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Bitácora Bifronte
Por Jair Cortés

Contra el lector

 

Figura idealizada, sombra hipotética o personificación con nombre y apellido, el lector ha ido transformándose en una presencia cada vez más pesada en la labor de los escritores. La soledad que antes cultivaba fielmente el escritor a favor de su trabajo creativo se ha visto amenazada por los nuevos medios de comunicación que fomentan una “convivencia” demasiado riesgosa entre lectores y autores. El escritor que ha encontrado en las redes sociales un foro para expresarse y difundir su obra tiene que lidiar con una gran cantidad de distractores que merman la concentración que exige la creación literaria. El escritor se enfrenta a un diluvio incesante de comentarios que son el resultado de impresiones ingenuas, envidiosas posturas, admiradores obsesivos, simples ocurrencias y malsanos “dimes y diretes” que sus palabras suscitan. Edmund Wilson, antes de la era internet, escribió que hay diferentes clases “de personas hacia las que el autor debe adoptar una actitud sin emociones” y que se dividen en las siguientes categorías: “a) Locos y maniáticos, b) Mujeres solitarias y provincianos aislados (el hecho de que escriban una carta a un escritor demuestra solamente que necesitan comunicarse con alguien y no necesariamente implica un interés por el libro del autor), c) Jóvenes deseosos de que el escritor lea sus manuscritos y, por último, d) Gente que quiere el autógrafo del escritor.” Pero, ¿cuál es la actitud que el escritor contemporáneo asume frente a sus lectores? Quizá el ánimo de diálogo sea una factura demasiado costosa que el autor moderno comienza a pagar. La velocidad y el vértigo que las nuevas tecnologías han desarrollado hacen casi imposible que alguien pueda escribir y mantener correspondencia con sus lectores simultáneamente. El mismo Edmund Wilson sostenía que no se debía distraer a un escritor enviándole manuscritos, ya que éste tiene “demasiado quehacer escribiendo sus libros”.

Aquel “Hipócrita lector, mi semejante, mi hermano”, al que Charles Baudelaire se dirigía en el inicio de Las flores del mal, ya no quiere ser solamente lector; desea decir algo, escribirlo (ambiciona ser escritor también) porque tiene derecho (nadie se lo niega) a expresarse, pero las circunstancias están mutando de tal manera que sería prudente recordar las sabias palabras de Ezra Pound, cuando decía que el hecho de que a alguien le guste tocar la guitarra no justifica que grabe un disco.

La soledad que el escritor cambia por aplausos impedirá, gradualmente, que emita su visión del mundo, aquello que Raymond Carver señalaba como “el sello particular e inconfundible que el autor imprime a todo lo que crea”. La simple idea de escribir bajo la mirada de un ejército de lectores dispuestos a juzgar (con o sin argumentos) una obra, es un peligroso veneno que puede acabar con cualquiera, despojándolo de su esencia y convirtiéndolo en un títere de lo políticamente correcto.

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