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Tomar la Palabra
Por Agustín Ramos

No borrarán la historia

 

La revista Correspondencia de Prensa Internacional publicó un ensayo-reportaje de la historiadora internacionalista Penelope Duggan, titulado “Las marchas de las mujeres: ¿de la protesta al movimiento?”, traducido por Jossie Chávez, fechado el 24 de enero y cuya versión original está en http://www.internationalviewpoint.org/spip.php?article4842. Aunque suscribo punto por punto el documento, sólo me ocuparé del discurso que pronunció Ángela Davis tras la manifestación feminista contra Trump el 21 de enero. Ángela identifica como “tierras indígenas” el sitio donde se verificó “La Marcha de las Mujeres”, es decir que para ella Washington, D.C. es de quienes nunca han renunciado a luchar por su tierra, su agua y su cultura. Considera que los manifestantes representan “las poderosas fuerzas del cambio… agentes colectivos de [una historia que…] no puede ser eliminada como las páginas web…” En mis años de prepa Ángela era la reina del afro. Jimi Hendrix, Bob Dylan y el resto –famosos o no– sólo eran súbditos de aquella gacela de cabello a lo Diente de León. León africano, pantera negra. Reina y animal perfecto en su cultivada naturalidad, en la esbeltez que le fue esculpiendo su historia personal (historia carente de sentido si, según su dicho, no derivaba en militancia social) y en la cara exquisita de ojos enormes capaces de atrapar la materia cercana y devolverla convertida en la máxima alegría o en la desolación más pura. Hay una foto suya a los veintiséis, cuando estaba en la cárcel; había llegado ahí predestinada, porque aunque suene a melodrama, habiendo nacido en el Deep South de Birmingham, Alabama (el 26 de enero de 1944), sólo le podía merecer prisión, o la muerte impune de varias vecinas adolescentes negras de su edad. Su biografía más fiel está en Si llegan por ti en la mañana vendrán por nosotros en la noche (Siglo XXI, 1972), obra suya y de “…otros perseguidos políticos”. Pero no menos puntuales para describirla son Autobiografía (Grijalbo, 1977) y Mujeres, raza y clase. Cuestiones de antagonismo (Akal 2004).

En su proclama de “La Marcha…”, Ángela saluda la lucha por los derechos ambientales de los sioux de Standing Rock, y de Flint, Michigan, y a la gente de Cisjordania y Gaza; la huelga de los empleados de McDonald’s por mejor salario; el feminismo inclusivo y sin fronteras, “que nos invita a unirnos a la resistencia contra el racismo, la islamofobia, el antisemitismo, la misoginia y la explotación capitalista” de donde proceden la especulación financiera, las privatizaciones y la supremacía blanca, patriarcal y heterosexual. Pide solidaridad con musulmanes, migrantes, personas con discapacidad, prisioneros y mujeres transexuales de color. Se apoya en la universalidad de los derechos de las mujeres para gritar “¡Libertad y justicia para Palestina!”, celebra y exige la liberación de presos políticos, concluye señalando la necesidad de intensificar la militancia en demanda de justicia social y en defensa de la gente vulnerable. Y advierte: “Los siguientes mil 459 días de la administración de Trump serán mil 459 días de resistencia: resistencia en las bases… en las calles… en las aulas… en el trabajo… en nuestro arte y en nuestra música. Esto es sólo el inicio y, en las palabras de la inimitable Ella Baker, quienes creemos en la libertad no podemos descansar hasta que ésta llegue. Gracias.”

Ángela Davis constituye un emblema de aquello que los poetas Aimé Césaire y Leopold Sedar Senghor llamaron Negritud y que, en forma casi imperceptible para mí, trascendió lo literario para confundirse con las luchas anticolonialistas, revolucionarias y antirracistas negras encabezadas por Franz Fanon, Martin Luther King Jr., Patricio Lumumba, Kwomo Kenyatta, Ben Bella, Kwame Nkrumah, los Soledad Brothers, George Jackson, Malcolm X, los Black Panthers (Bobby Seale, Huey Newton, Elridge Cleaver) y muchos más que alentaron mi pasión por la esperanza de un mundo mejor. Lo mismo significó para mí la parte del discurso de Ángela contra el racismo y la xenofobia, parte que dejé para cerrar pero que ella colocó exactamente en el centro político y personal: los negros, no sólo con sus luchas por la libertad sino con su mera presencia, sus colores, su sangre, imprimieron en la historia de Estados Unidos la marca irrestañable de la inmigración y la esclavitud. En razón de ello, dijo, acusar “de asesinato y violación y construir muros, no borrará la historia. Ningún ser humano es ilegal…”

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