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Ricardo Piglia: de lenguas y géneros literarios

Se ha dicho que era el escritor que enseñaba a leer, una máquina de escritura, el crítico irreemplazable, el maestro de maestros, el que da vuelta al libro que estamos leyendo para que entendamos de qué va, el que comenzó a leer para impresionar a una chica, el que introducía la literatura estadunidense en español con Faulkner, Salinger y compañía, mientras América Latina se ufanaba con los escritores del Boom: Ricardo Piglia, el hombre que se internó en el misterio de la escritura haciendo crítica como ficción y viceversa, acaba de morir en Buenos Aires.

No tuve la suerte de conocerlo personalmente, jamás nos encontramos, pero su lectura inspiró mi libro Vivir en otra lengua. “Vivir en otra lengua, se ha dicho, es la experiencia de la literatura moderna”, escribió Ricardo Piglia en sus Formas breves. Y añadió, refiriéndose a Witold Gombrowicz: “La novela argentina sería una novela polaca. Traducida a un español futuro, en un café de BsAs, por una banda de conspiradores liderada por un conde apócrifo.”

Dos palabras para alumbrar la historia. Witold Gombrowicz, escritor polaco, emprende un viaje por el mundo a sus treinta y cinco años, y el barco que lo lleva toca puerto en BsAs en 1939, cuando Hitler invade Polonia. Desembarca Gombrowicz en un exilio involuntario y se queda en Argentina casi veinticuatro años. Allí publica la traducción al español de Ferdydurke, su novela satírica y experimental que ya había editado en su país. La traducción fue todo un performance: realizada al alimón por un grupo de parroquianos habitué de los billares de un bar de la calle Corrientes que desconocían el idioma polaco, junto a su autor, que hablaba un castellano elemental, estuvo dirigida por un cubano, el gran Virgilio Piñera.

La novela argentina, ¿una novela polaca? Más allá de la provocación a ese nacionalismo que nos concierne, Piglia lanza su piedra desde la orilla, cuestionando lo que somos, nuestra tradición, las lenguas que nos atraviesan. “El castellano de Gombrowicz es el idioma de la desposesión. Gombrowicz aprendió el español en Retiro, en los bares del puerto, con los muchachos, con los obreros, los marineros que frecuentaba; una lengua que está cerca de la circulación sexual y del intercambio con desconocidos, en los bares de mala vida”, cuenta Piglia.

¿Por qué Gombrowicz, que también sabía francés, eligió expresarse en un idioma incompleto?

Algo que nos incumbe a todos nosotros y a nuestra tradición literaria está en la historia de la relación de Gombrowicz con la lengua argentina”, afirma Piglia. Para él, en esa orilla desde donde escribe el polaco desterrado, se encuentra con nuestro subdesarrollo, una estética de la periferia, un devenir incierto. Somos la identidad que añora una identidad. La identidad desposeída que es un cruce de identidades. Y es allí donde Ricardo, el Piglia que acabamos de perder, nos traduce, y nos explica, y nos nutre con otra versión, no ya de lo que somos, sino de los caminos que fueron escribiendo quienes viven este cruce de lenguas, que es la literatura del continente y más allá de él, en este mundo, donde la literatura fue global antes que las finanzas.

Nacido en 1941, en Adrogué, provincia de Buenos Aires, su padre, un médico peronista víctima del antiperonismo en 1956, decide cambiar de lugar. La familia se muda a Mar del Plata en 1957. Horror para el adolescente de dieciséis años que no quiere perder a sus amigos. Y se refugia en la escritura del Diario. Estudió Historia, trabajó en editoriales, publicó revistas, leyó como un poseso. En los setenta se exilió por un breve tiempo, y a su regreso escribió la novela Respiración artificial. En los noventa enseñó en Princenton y siguió publicando ficción y libros de crítica que se leen como novela o autobiografía. En 2011 regresó a Buenos Aires y decidió publicar los Diarios de Renzi, que escribió desde su juventud. Había que pasarlos en limpio. En ese trance se enfermó. Cuando ya no pudo escribir, dictó sus textos. Tenía la esperanza de encontrarlo en el Salón du Livre de París en 2014, pero ya no llegó. La enfermedad se lo impidió, ésa que él nunca nombró. “Estoy un poco embromado –decía–, tengo dificultades para moverme.”

Hasta el último momento estuvo vinculado a la reedición, aspecto que consideraba decisivo para la construcción de una tradición literaria. Recuperar voces olvidadas para la nueva generación de lectores. En eso andaba, buscando los derechos de Nira Etchenique, escritora argentina de su generación, que ansiaba reeditar en esa aventura que se llamó la “Serie del Recienvenido”. Decidió cerrar la colección antes de que la enfermedad lo consumiera.

Recibió casi todos los premios importantes del idioma, pero el Cervantes quedó en deuda con él.

Dicen que su pasión por la literatura comenzó en Mar del Plata, en un bar restaurante llamado Ambos Mundos. Porque eran dos. Al ingreso estaban los borrachines y, en la parte trasera, el restaurante para las familias. Ambos Mundos es lo que define la escritura de Ricardo Piglia, que exploró como nadie el ir y venir de las lenguas. El acento del extranjero en Roberto Arlt. La lengua de Macedonio Fernández, contando historias insondables mientras tomaba mate en una pensión desolada. El idioma de Jorge Luis Borges, que leyó a Cervantes en inglés, y al releer el Quijote en castellano creyó que era una “mala traducción”. Y con Grombowicz, todas las lenguas de la resistencia, imperfectas, despojadas de lo que debe ser, de cómo hay que escribir. En estos tiempos, donde las mayorías son deslenguadas y las reglas del mercado se imponen a la gramática, vale afirmar con Ricardo Piglia que somos una novela polaca experimental. Defendamos el derecho a traducirla a nuestra lengua. Gracias, Piglia, por esa mirada, esa lucidez, esa provocación que devuelve a los desposeídos, migrantes, refugiados, excluidos, el imperturbable derecho a decir. La necesidad de la palabra. La legitimidad de una lengua. La propia

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