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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

Algo de algunos tradicionistas (i de ii)

Es posible que para algunos suene raro esa palabra, “tradicionista”, pues estamos acostumbrados a escuchar “tradicionalista”, cuando se habla de autores como don Artemio del Valle Arizpe o don Luis González Obregón, entre otros, que tomaron el rumbo de escribir (dirían mis nietas) “como viejitos”. Opinión que se refuerza cuando vemos alguna fotografía de dichos escritores. Y, en efecto, en su prosa late el siglo XIX en cuanto a giros, expresiones y sintaxis, pero sobre todo la temática es lo que le da ese olor a vetusto, o mejor dicho, a antigüedad, de la buena, pues hay que distinguir entre antigüedad y antigualla.

No sé en qué años apareció el menosprecio de la intelectualidad hacia autores como los mencionados, ni el motivo de esa actitud. Supongo que el prejuicio estaba teñido fuertemente por la ideología. El Diccionario de uso del español, de María Moliner, trae, como segunda acepción de tradicionalista: “Nombre aplicado en España a los carlistas, por profesar ideas extraordinariamente conservadoras.” En otras palabras, y en general, podría decirse que el tradicionalismo, en segunda instancia, es una doctrina conservadora. Tradicionista, en cambio, según el DRAE, es un narrador, escritor o colector de tradiciones. De ahí que yo me incline por denominar a don Artemio y a González Obregón más tradicionistas que tradicionalistas, sin que por ello pretenda presentarlos como escritores renovadores o revolucionarios. Es más, su extracción de clase podría ubicarlos y haberlos inclinado precisamente a elegir los temas y el modo de escribirlos, pero no más que eso. A diferencia, por ejemplo, de Rafael Bernal, que fue militante cristero y, sin embargo, nadie lo acusa de conservador o reaccionario y sí lo alaban como autor de El complot mongol, elogio muy merecido, aunque desconozcan otras obras de él también extraordinarias.

¿Podemos tildar de reaccionario a quien se siente atraído por temas del pasado, sin ser historiador, sólo porque cedió a la curiosidad de husmear en papeles y librotes antiguos? Confieso que es fascinante hacerlo, y a veces sin necesidad de empolvarse en los archivos, porque ya los tradicionistas lo hicieron y nos han legado historias, leyendas, costumbres, tradiciones y giros de nuestro lenguaje interesantes en ocasiones, historias pavorosas, o también regocijantes. Y no me quedo con los dos “viejitos” mencionados; en nuestras letras, desde la época de la Colonia hallamos autores inclinados a hablarnos de las calles de la gran Ciudad de México y lo sucedido en ellas; no olvidemos a don José Joaquín Fernández de Lizardi (su “México por dentro y por fuera” es una joyita), al cual, por cierto, nadie se atrevería a tachar de reaccionario o conservador.

(Curándome en salud, diré que a Guillermo Prieto, Altamirano, Zarco o Riva Palacio, si bien poco anteriores a Obregón y Valle Arizpe, habría que ubicarlos más como cronistas que tradicionistas, pues la obra de estos últimos es resultado de meter las narices en archivos y bibliotecas, y la de los otros es producto de su mirada, sensibilidad y vivencias.)

Creo que el soslayamiento de los autores mencionados se debió en gran medida a una reacción similar a la que hubo contra los muralistas cuando los artistas e intelectuales mexicanos se “internacionalizaron” y orientaban la nariz sólo hacia arriba y adelante (antes de que Echeverría fuera Echeverría, es decir, presidente, y utilizara la expresión como eslogan de campaña). Pero si nos detenemos a pensar un momento, ¿habrían llegado a nosotros noticias de los nombres de las calles y motivo de ellos, o historias, leyendas y consejas como la Mulata de Córdoba, la Monja Alférez, el café La gran sociedad, La Güera Rodríguez, etcétera? Incluso historias picarescas, porque nuestros “viejitos” en ocasiones no rehuían tratar asuntos pícaros, sin llegar a lo obsceno. Un gran manantial para sus escritos fue, sin duda, la Colonia, período que para autores de otras regiones hispanoamericanas también lo fue. Incluso algunos se les adelantaron, y en particular don Ricardo Palma, autor peruano al que se le atribuye, precisamente, la creación de este género que nos ocupa.

Ricardo Palma se refirió así al género: “...la Tradición no es más que una de las formas que puede revestir la Historia, pero sin los escollos de ésta [...] El tradicionista tiene que ser poeta y soñador. El historiador es el hombre de raciocinio y de las prosaicas realidades”. El tradicionista, por lo tanto, se toma libertades para inventar y eso no agrada a muchos. Nos ocuparemos de esto en la próxima columna.

(Continuará.)

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