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Bemol Sostenido
Por Alonso Arreola

Sing Street

 

Que nos perdone nuestro colega Luis Tovar, Juntapalabras dedicado al séptimo arte en estas mismas páginas. Que nos perdone por meter el pie en su alberca de letras. No pudimos contenernos. Una, dos, tres veces vimos la película Sing Street en las últimas semanas a fuerza de compartirla con quienes, como nosotros, vivieron parte de su adolescencia en los años ochenta. Historia simple y diáfana, la dirigida por el irlandés John Carney rinde tributo a la música de aquella época utilizándola como símbolo y vehículo para la conquista que un compositor en ciernes intenta ante su primer amor.

Experimentado en la narración de historias con vena musical, Carney logra una ambivalencia emocional honesta y sin pirotecnia. Algo que sus personajes llamarían –a propósito del cancionero de The Cure– una estética “triste pero feliz”. Hablamos de un flujo que rebota entre el llanto y la risa, el coraje y la ternura, aislando temas de familia y hermandad. Porque sí, en buena medida Sing Street celebra la manera en que la música une a dos hermanos permitiéndoles sobrevivir al comportamiento errático de sus padres. Digamos que volando entre ellos las canciones sustituyen al diálogo de fondo y les otorga sabiduría, independencia y capacidad de decisión sobre el destino de uno y la reivindicación del otro.

De alguna manera Sing Street continúa lo emprendido por Carney en Once, historia musical de 2007 que sorprendiera al mundo recaudando lo que sus 160 mil dólares de inversión no imaginaron. Ganadora de un Independent Spirit Award, un Oscar y una nominación al Grammy, aquella cinta le valió al director la posibilidad de realizar Begin Again, de 2013, con un presupuesto de ocho millones de dólares y la actuación de Mark Ruffalo. Nuevamente abocada a la problemática del músico independiente, esa cinta también le dio varias nominaciones y la confianza de más inversionistas.

Así, con buena dosis autobiográfica –como toda creación que valga la pena–, Sing Street da muestra del inicio de una globalización que sirvió para que la música traspasara fronteras ayudando a que una generación de jóvenes sintiera en la poderosa atracción de ciudades como Londres una salida, un escape de inercias religiosas, raciales y económicas. Hablamos del año 85, el mismo del mítico concierto Live Aid, el de nuestro terremoto y el de la cumbre de mtv, canal de videos por televisión que cambió nuestra forma de relacionarnos con las canciones (“video killed the radio star”). Es el año en que John Carney –también escritor de la historia– asistía al colegio Synge Street de la Hermandad Cristiana (Dublín, Irlanda), misma institución que aparece en pantalla como cuna y detonante del quinteto Sing Street, cruce de caminos para adolescentes que se rebelan tocando y filmando videoclips.

¿Sensiblera, cursi? Poco. Además de apelar con elegancia a una melancolía anclada en su banda sonora, esta película logra reflejar la manera como se construía la personalidad juvenil en territorios urbanos de Europa signados por la limitación, así como el triunfo del talento individual, mas no a través de la originalidad de quien milagrosamente da en el clavo, sino de la eficiente y concienzuda imitación, llave de entrada a la tradición del rock. Así, imitando a Duran Duran, Hall & Oates, Joe Jackson y muchos grupos más, el joven líder de Sing Street aprende a encadenar versos, intuir melodías y ensamblar ritmos, sí, pero sobre todo a encaminarse hacia su propio futuro siguiendo los pasos de rockstars que, como su propio y frustrado hermano, “le abrieron la brecha”.

Sobre la respuesta de la crítica, Sing Street ganó un Irish Film & Television Award (Mejor Actor de Apoyo para Jack Reynor), un San Diego Film Critics Society Award (Mejor Banda Sonora Original), un St. Louis Gateway Film Critics Association Award (Mejor Banda Sonora), un Phoenix Film Critics Society Award (Película que se Dio a Notar) y un Atlanta Film Critics Society Award (Mejor Canción), además de múltiples nominaciones como la del Globo de Oro a Mejor Película Musical, premio que ganó la celebrada La La Land. Esto puede darle confianza, lectora, lector, para buscar la última obra de John Carney, cuya selección de actores poco conocidos es perfecta en el aprovechamiento de un puñado de locaciones ambientadas con gran tino. Eufemismos todos para decir que cuando alguien creativo y brillante tiene una historia buena conectada con el corazón, centrada en la música y articulada por situaciones elementales de la vida, el presupuesto siempre será suficiente. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos

 

 

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