oficial fluye una historia personal y privada. “Al acabar el año –dice Reyes– si aludimos a nuestras historias inconfesas nadie quiere entendernos […] Y seguimos hablando a solas, a trompicones, como los arroyos y los ciegos.” Frase sorprendente que nos hace pensar en Borges y en su relato “Funes el memorioso”: “Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano…”, o en “El guardador de rebaños”, de Alberto Caeiro: “Soy un guardador de rebaños./ El rebaño es mis pensamientos/ y todos mis pensamientos son sensaciones.”

El dios Jano, contemplando ambos sentidos del tiempo, nos lleva a un fragmento del poema de t.s. Eliot “La travesía de los Reyes magos”: “Todo esto fue hace mucho tiempo, según recuerdo,/ y lo haría otra vez, pero quiero dejar esto asentado:/ ¿nos embarcamos en tamaña travesía para ver/ un Nacimiento o una Muerte? Hubo/ un Nacimiento, sí. Tuvimos prueba de ello/ y no quedaron dudas. Yo había visto antes/ nacimientos y muertes, pero entonces/ me habían parecido diferentes;/ para nosotros este Nacimiento/ fue como una agonía amarga y dolorosa,/ como la Muerte, nuestra muerte.”

No muy lejos de la puerta del eterno retorno invernal, hacia el 2 de febrero, mes que fue llamado así “en honor a las februa en las Lupercales (de lupus, el lobo, el fauno) romanas”, Jano vislumbra a la Virgen de la Candelaria entre aromáticas velas, tamales, danzas y jaranas que prefiguran ya las fiestas sensuales y calientes del carnaval

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