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Tomar la Palabra
Por Agustín Ramos

La última palabra


¿Cuándo un cadáver es histórico? ¿Cuántos años se necesitan

para hacer romántica la matanza?

Peter Brook

 

Del 12 de diciembre al 6 de enero campea la holgazanería santurrona del Estado mexicano actual, conformado en primer término por los mentirosos, ladrones y asesinos impunes que en dos domingos encabezarán, como Porfirio Díaz, un centenario. Abril y mayo son en el calendario cívico meses de hueva medio laica y medio confesional, seguidos por la temporada patriotera en la que ya no queda nada para festejar. Pero antes de que esta última pase, llegará el 26 de septiembre y luego vendrá el 2 de octubre y diremos, con el Día de Muertos, que el tiempo se va volando, aunque sólo sea eso, tiempo, lo que sopla –y en contra nuestra, porque seguirá vigente y creciente la barbarie política y económica para aplastar a la población civil y a las mejores armas de ésta, la educación pública, gratuita y laica, las riquezas naturales, la fuerza de trabajo, la independencia organizativa, la memoria colectiva, la textura social...

26 de septiembre. La guerra contra las escuelas normales seguirá como desde hace treinta y cinco años. Porque es ahí donde, a pesar de carencias y defectos, se gesta y desarrolla una identidad que, a partir de las necesidades propias del entorno, vincula al educando con otras realidades enriqueciéndolas, enriqueciéndose, intercambiando bienes y saberes en libertad y con conciencia. El 26 de septiembre de 2014 –a despecho de la consigna de los dueños de la palabra ladrada como verdad histórica, hecha a base de falsedades, omisiones y torturas, para eximir de responsabilidad a los federales, a los soldados y demás instancias de esferas ajenas a la municipal–, las principales fuerzas represivas del Estado mexicano intervinieron a sangre fría para resguardar un cargamento de heroína destinado a Estados Unidos con anuencia de autoridades que poco a poco quedarán al descubierto. Habrá que repetir esto cuantas veces sea necesario, y sin embozos, porque las investigaciones irán restando estridencia a lo que hoy podría parecer denuncia delirante.

2 de octubre. Asimismo, seguirá la política de terror propia de un Estado empeñado, desde 1968 y aun antes, tanto en la infiltración de paramilitares y provocadores a sueldo como en masacres y desapariciones forzadas. Y seguirá, qué duda cabe, la campaña mediática para infundir miedo y propagar la ignorancia mientras se apuesta por el olvido que es injusticia, que es impunidad, que es muerte, que es un autoritarismo cada vez menos disimulado. El ejército, erigido en protagonista por el usurpador Felipe Calderón, no se presentó primero a escena para enfrentar al narco sino para dar el banderazo de salida a un régimen que facilitara la maximización de la entrega de la soberanía nacional, de la corrupción oficial y de la represión del consiguiente descontento. Hay que recordar, por si hace falta, que fueron miembros del Colegio Militar quienes primero entregaron la banda presidencial a Calderón en una ceremonia nocturna televisada, y que el acto de gobierno inicial de ese especimen fue, por un lado, aumentar en cuarenta por ciento el salario de la soldadesca y, por otro, subir el precio de la tortilla de maíz.

5 de febrero. Cuando estas líneas aparezcan, o sea mucho antes de que ciertas fechas repiquen en la memoria de quienes necesitan más desangramientos y causas redituables, la Bestia habrá asumido el trono. Ese pasado se veía venir, porque la historia no es capitulación ante la nostalgia sino insistencia en un pasado que continúa mostrándonos, para mal y para bien, las infinitas posibilidades del futuro. Y el nuestro nos hallará con una soberanía a la defensiva, gobernados por lacayos que medran en el intervencionismo depredador; inermes ante un Poder Judicial encubridor de los mayores saqueos, la principales matanzas y las mentiras más grandes; rehenes del cretinismo parlamentario que con sus pactos socava, entre otras cosas, la realidad del sufragio efectivo y del gobierno civil. Estamos, pues, a dos semanas del centenario de una construcción épica que o bien hace un guiño coqueto o bien exhala un suspiro de último momento: La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno… He ahí la palabra, la última palabra.

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