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Artes Visuales
Por Germaine Gómez Haro

José Castro Leñero: ciudad caminada, ciudad pintada

 

La ciudad ha sido un tema central en el trabajo de José Castro Leñero (Ciudad de México, 1953) desde hace muchos años. Imágenes de nuestra ciudad captada desde muy diversos ángulos y perspectivas. Actualmente se presenta la exposición Ciudad negra en la galería Aldama Fine Art (Palacio de Versalles 100 LB, Lomas Reforma, CDMX) que reúne más de una veintena de obras que corresponden a dos series temáticas: paisajes urbanos y escenas de sobremesas. Esta galería, dirigida por José Ignacio Aldama, ha apostado por la buena pintura y con esta exposición muestra una vez más que en su local, sencillo y de pequeñas dimensiones, se montan exhibiciones muy selectas que han resultado verdaderas joyitas, como es el caso de la que aquí nos ocupa. Y en esta ocasión, el galerista apuesta también por un medio que comúnmente no es apreciado como se debiera: la pintura sobre papel. Como destacado pintor que es, José Castro Leñero ha investigado sin cesar todos los caminos de la creación pictórica hasta alcanzar el dominio que caracteriza su trabajo, y la presente exhibición da cuenta de ello. Su obra sobre papel es de extrema exquisitez y esta exposición podría considerarse una auténtica lección sobre la diversidad de técnicas empleadas todas con maestría: tinta, óleo, acrílico, gouache, acuarela, pastel, además de la gráfica.

En ocasión de su exposición Mesas, sobremesas que tuvo lugar en la Casa Lamm en 2013, Teresa del Conde señaló con acierto: “Sus procedimientos son complicados de explicar y aunque tienen como arranque un determinado encuadre, son sometidos a acciones compositivas y simbólicas que determinan que se vean como lo que son: pinturas que no engañan al ojo pretendiendo aparecer como fotografías pintadas.”.Y en efecto, aun si su punto de partida es la imagen fotográfica, José Castro Leñero conserva el encuadre de la escena que atrapó su ojo avezado, pero su trasposición al papel dista de la visión original por la libre manipulación que éste hace de ella. Lo que vemos en las pinturas es la atmósfera sensorial que el artista captó en su momento y que es plasmada a partir de construcciones plásticas que son estampas de instantes cotidianos reproducidos de una manera fresca e inmediata. El ritmo de las escenas varía de acuerdo al momento captado por el artista andariego que recorre las calles de la ciudad mirando y encontrando. Las escenas que reproducen a los peatones en su paso ágil evocan el dinamismo de las grandes avenidas, en tanto que otras desprovistas de figura humana sugieren su presencia a partir de objetos, como la bicicleta, la motocicleta o la hilera de cubetas dispuesta al borde de la acera. Los paisajes urbanos de Castro Leñero están vivos porque se respira la presencia del andar cotidiano en el que todos nos vemos reflejados.

La serie paralela que se integra a los paisajes urbanos está compuesta por escenas de mesas –o más bien, sobremesas– en las que se está llevando a cabo un convivio. Los objetos están dispuestos en una especie de caos que sugiere la presencia de los comensales que no vemos: tazas, vasos, copas, caballitos de tequila, latas de cerveza, restos de alimentos, el celular, las gafas y otros objetos personales de quienes participan en el ágape conforman estas especies de naturalezas vivas captadas desde un punto cenital. Castro Leñero retrata la mesa cuando la reunión está en acción y la reproduce como sus paisajes, en un lenguaje directo y utilizando las técnicas más diversas. Así lo expresa el artista: “Trabajo a partir de la imagen, de un conjunto de registros, personales en su mayoría, que manipulo a través de diversas técnicas y vierto en soportes tradicionales. Se trata de la invención de un proceso de traducción de imágenes (fotografías, bocetos, dibujos, montajes) a una obra que se ajuste a mis propósitos. El punto de partida es la realidad percibida en una imagen, en la cual se van acumulando referentes y hallazgos derivados de la manipulación y experimentación.”

La ciudad de Castro Leñero es una y mil ciudades. La misma y diferente: negra y blanca, blanca y gris, salpicada de colores pero sin un color preciso. Su ciudad es nuestra ciudad amada y odiada, reposada y febril, habitada por nuestros monstruos y nuestros deseos, nimbada por la sensaciones encontradas que nos provoca esta gran urbe, la mejor y la peor, pero siempre la más auténtica: así la percibimos en estas hermosas y conmovedoras pinturas.

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