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Bemol Sostenido
Por Alonso Arreola

Björk no tiene la culpa

 

¿Es lo mismo que el dólar suba a que el peso baje? La distancia es engañosa y más que una cuestión de enfoques. Podemos tener razón al mirar a un lado y sacar conclusiones, mas el panorama entero completa cuadro. ¿A qué vamos? A que investigar los porqués del precio de un concierto resulta estéril si, además de considerar la matemática que implica presentar a un artista, ignoramos aquello que disminuye nuestra capacidad de compra. No es tan sencillo como decir “qué caro”. A veces el árbol mantiene su tamaño y somos nosotros quienes bajamos. Allí la inflación. Esto es importante porque gracias a la “incertidumbre” provocada por inversionistas y especuladores, a la bocaza de Trump y, más que nada, a la codicia y corrupción de quienes nos gobiernan, la separación entre estas y otras monedas se ve reflejada en el abismo que crece entre la cultura y la mayoría de la gente.

En México somos muchos y estamos polarizados. Ello alcanza para que una campaña promocional bien dirigida cause éxito de taquilla en conciertos como, verbigracia, el que dará Björk en el Auditorio Nacional. Hablamos de doce mil butacas que, al precio que fuere, se ocuparían no matter what dejando fuera ya no sólo a los de siempre sino a muchos que antes podían pagarlas. Algunos argumentan que las compañías productoras de conciertos son entes privados abocados a hacer negocios y que no les corresponde cumplir responsabilidades del Estado. Es cierto; sin embargo, y como pasa con tantas empresas alrededor del mundo, podrían mostrarse creativas en proyectos de responsabilidad social que establecieran una comunicación distinta con sus clientes (y más cuando el gobierno ha delegado en ellas buena parte de sus funciones). Aquí algunas preguntas.

¿Le han comunicado a las agencias de contratación extranjeras cuál será nuestra situación en los años por venir? ¿Habrán tenido el valor de decirles “o bajan los precios o se acaban los negocios”? ¿Habrán intentado que los propios artistas conozcan nuestra realidad? (Muchos son sensibles a causas sociales.) ¿Intentaron ya vincularlos no sólo con la paga por subirse al escenario, sino con proyectos educativos durante sus visitas (como ha hecho la Lincoln Center Jazz Orchestra)? ¿Tienen pensado desarrollar eventos de beneficencia, o conciertos gratuitos desvinculados de gobiernos locales, o han pensado siquiera en la rebaja de precios para grupos vulnerables, tal como sucede en otros países? ¿Quisieran involucrarse con instituciones y organizaciones probadas en el desarrollo y mejoramiento común? ¿De verdad trabajan sólo para quien paga sin miramientos, o también para quienes sacrifican mucho por un boleto o aspiran a tenerlo algún día? Ojalá que haya alguien en esas oficinas pensando en esto. De lo contrario, ¿se quedarán los foros vacíos?

Pasará primero que se reduzca dramáticamente el número de eventos y que, ante la incapacidad de adaptarse a nuevas condiciones económicas, las compañías productoras de conciertos y artes escénicas se vayan debilitando o desapareciendo, o que la vida cultural y de esparcimiento se vaya limitando a festivales impulsados por grandes marcas. De hecho –como hemos dicho anteriormente– eso ya viene sucediendo. Hoy muchos melómanos se ausentan del desarrollo cotidiano de foros y espacios de barrio fundamentales para la industria y cultura locales, sea por ignorancia inculcada, por desinterés o por pura carencia económica. Digamos que destinan su restringido presupuesto a un cierto número de shows cada año y que estos suelen ser los más “llamativos” o los provenientes del extranjero. Así, aunque tengamos más lugares para la música original que en el pasado, sucede algo grave: no se quiere pagar boleto por bandas nacionales. Recordemos: una situación negativa como país es tierra fértil para el malinchismo.

Entonces, aunque nosotros podríamos comprar un boleto para ver a Björk (dolorosamente), algo nos mueve a preguntarnos si la diatriba contra esta realidad oprobiosa debiera manifestarse también por otras vías, además del reclamo público en torno a temas prioritarios. Una de ellas, tal vez, sea la de solidarizarnos con quienes funden en su ánimo golpeado los altos precios y el recordatorio del bolsillo agujereado, vacío, perennemente insultado por ladrones y gasolinazos. O sea: renunciar a ciertos consumos a manera de mensaje. Dicho esto, está claro que la culpa no es de Björk (acaso debiera informarse más) sino de Peña Nieto y tantos presidentes y políticos y empresarios que eternizaron el mal sistémico de levantarse cada mañana para, luego de desayunar opíparamente, vivir sin pensar en los demás. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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