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Paso a Retirarme
Por Ana García Bergua

Malas noticias

 

Dar malas noticias es todo un arte. Desde los tradicionales “respira” y “mejor siéntate en el sofá”, hasta el popular “tenemos que hablar”, hay muchas maneras de preparar a la persona que va a recibir el golpe, para que anticipe que algo duro se le va a decir. Algo que sentirá, desde luego, algo que será una especie de puñetazo o balde de agua fría, según la naturaleza de la noticia; quien se atreva a darlo deberá sobarlo después con abrazos, palabras de consuelo y hasta bebidas calientes. Hay quien no se tienta el corazón y suelta las palabras terribles sin esparadrapo; esa gente no debería dar malas noticias, deberían dejar el encargo a otros que por lo menos puedan anticipar el dolor, el miedo o la ira de quien las va a recibir. Los médicos, por ejemplo, estudian grandes documentos que los preparan para anunciarnos de la manera más indolora, con frases de anestesia y expresiones de Rivotril, las desgracias que a veces nos oculta el cuerpo, y un médico que no sabe dar malas noticias, aunque sea excelente clínico o cirujano, pierde nuestra confianza. Y es terrible que le toque a uno en suerte el horrendo papel; la muerte o la enfermedad se personifican en el mensajero. A veces lo matan por ello, dice Shakespeare, sin que sirva de nada, pero se entienden las ganas.

A últimas fechas, tengo la impresión de que nuestros gobernantes se dedican a poco más que dar malas noticias. Se perfuman, se peinan, se trajean y salen ante las cámaras con gesto de empleados de funeraria para contarnos que la gasolina tuvo que subir al cielo, pero el peso descendió a las criptas más profundas y todo ello era inevitable. Me hacen extrañar al inabarcable señor Carstens con sus catarritos y demás imágenes poéticas, ése sabía dar malas noticias con cierto ingenio, lo cual no es que hable bien de él. Pero estos, con su aspecto de urracas enjoyadas, parecen entrenarse para darnos el pésame de la peor manera, con explicaciones vanas y a veces enloquecidas. De hecho, no hacen sino salir frente a las cámaras y decir que eso que tanto habían prometido y tantos votos les valió total no se pudo, que lo que iba mal se va a poner peor y todas esas cosas que hemos estado escuchando en las pasadas semanas, cada vez más aterrorizados. Las anuncian tan mal, las justifican tan torpemente, nos dan a sospechar tantas cosas truculentas y terribles, que ellos mismos son ya una mala noticia. Sus trajes oscuros, sus corbatas, copetes, barbas y bigotes parecieran ser el atuendo del destino fatal, de los heraldos negros que diría Vallejo. Uno los ve llegar a las pantallas con esa pinta de urracas enjoyadas, luego de anunciar que van a dar otro mensaje más a la población y ya sin que nadie nos lo pida nos sentamos en el sofá y respiramos profundo como si nos hubieran dicho “tenemos que hablar”. Yo nada más los veo y me dan ganas de correr por el Tafil, las sales y la bomba de oxígeno. ¿El peso ya llegó a la pesadillesca era en la que todos fuimos millonarios, pues hasta un jabón costaba millones de pesos?, ¿inventaron los novísimos pesos?, ¿la gasolina se cotiza ya como el Veuve Clicquot?, ¿estarán buscando al señor Duarte en la camita de la pobre Paulette?, ¿se murió alguien más?, ¿el inefable señor Trump decidió pintar de dorado la Casa Blanca y de paso el muro que rodeará a los estadunidenses como un cinturón de pureza?, ¿habrá un golpe militar, habrá una revolución, habrá una guerra? Al final, cuando uno está al borde del infarto y buscando el teléfono para estrenar el flamante 911, nos dicen que no es tan terrible y, antes que nada, debemos estar unidos. Van ustedes a fallecer con estertores de órdago pero, antes que nada, no olviden taparse bien y tomar muchos líquidos. Informes, discursos, noticias, explicaciones, todo pareciera emparentarse, a últimas fechas, con aquellos “golpes como del odio de Dios”.

Se supone que los políticos dominan la palabra y la negociación (eso dicen) y que con sus esmerados discursos que alguien siempre les escribe reciben el apoyo del pueblo. Yo le quiero decir al honorable colega que le escribe los discursos al presidente, sus adláteres y aquellos que parecen estar adelante y encima de él: seguro ya juntaste unos buenos ahorros en lo que va del sexenio, mejor dedícate a la poesía o a la novela, porque de verdad es inútil. Estos no tienen llenadera y no va a haber modo de que justifiquen con palabras tanta barbaridad, de veras. Yo de plano aventaba la lira, no tienen remedio.

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