Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Cinexcusas
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Cinexcusas
Cinexcusas
Por Luis Tovar

Intramuros

Como sabe perfectamente cualquier cinéfilo que se respete, El ángel exterminador (Luis Buñuel, México, 1962) es la cinta paradigmática que plantea un enclaustramiento absoluto y desarrolla su trama con dicha condición como punto de partida y hecho determinante: las particularidades de lo que sucede con y entre los personajes tienen su origen, como es obvio, en el talante de cada uno, pero igualmente en la naturaleza por completo atípica de la situación en la que se encuentran.

No sería extraño que los hermanos Arab y Tarzan Nasser, de origen palestino, hayan mirado y remirado a conciencia la obra maestra buñueliana cuando decidieron confeccionar Dégradé (Palestina-Qatar-Francia, 2015), que traducido literalmente significa “degradado”, a pesar de lo cual en México le endilgaron, como a tantas otras cintas, un título fallidamente lugarcomunesco: Trece mujeres desesperadas.

Una vez más como bien sabe cualquier buen cinéfilo, en El ángel exterminador los convocados a la cena en casa de los Nóbile ignoran la causa por la cual no pueden abandonar el lugar. En cambio, en la cinta de los hermanos Nasser el motivo del enclaustramiento es lo primero que se sabe y, de hecho, saber esto –desde la perspectiva del espectador– es uno de los elementos clave para entender no únicamente lo que sucede sino la intención última del filme.

 

VIVIR MURIENDO Y VICEVERSA

Salvo los últimos dos o acaso tres minutos, la acción se desarrolla por completo dentro de un salón de belleza ubicado en una calle cualquiera en la Franja de Gaza, en Palestina. Parecería innecesario explicar qué significa dicha localización, pero quien lo ignore debe saber que se trata del que acaso sea, en todo el mundo, el territorio más conflictivo, disputado, reivindicado, arrebatado a sus habitantes originales y sistemáticamente hecho trizas. Ahí, la nación Palestina lleva años haciéndose fuerte frente a los embates expansionistas del Estado de Israel, pero al mismo tiempo diezmándose a sí misma a consecuencia de conflictos intestinos cuyas facciones reclaman para sí, cada una de ellas, la primacía: ya sea de derechos, de representatividad, de pureza ideológica…

En el centro mismo de ese coctel tanático los hermanos Nasser plantean, por medio de una trama de estructura extremadamente sencilla, la tozudez que caracteriza al instinto de supervivencia. Expresada en voz de los personajes, y por principio teñida de una suerte de romanticismo inevitablemente paradójico dadas las ya mencionadas condiciones del entorno, la postura de los cineastas es absolutamente plausible y pareciera consistir en la simple aplicación cotidiana de una frase común: la vida tiene que seguir a pesar de los pesares y, de hecho, sigue: incluso en la mismísima sede terrena del infierno en la que han convertido a Gaza, las parejas contraen matrimonio, las mujeres se embarazan, los niños quieren salir a jugar a la calle… Añádanse, no obstante, las particulares condiciones de lugar e idiosincrasia y el resultado es, como indica el título original del filme, el registro en clave coloquial de la degradación a la que un pueblo entero lleva demasiado tiempo sometido, entendiendo “degradado” al pie de la letra, es decir, en condición de humillado, envilecido, privado del honor y el respeto.

No es desesperación, como quiere sugerir el fallido título en español, lo que más experimentan las trece mujeres confinadas al espacio demasiado pequeño del salón de belleza una tarde cualquiera en la Franja de Gaza: en cierto momento un par de ellas hablan, sin especular en llevarlo a la práctica, del hecho de salir de Gaza, y explican que las complicaciones son tantas y de tal naturaleza –“pasas tres fronteras en diez metros”– que, dice una de las mujeres: “es preferible quedarse a morir aquí”.

Como si se tratara de matriushkas o de las capas de una cebolla, el filme muestra de qué modo un encierro se suma a otro y a otro más: vivir en Gaza ya implica estar intramuros, a lo cual debe añadirse que, por cuestiones culturales y religiosas, las mujeres no pueden andar por ahí a su aire, y finalmente súmese que afuera del salón de belleza parece que se ha desatado la guerra –lo cual sólo es un decir, porque ahí la guerra siempre está desatada– y por consiguiente no es posible salir.

Alegoría directa de las condiciones en las que un pueblo entero es obligado a vivir, Dégradé –nada de “Trece mujeres…”– habla claramente de la constante degradación a la que sociedades e individuos pueden ver expuesta su cotidianidad pero también, aunque sin optimismos fuera de lugar, de los modos de enfrentarla.

comentarios de blog provistos por Disqus