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Artes Visuales
Por Germaine Gómez Haro

El circo millonario del arte

 

El arte contemporáneo ha sufrido en las últimas décadas cambios vertiginosos en su producción, difusión y consumo, alcanzando niveles de extravagancia insospechados. Casi a diario aparecen noticias en la prensa sobre sucesos espectaculares que nos dejan boquiabiertos: sumas millonarias que se pagan por obra de algunos artistas vivos (Jeff Koons, Damien Hirst, Gerhard Richter, Zeng Fanzhi, entre otros), esto merced a oscuras manipulaciones ejercidas por especuladores frívolos y sin escrúpulos que colocan a los artistas (que se dejan) en burbujas virtuales, para convertirlos en un dos por tres en estrellas fulgurantes que difícilmente conservarán con el tiempo su luminosidad impostada. Desde épocas memoriales, el creador artístico ha necesitado la ayuda de cómplices para difundir su trabajo y colocarlo en el mapa del arte de su tiempo. Los marchantes y los mecenas se han ocupado de la ardua labor de cuidar, guiar, promover y colocar a sus artistas en las colecciones idóneas. La historia del arte cuenta con numerosos ejemplos de esta “complicidad” bien avenida entre el artista, el marchante y el coleccionista. Pero en la actualidad esta relación originalmente fundada en la admiración y pasión por la obra de arte y el respeto a su creador, ha devenido en no pocas ocasiones en una especie de mafia siniestra que orquesta las estrategias más escabrosas con el único fin del lucro desmedido. Aquí entran también las otras figuras clave que protagonizan el actual circo millonario del arte: las casas de subasta, los curadores, los críticos y los directores de los museos, bienales y ferias importantes del mundo. El control es la pieza que mueve el mecanismo: más allá del valor estético y simbólico de la obra, lo que importa es el poder de quien la promueve y cómo ejecuta ese poder. Y es que el arte se ha convertido en un bien de lujo, en un símbolo de estatus que se maneja como una acción bursátil o una propiedad inmobiliaria, sujeto a los caprichos laberínticos de la especulación. El mundo del arte contemporáneo es lo que el escritor Tom Wolfe llama una “estatusfera”. Lejos quedaron los tiempos en los que el arte se apreciaba como la manifestación inequívoca del espíritu. La mayoría de los artistas actuales han perdido su esencia –si es que en algún momento la tuvieron– por la desenfrenada obsesión por vender. Y para vender, hay que ceñirse a los estereotipos de la moda, regida por el poder de la dictadura del mercado. Por fortuna, todavía hay algunos “despistados” que se salvan de este contagio masivo y dirigen su propia orquesta sin atender al canto de las sirenas de la cultura del espectáculo.

Estas reflexiones vienen a colación a partir de la lectura de dos libros de no tan reciente aparición, pero que han tenido poca circulación en nuestro país. Se trata de Siete días en el mundo del arte y 33 artistas en 3 actos, ambas publicaciones de Edhasa, de la autoría de Sarah Thornton, quien fuera redactora en jefe de arte contemporáneo en el diario The Economist, y colaboradora en prestigiosas publicaciones como Artforum, The New Yorker y The Art Newspaper. Historiadora del arte con un doctorado en sociología, Thornton se aventura en lo que ella llama una “etnografía cultural” y se lanza a un intenso trabajo de campo para realizar una radiografía del complejo universo del arte contemporáneo a través de sus protagonistas. Con una prosa amena y un lenguaje claro, salpicado de matices irónicos, en Siete días en el mundo del arte Thornton hace un recorrido por siete territorios afines al desarrollo del arte: la subasta, la crit (un seminario en el Instituto Californiano de Arte donde los alumnos son reunidos para hacer críticas a sus trabajos), la Feria Art Basel en Suiza, el Premio Turner en Inglaterra, la revista Artforum, la visita al estudio del célebre pintor Murakami, y la Bienal de Venecia. En 33 artistas en 3 actos aborda el quehacer de la jet set artística que gravita en torno a los artistas más famosos del orbe, los cuales son presentados a través de divertidas y bien fundamentadas entrevistas narradas. La lectura de ambos libros ofrece una visión panorámica de cómo se entreveran los intereses y las pasiones de los diferentes protagonistas de este enjambre de oro que es el mundo del arte contemporáneo globalizado. La mirada aguda de Thornton y los testimonios de algunos de los entrevistados apuntan a que, en esta sociedad metalizada y dominada por la banalidad, la especulación es un mal necesario que, al final del día, terminará por cortarle la cabeza a los oportunistas. En este circo quedan varias pistas por verse.

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