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Paso a Retirarme
Por Ana García Bergua

El día en que Estados Unidos eligió un queso amarillo como presidente

 

Como todos sabemos, el queso es una materia alimenticia uniforme, toda del mismo color y la misma textura. Cambia de queso a queso, pero en general un queso es todo él mismo y piensa y vive como queso. Por ejemplo, un queso necesita límites muy precisos, porque si no, al derretirse se desparrama por todos lados: los quesos necesitan moldes, muros y fronteras. A todos nos gusta el queso combinado con otras cosas, pero al queso en sí –algún día tuvimos que pensar lo que sentía el queso– no le gusta estar combinado. Mi naturaleza se altera con los chiles jalapeños, dice el queso. A mí me gusta ser amarillo y naranja, que es el llamado queso americano. Es el peor queso de todos, por supuesto, no tiene ningún chiste, carece de las sutilezas del queso gruyere con sus múltiples huecos y su íntima amargura, o del jardín azuloso y picante del queso Roquefort, para no hablar del ánimo juguetón del queso de Oaxaca que se amarra y se desamarra a la menor provocación, o del Cotija que se desmenuza con gracia y salero encima de las enchiladas. No, Estados Unidos eligió un queso americano (me abstendré de decir la marca porque eso me convertiría a mí en un queso) como presidente, y lo que no debería extrañar a nadie es que un queso piense como queso.

El queso estaba harto de acompañar carnes y jamones en las hamburguesas y los sándwiches, quería protagonismo, que nadie opacara su dorada importancia, porque la gran aspiración de un queso amarillo, por si no lo saben, es ser un queso dorado. Nuestro queso (eso de “nuestro”, ya se habrán dado cuenta, es pura retórica) se había creado toda clase de empaques de ese color refulgente, representativo del valor –monetario–, la riqueza, el deslumbramiento, el flashazo, y por dentro quería sentir un gran orgullo de ser un queso amarillo, hijo de mamá y papá quesos amarillos, casado con un queso europeo converso, porque nada es más prestigioso que traer un queso humillado de pareja. Para que comprendieran la importancia y el orgullo de ser un queso amarillo –cosa que, tenía que reconocerlo, era un reto bastante difícil–, decidió que todo Estados Unidos debía estar poblado por quesos amarillos. Propagó la noticia de que todo, todo, sería uniforme queso amarillo, y muchos quesos amarillos se pusieron felices. Y para que ya no nos fundan ni nos revuelvan con nada, para que nada nos quite espacio, fortificaremos el molde que nos limita como quesos amarillos que somos y todo, todo, todo, será queso amarillo. ¡Y brillaremos tanto que nos volveremos dorados!, gritó, y aplastaremos con la fuerza de nuestro queso a todo lo demás. Y todos los quesos amarillos, empoderados, votaron por él. Bueno, no todos los quesos amarillos, pero sí bastantes que no eran quesos ni amarillos pero creían que al hacerlo serían admitidos en el fondue naranja, e incluso algunos quesos de Oaxaca que pensaron que se podrían fundir y volverse amarillos para, sobre todo, pasar desapercibidos.

Y para que no se interrumpiera la uniformidad de los quesos amarillos, al Gran Queso se le ocurrió que mejor expulsaba a los chiles jalapeños, las tortillas mexicanas, las pitas árabes y hasta a los champiñones. Por debajo de su copete –formado con una gran costra de cera anaranjada con el precio en el almacén– pensó, bueno, fluyó la idea como ocurre cuando un queso cree que piensa, que las ideas borbotean por el orificio equivocado, que en cuanto hubiese terminado con esa parte expulsaría también a los jamones, las berenjenas, los salamis y las salchichas de Frankfurt, cosa que ellos, de momento, no esperaban ni se les pasaba por la cabeza. Ni que fuéramos queso panela, decían, pero por si las moscas muchos se manifestaron por la quinta avenida.

Así, el gran queso amarillo, bueno, no grande, extenso, desparramado, fofo, bueno, eso, conseguiría que su país se convirtiera en un enorme habitáculo de quesos amarillos, todos iguales, simples, lisos como él, y él mismo, claro, para entonces habría logrado ser dorado y los quesos lo admirarían y dirían oh, Donald, qué exitoso, huge, marvelous, big, enormous que eres tú. Donald, estarán de acuerdo conmigo, es el nombre perfecto para un queso amarillo y Trump es el sonido que hace el queso amarillo cuando cae, convertido en algo más, en la taza del excusado.Y eso pasa cuando un país, en vez de elegir un presidente, elige en su lugar a un queso amarillo.

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