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El vaivén de las olas
Marherido, Marisol Robles, Instituto Veracruzano de Cultura, México, 2015.
Por Maliyel Beverido

Hablando de lector a lector, la primera idea que me vino en mente tras la lectura del libro, es la oscilación, el vaivén, la vuelta de ciclos; algo seguramente influenciado o provocado por la cercanía de la autora, Marisol Robles, con el mar. “¿Cuál es la hora de hacerse al amar?/ Nadie responde entre los arcos de la casa inundada”.

El primer oleaje es el de las emociones. Si pensamos que la poesía es el procedimiento de investigación y su producto un ensayo sobre las emociones, vemos que, como en el mar, éstas llegan y se van a veces suave, a veces violentamente.

No quisiera caer en el cliché de decir que “la poesía es el lenguaje del alma”, más bien me apuntaría del lado de Claude Beausoleil cuando dice que “la poesía es el alma del lenguaje”. Me refiero a que la poesía, a mi entender, habla de emociones. Pero no sumariamente, pues no se trata de decir solamente “estoy triste”, “estoy alegre”, “estoy sorprendido” –para eso tenemos los emoticones-; se trata de indagar cómo estoy triste, de qué maneras estoy alegre, qué me causa la sorpresa y cómo la manifiesto, de dónde procede mi enojo y a dónde me lleva.

Otro movimiento ondulatorio es el del tiempo referido: “Algo semejante al despertar/ nos persigue/ Somos descubiertas sin sandalias/ Imposible desandar el temor/ ante la ausencia de helechos y robles”.

En ocasiones el yo poético habla desde la infancia –no desde el recuerdo de la infancia, sino desde la infancia misma-, y otras habla desde la madurez. El yo poético es el personaje en el que se convierte el poeta para mostrar sus entrañas, porque esto no es una biografía, es la tenaz reelaboración del tiempo.

Así, este Marherido refiere las emociones que se alternan en un yo poético y una temporalidad. Nacer, crecer, ser arrojado al asombro y la confusión del mundo, “el miedo al cielo tan absoluto”; todo el devenir y sus cavilaciones son expresadas por un yo que no es el racional, que no busca la disección sino la expiación del dolor y el conjuro de la bonanza. “Una no duerme/ hasta que papá regrese”.

En este conjunto de poemas, además de la voz que narra hay otros sujetos líricos. Recurrentemente mencionados son el padre, la hermana, la madre. Los mil nombres de la temprana ausencia no bastan nunca para llenar un hueco. “Este es el inicio/ deambular es lo que queda/ después de extraviarse la memoria”.

El tiempo de la escritura también se presenta en sacudidas. En Marherido hay alrededor de veinte años de reescritura, de relectura, de reencuentro, de ir y volver de las palabras a la vida misma. A los primeros versos, que datan de 1998 (y figuran en la plaquette Ante mare undae, también publicada por el IVEC) han crecido brotes y ramas, y su raíz se ha hecho más fuerte.

Del mismo modo el espacio fluctúa, aunque en un registro bien cerrado. No puedo dejar de pensar que el nombre es destino, y a nadie escapa el hecho de que la poeta se llama Marisol, y “mar” y “sol” hay en sus poemas, como también sus contrarios. “Rachas de 80 kilómetros se anuncian/ El estío duele en la garganta y en el pecho/ Respiración entrecortada esta terquedad por ancianos”.

La geografía en que acontece el poema es perfectamente reconocible. Constantemente se habla de la canícula, del norte, de los faros, de los pinos, del olor a sal, de las casas de tablones y hasta del acuario viejo. Uno imagina el puerto y sus dunas, sus días soleados y sus tormentas, no en un recorrido definido, sino como en súbitas evocaciones, el martilleo de la memoria en un presente en movimiento. “Cada marea se va haciendo piel”.

Como el vaivén de las olas que no necesita metrónomo, cronómetro o algoritmos cifrados para determinar sus movimientos, Marherido prescinde de signos de puntuación sin que por ello las palabras se extravíen. Hay un ritmo certero en su fluir y así el yo poético de la autora, junto con su herida, se transfiere al lector, creando un nuevo yo poético habitado por los versos leídos.

La disposición de los versos, puntuada por “vigilias” que son cuatro poemas en prosa, articula espacios abiertos y cerrados: el mar, el delirio, la casa y el camino. Finalmente, las ilustraciones, dibujos de Pepe Maya, de trazo cabal y expeditivo, crean un eco visual adecuado a las palabras.

Marherido es un libro que invita a seguir su pauta, sus movimientos rítmicos, y requiere por ello no sólo una lectura pausada, sino una y varias relecturas. Creo que sus poemas, incluso sus versos, pueden leerse por separado, o por secciones, pero la lectura del conjunto ofrece un panorama que vale la pena recorrer en pleno.

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