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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Tintero (II DE III)

 

EL DEFECTO DE SER BONITO

Si tuvo estreno comercial a este juntapalabras le pasó de noche, pero al menos en la edición 31 del Festival de Cine de Guadalajara, celebrado hace poco menos de un año, fue exhibida La carga (2015), coproducción México/España en la que consistió el segundo largometraje dirigido por Alan Jonsson Gavica, quien asimismo figura en calidad de coguionista con Arturo Ruiz Serrano, así como principal productor en compañía de Luis Ángel Ramírez Pérez.

Escaso en extremo como ha sido desde siempre, el cine mexicano que se ocupa de la historia nacional y, más específicamente, el que aborda los períodos prehispánico y colonial, suele incurrir en el defecto, de suyo bastante feo, del embonitamiento: por causas cuyas raíces quizá se afianzan en algún problema idiosincrásico ni siquiera reconocido, menos asumido, a los guionistas y cineastas que incursionan en esta vertiente particular del cine histórico les da por proponer una visión bastante inverosímil, por bucólica, de un período que fue muchas cosas y pudo ser muchas otras, menos eso que plantean en la pantalla.

Exceptuando a la estupenda Epitafio (2016), de Yulene Olaizola y Rubén Imaz, o mucho antes Cabeza de Vaca (1991), de Nicolás Echevarría, ejercicios como Ave María (1999), de Eduardo Rossoff, y ahora La carga, parecen particularmente preocupados por cuestiones de escenografía y vestuario, así como por plasmar sin pausa un preciosismo paisajista que, quieran o no, sugiere ideas de idos tiempos míticos y paraísos perdidos. Desde luego, el esmero en dichos rubros de la producción no es un defecto en sí –y desde luego también, los dos filmes citados al principio no desmerecen un ápice al respecto–, pero el exceso de atención en estos aspectos, el hecho de ponerlos hasta arriba en la lista de prioridades, definitivamente va en detrimento de la calidad de un filme visto en conjunto –como por fuerza se le debe considerar–, sobre todo cuando esa preocupación estética parece haber recibido mucha mayor atención que la trama a desarrollar, de todos modos en línea con el referido bonitismo que, a pesar de los retruécanos que haya podido imponer el guión, deriva en un facilismo que vuelve todo, si cabe, todavía más inverosímil.

Eso sucede con La carga, y es de lamentar porque el tema vale muchísimo la pena; a saber, las dificultades sufridas por las primeras personas, sobre todo miembros de la clerecía como bien se sabe, que en la época de la Colonia trataron de defender a la población, la cosmovisión, la lengua y en general a la cultura indígena, del total avasallamiento del que pretendían –y en buena medida lograron– hacerlas víctimas los conquistadores españoles.

En el filme sí se ve lo anterior pero sólo en parte, opacado –cuándo no– por una trama simplona de amores contrariados y persecuciones que, también cuándo no, se sabe perfectamente que no serán exitosas para que “el bien triunfe”, por un lado, y por otro haya “algo qué contar”, como si no bastara con la fuerza temática citada.

Eso sí, extraña que a pesar de estar hecha siguiendo esa fórmula manida, tan acostumbrada y tan digerible para públicos masivos, la cinta no haya sido estrenada comercialmente o, si lo fue, no haya tenido cierto rebumbio.

 

SIMPATÍA POR EL GORDO

Debut largoficcionista del cececero Alejandro Guzmán, Distancias cortas (2015) no es, en contraposición al abordado líneas arriba, un filme que pueda suscitar entusiasmo taquillero alguno. Concebido desde el intimismo, lo que busca es contar –y lo hace bien, por lo demás– una historia sencilla de discriminación no racial y solidaridad, plasmada en la vida cotidiana de un hombre de mediana edad cuyo epicentro físico, emocional y psicológico radica en un tremendo sobrepeso, que lo incapacita incluso para las tareas más ordinarias y lo constriñe a una rutina de soledad casi absoluta.

De voluntad amable, el relato no se complace en hacer escarnio de su protagonista; muy al contrario, lo que busca es inspirar simpatía por él y lo consigue por medio de los personajes secundarios: el cuñado de Fede, que así se llama el gordísimo personaje principal, y un adolescente darketo tan solitario como aquél.

Cuento de minorías culturalmente estereotipadas, vueltas víctima permanente de una exclusión social multiforme y, en estos tiempos, sobre todo víctimas del igualmente multifacético bullying, Distancias cortas puede valer como alegato a favor de la inclusión sin reservas o, al menos, de una deseable morigeración del prejuicio.

(Continuará.)

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