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El absurdo como punto de partida
Meursault, caso revisado, Kamel Daoud, Almuzara, España, 2016.
Por Rael Salvador

Kamel Daoud ha imaginado la vida del árabe asesinado en El extranjero, de Albert Camus. Meursault, caso revisado, es una novela en la que se interroga el significado de la presencia del hombre en el mundo y su libertad para defender y asumir una posición frente a los dogmas y a las trampas de la memoria.

Lo que la narración evoca es un acontecimiento franco-argelino, residuos incandescentes de un clásico en pugna, que no incumbe al tiempo sino a la humanidad. Se trata de sombras y destellos entrecruzados entre Albert Camus y Kamel Daoud, pero sobre todo de la reescritura de un pasaje criminal que ficciona mudarse de lo libresco para asirse a lo histórico.

Con la sobriedad de un poético efecto de “realidad” recuperada, Daoud nos obsequia la impresión de que el “acontecimiento” en cuestión se narra a sí mismo, causándonos la ilusión de objetividad: vulgar y dulce, perfectamente similar a un entierro sin cadáver.

Un árabe sin nombre, ultimado por un conocido nuestro, llamado Meursault, protagoniza la extensión de un lamento escrito en una famosa novela del siglo XX, remontándonos a la playa del crimen y a auscultar los anales emocionales de una afrenta familiar.

Tanto Daoud como M’ma (“madre”, en árabe magrebí) resucitan a Moussa en el vientre de la imaginación: ¿Cómo honran las calumnias a un muerto? ¿De qué manera se halaga o perturba a quien el tiempo niega embalsamar? ¿No lo olvida y la memoria obsesiva del presente escribe con o contra él?

Tratándose de un planteamiento de carácter literario, la respuesta se antoja sencilla: esquela periodística, frase de camposanto, se podría alegar que ofrecemos a Camus vida más allá de la muerte.

Camus siempre comentó que admitir una tiranía podría ser como resignarse a aceptar la soledad humana, una austeridad que vincula con el papel del escritor: “¿Qué podré yo llamar eternidad, sino a todo aquello que forzosamente habrá de continuar después de mi fallecimiento?”

Ahora que Kamel Daoud se ha entregado a la tarea de realizar la denostación de Meursault como afrenta a su creador, obsequiando origen y pertenencia a Moussa, árabe desconocido y sin tumba, El extranjero (Gallimard, 1942) toma nueva volcadura y, en clave de metaficción, el narrador expone las tribulaciones de una M’ma, un hijo –en monodiálogo eterno, émulo eficaz del “juez penitente” del bar Mexico City– y la acumulación de otros asesinatos de orden colonial.

Clarividencia de cavar más allá de las apariencias es observar lo que refiere Daoud, que “el extranjero que hay en Camus es su mismo ser argelino”, el escritor como desterrado literario y funerario.

“El autor célebre había narrado la historia de un árabe y había hecho de ella un libro estremecedor, como un Sol en una caja”, se lee en el libro en cuestión y la resonancia de la frase evoca ecos magistrales del escritor marroquí Tahar Ben Jelloun, en atmósferas cerradas y vertiginosas, similares a las páginas rulfianas que encontramos en Tratado de las pasiones del alma, de Antonio Lobo Antunes: jueces sumergidos en gelatina negra, en el temblor lúcido de las tinieblas.

Se pretende, a fuerza de escribir y borrar, calzar el saco de miserable a Camus en la figura de Meursault, quien es sólo reflejo de la marginalidad que el mismo Camus sufrió.

El único árabe de El extranjero “es una víctima sin nombre”, recuerda Jean Daniel, de la misma forma que lo comprende la madre de la víctima, quien abandona la penosa crisálida del “árabe” para convertirse en Moussa, un absurdo y simple rebote de luz intensa, playa de tinta derramada bajo la intensidad de un cielo mordaz, similar a cómo Francia, en aquel tiempo, se reproducía a sí misma en Argelia, intentando borrar, a fuerza de luz, la consigna de los ulemas: “El islam es nuestra religión. Argelia, nuestra patria. El árabe, nuestra lengua”.“Hacer vivir a Moussa después de haber muerto en su lugar”, eso esperaba la madre, quien –obertura de pesadilla en la novela de Daoud– se depslaza todavía por aquí: “Hoy, M’ma sigue viva”, fundando una moral antihistórica y contraviniendo la ya famosa entrada de Albert Camus en la más célebre de sus novelas: “Hoy, mamá ha muerto.”

Daoud no se halla en búsqueda de una interpretación definitiva de Albert Camus, sino “al encuentro de un Camus que pudiera ayudar a entender con claridad la búsqueda e interpretación de nosotros mismos”.

No es una interpretación de su tiempo, ni de sus hallazgos, ni de su estilo –de ese conocido carisma de justo y moral–, tampoco de las glorias filosóficas del existencialismo, sino de “actualizar su pensamiento para resolver los problemas existentes”. Porque sabemos que todo proceso de entendimiento y explicación se ve influido por la situación histórica específica de cada lector.

Camus continúa siendo un personaje singular, al cual es muy difícil de encajonar en una corriente de pensamiento, por más luminosa que ésta sea: Por momentos parece ser existencialista, en otros niega serlo y revienta en contra de ellos, de ahí El hombre rebelde, el nombre de Camus como un emblema de la época.

¿Qué nombre pronuncia en sueños Sartre? ¿Castor? ¿Nizan? ¿Camus? Pareciera que Kamel Daoud utilizase El extranjero para plantearse el absurdo como punto de partida y no como conclusión.

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