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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Tintero (i de iii)

 

Con una producción fílmica que el año recién concluido rebasó las quince decenas de largometrajes, inevitablemente se queda en el tintero mucho de lo que podría y debería decirse de una cinematografía que, como la mexicana, muestra una salud quizá definible como esquizofrénica: mucho filmar y poco exhibir, engordándose de tal modo un déficit que, así sea en breve medida, será paliado en ésta y las próximas entregas.

 

 

Méid in la frontera

El director debutante en largoficción Gilberto González Penilla, tijuanense de origen, ha dicho que la idea original de lo que habría de convertirse en su ópera prima en largoficción llegó a su mente hacia 2006, cuando el programa televisivo Big Brother estaba de moda y se le ocurrió “escribir un guión de cortometraje sobre una familia que ve este programa pero cada quien en su propio espacio”. En el ínter de una década, González Penilla cursó estudios cinematográficos en el ccc; la idea original creció hasta convertirse en un guión de largometraje; la inclusión o siquiera la alusión al citado programa de televisión desapareció; como es obvio, la densidad y la complejidad narrativas debieron crecer sustancialmente al pasar de la idea de un corto a la de un largo, y el resultado es Los hámsters (México, 2016), una de las películas mexicanas mejor logradas de los años recientes que a este juntapalabras le ha tocado en suerte conocer.

Apoyado por el Centro de Capacitación Cinematográfica y por una multitud de bienquerientes que, a juzgar por lo que costó la producción, seguramente no cobraron un solo centavo –se afirma que fueron gastados menos de 400 mil pesos–, González Penilla se ha colocado, con esta que es su primera cinta, no sólo como un estupendo ejemplo del buen oficio fílmico patente fuera de los focos geográficos habituales, más específicamente en la frontera norte del país –ahí está Levantamuertos como muestra reciente–, sino como un realizador dueño de una solidez narrativa y un discurso cinematográfico insólitamente maduros para un debutante, incluso al grado de poder hablar, así sea de manera preliminar mientras llega su segundo trabajo –el cual ya tiene nombre, Huevos divorciados, y en el que seguramente el cineasta ya se afana–, de un estilo propio.

 

Cuatro rostros de la posmodernidad

Para decirlo de modo sumario, a Los hámsters no le duele absolutamente nada en términos técnicos ni de ejecución, y mucho menos de concepción. No obstante estar visiblemente elaborada con los escasísimos recursos antes aludidos –comparativamente hablando, si se piensa en los veintitantos millones de pesos que mínimo suele costar una producción mexicana–, en la película no se echa de menos ninguna pirotecnia formal de realización, ni siquiera al nivel del cine mexicano, de por sí magro al respecto. Por el contrario, su fotografía de discreta eficiencia pero detallista en ciertos momentos clave, por un lado, y su montaje impecable por otro, apoyados por un diseño sonoro ingenioso y juguetón, muestran un nivel de profesionalismo que uno esperaría de filmes surgidos de manos más experimentadas.

Tampoco necesitó González Penilla la participación de luminarias, reales o más bien anhelosas de serlo, del firmamento actoral mexicano: puro tijuanense como él, e igualmente capaces de reflejar en su trabajo, según lo dictaba un guión sobresaliente, los avatares de un cuarteto de personajes tan profundamente locales que acaban por ser totalmente universales. La historia que viven, desarrollada entera en el lapso de una jornada, con dificultad podría ser más contemporánea y más verosímil: érase una familia de ésas que hace no mucho tiempo era llamada “nuclear”, y que se suponía ideal, compuesta por el padre, la madre, un hijo y una hija, pero en la que cada quien anda por su lado, real y emocionalmente hablando, y su convivencia, que se supondría no sólo asequible sino agradable, deseable y envidiable, en realidad sólo consiste en una pernoctancia, por decirlo de algún modo. Lo que los une, más allá del domicilio compartido y un lazo familiar peor que endeble, es su común incapacidad para comunicarse: ninguno sabe casi nada de los otros, los cuatro hacen como si todo marchara bien, y a la esporádica hora de reunirse –por una eventualidad y no por decisión conjunta–, lo único que esperan es poder irse otra vez a estar cada quien por su lado.

Una cara, por cierto tristísima, de eso que Zygmunt Bauman definió como el mundo líquido, aquí plasmada en una interesante clave de humor no desprovisto de ternura •

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