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Paso a Retirarme
Por Ana García Bergua

Sonrisa amigable

 

Cada día va un rato, con cualquier pretexto, a ver a la chica de la Sonrisa Amigable. Así se llama el local que ella preside de ocho de la mañana a ocho de la noche. Se especializa en eso, en ser una presencia, algo tangible en una realidad donde ya nada sucede de manera concreta. En un momento dado, la gente empezó a exigirlo, presa de la angustia y el enojo ante los inconvenientes de realizar todas sus compras, sus trámites y al final su vida por medio de la Nube. Quiero hablar con una persona de verdad, decían, quiero a alguien detrás de un mostrador. Las autoridades de la Nube inventaron por eso la Sonrisa Amigable. Eligen a las chicas más bonitas, más amables de cada barrio, o a los muchachos más amigables, francos. No es fácil conseguir ese trabajo, deben tener el aspecto de ser alguien en quien confiar, no cualquiera puede dar esa impresión. No tiene tanto que ver con el sexo –para eso hay servicios especializados en la Nube, para todos gustos y manías, desde luego– sino con encarnar al muchacho o la muchacha que dejaría de hacer cualquier cosa que estuviera haciendo para ayudar a una viejecita a cruzar la calle. Uno va y realiza sus intercambios, sus compras, sus peticiones frente a ellos o con ellos, y se tranquiliza. Alguien real, alguien concreto les responde, los apoya. Esa persona no se podría comprometer de ninguna manera a que los objetos solicitados llegaran a la casa, ni a que el trámite se cumpliera satisfactoriamente, pero la sensación de estar acompañado de alguien solidario en el proceso es invaluable.

Ya no queda mucha gente en su ciudad, los escasos niños juegan en los parques los fines de semana y desde luego Proc va a mirarlos, a admirar que aún quede algo de vida, una promesa para todos, pero no es suficiente. También sabe que nadie se fijará en él, no tiene amigos más allá de los virtuales. En la Nube podría llegar a ser popular si se esforzara, pero le cuesta, ni siquiera sabe si detrás de esos amigos que le dan los buenos días cada mañana, bromean o se quejan de los trabajos que tienen que entregar, hay alguien real. Tampoco sabe si los cálculos que realiza cada día, cada semana, cada mes, para la Empresa Virtual de Construcciones A. C., llegan a algún lugar concreto. Le parece un poco ridículo que el nombre de la empresa aclare que es virtual, ahora todas lo son. Uno de sus amigos de la Nube le dijo que eso era vintage, él no entendió. Envía sus cálculos a la Nube y de la Nube le llega un dinero que intercambia por comida, ropa y algunas fantasías, también en la Nube. Los objetos llegan por medio de vehículos sin chofer, ésos que recorren la ciudad como fantasmas a grandes velocidades, y que nunca se estrellan entre sí, eso lo maravilla. Una vez preguntó en la Nube si alguna vez esos vehículos habían chocado. Alguien respondió que sólo una vez. El sistema es perfecto. Desde que vivimos en la Nube todas las ciudades se han vuelto perfectas, reguladas, ecológicas.

Aun así, él no podría vivir sin la chica de la Sonrisa Amable. “Tu amiga verdadera”, reza el letrero de neón junto a la cortina metálica. Tiene una sonrisa hermosa, exquisita, ha llegado a pensar. No necesita decirle mucho, ella parece comprender que sus transacciones son meros pretextos para intercambiar unas pocas palabras. ¿Qué necesita hoy, señor Proc?, vamos a ver… Y sumerge sus hermosos ojos color almendra en la pantalla con la sola finalidad de ayudarlo. Es capaz de hacer cola durante horas para llegar a su sonrisa. Le han dicho que hay un joven muy amable a cinco cuadras, increíblemente rápido y eficaz, pero él prefiere a la chica y desde luego no quiere que el proceso sea rápido, lo saborea como un caramelo que sabe se va a terminar. Y claro, no faltan las sospechas, como la de su vecina la señora Trac. Un día dijo distraídamente que la chica era como los coches sin chofer, como los niños que juegan en el parque, siempre de la misma edad, como los perros de sus otros vecinos, que ladran sólo cuando se necesita y jamás hacen sus necesidades en la calle. Qué desagradable la señora Trac, qué desagradables sus vecinos, él mismo cuando atisba su rostro verdadero, ceñudo y arrugado, se considera profundamente desagradable. Compró un espejo que le muestra una cara amable y lisa, falsa pero verdadera como su alma, como el alma que le muestra a la chica de la sonrisa amigable. Qué haría sin ella, sus días no tienen otro sentido que ir a verla a la misma hora. La gente de su edad lo necesita.

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