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Tomar la Palabra
Por Agustín Ramos

Recuerdos del porvenir

 

ECHAURI (a María): Estamos charlando del agente provocador […] De Sócrates, mujer. Le decía yo a Verónica que no entendía por qué la acusó.

VERÓNICA (con voz monótona): El chico no tiene la culpa. Lo golpearon. El gobierno pactó con los viejos líderes comunistas, quería deshacerse de Matarazo, que era el peligro real para él, y se aprovechó de Sócrates para acusarme […] Los comunistas hicieron el Movimiento Estudiantil para politizar al pueblo, como dicen ellos, y en la confusión deshacerse de Matarazo […]

ECHAURI. Entonces yo llevaba la razón y Sócrates es un delator cínico y un agente provocador.

VERÓNICA: No. ¿Acaso no lo llevaron al mitin de la matanza, que los comunistas organizaron? ¿Por qué fue él y no fue Marcelino, el otro líder juvenil? Querían matarlo ahí mismo, y como salió vivo, los policías, por órdenes del director, lo golpearon para que me acusara…”

Sócrates y los gatos es una obra genial y dolorosamente problemática de Elena Garro. La flagrancia biográfica de la autora dentro del hecho histórico al que alude, el movimiento estudiantil de 1968, más la tesis que propala en esta pieza teatral, harían de su escenificación una provocación artera y una ofensa similar a la que montaron los payasos trágicos del Senado de la República contra los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, contra Belisario Domínguez y contra el mínimo de decencia. Una verdadera lástima, porque es escasísima la literatura que presenta al ser de su creador de forma tan cabal. Empleando magistralmente los recursos surrealistas propios de su temperamento y genio, Elena Garro consuma en esta obra un realismo capaz de mostrar al cuerpo en la plenitud lamentable de sus prisiones, pavores, obsesiones, delirios... La protagonista, Verónica, y su hija, hallan un falso refugio después de involucrarse torpemente en el movimiento orquestado –según la tesis de Garro– por políticos inescrupulosos de izquierda y derecha y protagonizado por un ejército inocente y por estudiantes manipulados. “En el fondo de cada comunista –dice la protagonista– hay un rastacuero, un arribista social patético.”

Lo que esta visión tiene de completa y radiográfica de un ser humano desamparado y sin más escudo que sus apegos y manías, lo tiene de epidérmica y obtusa en cuanto a la interpretación del movimiento estudiantil y de sus dirigentes reales. Empero, visión e interpretación se complementan para proyectar, si cabe decirlo así, la imagen de una coherencia extrema frente al ‘68, la voz desnuda de Elena Garro con sus miserias y su grandeza. Ahora bien, el hecho al que se alude en Sócrates y los gatos revela una ceguera total respecto a la manipulación de los jóvenes y a la inocencia del ejército. El desenlace en la Plaza de Tlatelolco fue un crimen de Estado a estas alturas imposible de desmentir, una masacre premeditada contra manifestantes pacíficos e inermes que ejercían, organizada e insobornablemente, su derecho a demandar, fundamentalmente, el cumplimiento de la Constitución. Se sabe, asimismo, cómo operaron las fuerzas gubernamentales, policíacas y militares, y cómo en el escalamiento, la infiltración y la capitulación final intervinieron políticos como Corona del Rosal, Luis Echeverría e izquierdistas del PRI, del PPS y del Partido Comunista Mexicano.

Menciono con todas sus letras al PCM porque la Garro confunde a los comunistas independientes con los miembros de un partido liquidador de movimientos sociales y, llegada la ocasión y la orden moscovita, de revolucionarios antiestalinistas… En la novela testimonial Los días y los años, el representante de Filosofía en el órgano rector estudiantil, Luis González de Alba, recrea una discusión entre presos políticos en Lecumberri sobre la participación del PCM, insignificante durante el auge del movimiento y como usurpador y traidor después de la matanza y del encarcelamiento de dichos representantes:

“¨[…]eso de llamar comunistas sólo a los del partido es una trampa de ustedes pues de ahí se puede llamar anticomunistas a quienes los atacan.

“–Pues si acaso hay comunistas sin partido…

“–¿Tú crees que no? Eso sí está bueno.”

En México, a medio siglo de un movimiento que aún espera justicia, en vista del hartazgo de la clase media, de la resistencia magisterial e indígena y de los aprestos electoreros para disputar con todo la Presidencia, más que agua pasada presenciamos un pasado en claro o, más poética y exactamente, los recuerdos del porvenir.

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