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Bemol Sostenido
Por Alonso Arreola

No nos gusta ese Rockdrigo

 

No nos gusta ese Rockdrigo. Nos gusta el otro. El Rodrigo del presente y del futuro. El que no fue. Porque el que nos quedó tras el terremoto que lo mató (sí, el del ’85), ese Rockdrigo en ciernes, nunca nos pareció del todo bueno. Claro, tampoco nos tocó escucharlo en vivo ni sentimos en carne propia las raíces de su furia. No compartimos nada con él. No fue banda sonora para nuestra adolescencia o juventud. No bebimos un tequila ni besamos a una mujer ni pasamos una noche sudando sus rasgueos. Pero nos hubiera gustado conocer al Rodrigo de 2017. Porque el Rockdrigo restante carece de límites, cual promesa incumplida.

Ello lo fomentan quienes comúnmente hablan de él: hipócritas o ignorantes que prefirieren el lugar común de adjetivos y elogios en lugar de ser duros con el colega caído. Por eso es que hoy estamos aquí, ocupando nuestra mucha ignorancia tras escucharlo casualmente en la calle, recordando una experiencia que impuso respeto frente al “Rodrigo imposible” a través del “Rockdrigo verdadero”; experiencia gracias a la cual pudimos rescatar frases extraordinarias de sus letras, ésas que luego perdían en la poca dedicación. Lo señalamos porque pudo ser mejor. Porque es inocente de no lograrlo. Porque nos gustaría defenderlo un poco de feligreses que terminan tirando el castillo de naipes elevado sin rigor.

En 2003 sucedió que Alfonso Figueroa (amigo y miembro fundador de Santa Sabina) invitó a la banda en que tocábamos a participar en un disco que llamó Ofrenda a Rockdrigo González. El sacerdote del rock y las enseñanzas del profeta del nopal. Al principio la idea no nos entusiasmó mucho (hablo a título personal), pues aunque entendíamos la importancia social de aquella obra, no compartíamos sus códigos estéticos. Grabado en Zona de Intolerancia, el reto echó raíces como una provocación. Así las cosas, no recordamos cómo elegimos la pieza “Perro en el periférico”, pero no pudo ser mejor. Los demás invitados al disco fueron Rodrigo Levario (“Aventuras en el DF”), Los Rastrillos con Iraida Noriega (“Tiempo de híbridos”), Santa Sabina (“Distante instante”), Panteón Rococó (“Los intelectuales”), Los estrambóticos (“Ama de casa un poco triste”), Tex Tex (“El feo”), El Haragán/Santa Sabina (“Rock en vivo”), Qual (“Ratas”), Consumatum Est (“La historia de la no historia”), más el propio Rockdrigo en plan póstumo (“No tengo tiempo”).

Diremos entonces que “Perro en el periférico” tiene movimientos armónicos cromáticos, atípicos en aquel repertorio, muy ad hoc para la historia del hombre que crece bajo las convenciones sociales y lo políticamente correcto, finalmente vencido por esa confusión parecida –precisamente– a la de un perro en el periférico (imagen poderosa que ilustra la victoria del entorno y que nos hace testigos culpables de la tragedia por venir). “Sólo era una representación, tan sólo un acto de teatro”, dice Rockdrigo. “Una simple asimilación de aquel tiempo y ese espacio [...] Creció creyendo ser normal, con los botones precisos, superando al animal en el cuarto y quinto incisos. Pero un día voló, y desde arriba él miró el desorden de todo el barullo esférico. Fue entonces que se sintió como un perro en el periférico.”

Estableciendo símiles y metáforas de distinta valía, el logro de Rockdrigo se halla en el esfuerzo surrealista de jerga coloquial, sin importarle que luego se vea desatendida en sintaxis y concordancia, como si se arrepintiera de sus momentos “ilustrados”. Así, cuando habla de botones, incisos y barullos esféricos percibimos un afán ecuménico que se debilita con rimas y métricas que lo devuelven a la calle, su calle, ésa desde la cual supo burlarse de intelectuales para engarzar dragones y amas de casa, cantimploras de soledad y nopales automáticos, ranchos eléctricos y selvas cotidianas, ratas y naves cibernéticas.

A partir de que hicimos ese arreglo a “Perro en el periférico” agradecimos las pocas Hurbanistorias que nos dejó Rockdrigo González, ya entendidas desde adentro y con todos sus defectos. Así, aunque nos sigue pareciendo un bosquejo de sí mismo, una figura que al pie del risco sueña con sus alas, gustosa y periódicamente nos encargamos de recordar su trayecto artístico a ras de suelo entendiendo que valió la pena. Señalando su rostro más natural y siendo críticos es como podremos celebrar al otro Rodrigo, el que permanecerá en nuestro bosque sonoroso mientras menos mitos cuelguen de sus ramas. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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