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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

Talento

Hace ya cerca de diez años que saltó al aire la primera emisión de un concurso de talentos inglés, Brittain’s Got Talent (Gran Bretaña tiene talento), que impresionó vivamente a las audiencias y sigue teniendo un éxito muy grande. De aquella primera temporada resultó triunfador un tímido cantante de ópera que por entonces vendía teléfonos celulares, Pol Robert Potts, cuyo video de “descubrimiento”, cuando cantó Nessun dorma, de Puccini, es quizá uno de los más vistos en internet.

Got Talent, proyecto del productor y cazatalentos inglés Simon Cowell, quien es también alto directivo de Sony Music (rama discográfica del consorcio trasnacional de la electrónica), se convirtió rápidamente en un fenómeno mundial porque la televisión siempre ha mantenido vivo ese hechizo fascinante que causa en los televidentes cuando vemos números musicales. Cualquier productor televisivo sabe ahora que música e imagen al alimón suponen uno de los más grandes ganchos de la pantalla chica. Dígalo si no el espumante éxito de mtv a partir de la década de los ochenta, en que la televisión redefinió el entretenimiento en el mundo moderno casi a la par del cine.

La franquicia de Cowell es de alcance global y terminó convertida en empresa multinacional ella misma, replicándose primero en programas que a su vez han sido exportados a muchos rincones del mundo, como fueron: America’s Got Talent (la versión estadunidense), The x Factor, o The Voice. En México, aunque licenciada en términos de franquicia, es de suponerse, por los propietarios de la marca Got Talent, la versión local de México tiene talento es propiedad de TV Azteca y desgraciadamente, como suele suceder con los refritos televisivos de esa empresa, la calidad final del programa terminado deja mucho que desear si se la compara, odiosa pero indefectiblemente, con el programa original que pretende emular: la producción es deficiente, previsible, y está desde luego el hecho chocante de que toda versión “mexicanizada” de un programa exitoso de televisión acaba pasando por el edulcorado, artificial cartabón de los modos de hacer televisión en Televisa o TV Azteca: se siguen arrastrando los mismos gazapos, los mismos vicios de conducción y pésima dicción de sus presentadores o el hecho de que las televisoras del duopolio se han caracterizado desde hace décadas, en su vertiente de productoras musicales, por impulsar solamente música que carece de genuinas propuestas estilísticas y se contenta con ritmos y estribillos machacones, simplistas, que han ido sustituyendo, en el ideario colectivo del mexicano, la música popular, desde el bolero hasta la canción ranchera, para uniformarlo de pop y ritmos fáciles, como los que proclaman la cumbia o esa abominación del negocio musical que supone el inefable reguetón. También existe The Voice México con resultados harto similares.

Actualmente existen programas de concursos de talento escénico –pertenecientes casi todos a las franquicias mediáticas orquestadas por Cowell– en una veintena de países del mundo. Desde Rusia o Tailandia hasta La Voz Perú o Argentina tiene talento. En todos ellos la búsqueda de una próxima “estrella pop” es el denominador común. Y hay destellos de talento, sobre todo en canto y baile, que llegan a grandes alturas en el despliegue de sus recursos vocales o dancísticos, pero también en sus actos de contorsionismo, magia o suertes circenses, como equilibristas y no pocos payasos, voluntarios e involuntarios.

Hay acusaciones de algunos concursantes que afirman que no obstante la aparente frescura que logra proyectar en pantalla, al menos las versiones originales, siempre ha habido en los episodios de la franquicia predisposiciones, trucos de cámara, manipulación de audiencia y de los mismos concursantes, para poder ofrecer por ejemplo escenas convincentes de conmoción emotiva, de lágrimas que desbordan, o hasta de concursantes furibundos que insultan a los jueces por demeritar las actuaciones. Pero, ¿qué programa televisivo podría ser producido sin un guión?

Al final la televisión es ya más un vehículo de entretenimiento simple que informativo. Por lo menos en este México tan proclive a la enajenación.

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