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Jornada Virtual
Por Naief Yehya

El último voto de Obama en la ONU

Poder y esquizofrenia

Tras la elección de Donald J. Trump y hasta el 20 de enero de 2017, Estados Unidos vive un extraño período, un interregno donde dos soberanos, el presidente saliente y el presidente electo, compiten por imponer su voluntad: Obama para preservar su legado y Trump para impedírselo. Trump se ha rodeado de ejecutivos de la industria petrolera y Obama ordenó una prohibición permanente a la perforación para extraer petróleo en partes del Atlántico y el Ártico. Trump asegura que desmantelará el obamacare y el presidente afirma que, de hacerlo, millones de personas quedarán a la deriva sin servicios de salud. Estos y otros debates han desatado una guerra de declaraciones cada vez más agresivas que han dado por terminado el breve momento de civilidad entre el presidente y su sucesor. Pero el tema donde las diferencias entre ambos han sido más intensas es sin duda el conflicto entre Israel y Palestina. Obama tuvo una relación tensa, distante y complicada con Benjamin Netanyahu; no obstante, le entregó el paquete de ayuda militar más grande de la historia: 38 mil millones de dólares en diez años, sin pedir nada a cambio, ni siquiera sugerir un regreso a la mesa de negociaciones a la que no han vuelto desde 2014.

Jugar con fuego

Los vínculos de Donald Trump con la extrema derecha y grupos supremacistas blancos y antisemitas han resultado una más de las inquietantes contradicciones del magnate, quien por un lado tiene en el esposo de su hija Ivanka a uno de sus principales asesores, Jared Kushner, quien es judío ortodoxo y, por el otro, coquetea con racistas, desde David Duke hasta los neoreaccionarios del Alt-Right. En su desbocada euforia por conquistar el voto marginal y antigubernamental, ha insinuado que todos son bienvenidos. Incluso en las pocas ocasiones en que ha condenado a grupos e individuos extremistas siempre parece hacerlo con un guiño de complicidad. Trump no ha tomado formalmente el poder y ya ha anunciado varias rupturas con la política bipartidista que ha dominado por décadas y con los protocolos elementales de la diplomacia: dice que mudará la embajada estadunidense en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, lo cual es una provocación enorme debido al carácter internacional de la ciudad y a que significaría un reconocimiento del derecho israelí a toda la ciudad. El presidente electo seleccionó como embajador en Israel a su abogado de bancarrotas, David Friedman, un fanático sionista que se opone a la solución de dos Estados y está a favor de la colonización judía de Cisjordania.

La última ruptura

Por su parte, el gobierno de Obama también rompió con los dogmas de la relación entre su país e Israel al votar por la abstención en la resolución 2334 del Consejo de Seguridad de la ONU que condenaba la violencia palestina contra civiles israelíes, así como la construcción de asentamientos en los territorios ocupados. La resolución fue aprobada por catorce votos a favor. Históricamente EU siempre ha vetado cualquier resolución que critique a Israel. De hecho, en febrero de 2011, el gobierno de Obama vetó una resolución muy similar a la del viernes 23 de diciembre de 2016. Hoy la situación es distinta ya que la construcción de colonias en tierra palestina se ha multiplicado y acelerado notablemente, además de que el Knesset estudia la forma de “legalizar” estas viviendas. El voto, a fin de cuentas, es simbólico, ya que no impone castigos reales, pero sí puede dar lugar a sanciones y a señalar a los ciudadanos israelíes que viven en los asentamientos, así como a los productos que se fabrican ahí para que no sean considerados en los acuerdos comerciales entre Israel y otras naciones. Los gobiernos europeos podrán decidir si desean imponer restricciones a sus ciudadanos y corporaciones que tengan negocios con empresas y bancos localizados en territorios ocupados. Asimismo, es un primer paso para que los palestinos lleven el caso de los asentamientos a la Corte Internacional de Justicia.

Oportunidad

El problema de Israel y Palestina es en esencia de desconfianza, resentimiento y ambición. El gobierno de Netanyahu y sus aliados prefieren el statu quo para seguir expandiendo asentamientos y destruyendo toda posibilidad de un Estado palestino viable, de tal manera que no tiene que hacer concesiones ni perder el apoyo de los radicales. Los asentamientos son “hechos en el terreno” y vuelven imposible cualquier separación de acuerdo con líneas divisorias históricas. Los regímenes israelíes no han sentido ninguna presión para resolver el espantoso dilema de la ocupación. Este voto le dio la oportunidad a Netanyahu de hacer un berrinche público y denunciar a quienes lo han traicionado; sin embargo, en realidad es una oportunidad notable para considerar la decencia y buscar una solución justa. Ya sea volver a las negociaciones de los dos Estados o bien integrar a los palestinos como ciudadanos de un solo Estado israelí y palestino.

 

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