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Por Ricardo Guzmán Wolffer

Leskov y el nacionalismo

 

Nikolai Leskov (Rusia, 1831-1895) gustaba de la burla como instrumento de crítica, y entre más aguda la disección, más suave la guasa, de modo que el ojo analítico debe mirar con cuidado para ver hasta dónde llega Leskov. Censor al grado de perder su trabajo en la burocracia rusa por las animadversiones causadas, Leskov deja varias joyas entre las que destaca La pulga de acero (1881).

La anécdota es simple: los ingleses quieren impresionar al Zar Alejandro I y lo llevan a viajar por las distintas fábricas, pero fracasan ante las intervenciones del acompañante Platov; finalmente le muestran una pulga de acero diminuta que se mueve con un mecanismo no visible a simple vista. El Zar la paga y se la lleva. Al morir Alejandro, toma el cargo Nicolás y encuentra la cajita con la pulga. Encomienda a Platov que sea mejorada y éste va con los artesanos de Tule, quienes le colocan herraduras minúsculas a la pulga. Platov y uno de los responsables viajan a Inglaterra, tratan inútilmente de reclutar al artesano. Al volver a Rusia, por la falta de documentos, termina falleciendo en un lugar de mala muerte: antes de morir cuenta un secreto de la armería inglesa, mismo que es desdeñado. Y el cual, de haberse aplicado, tal vez hubiera dado un resultado distinto a la guerra de Crimea.

Leskov narra esta peculiar fantasía como si fuera un cuento de hadas, pero a lo largo de los encuentros conceptuales entre ingleses y rusos, se adivina una defensa de los valores tradicionales de la Madre Rusia frente al imperio inglés: se trata de una lucha de Oriente y Occidente, incluso a nivel religioso, aunque ambas naciones lean la misma Biblia, dice Platov. Empero, el truco del autor es plantear este relato fantástico con argumentos que en su momento llevaron a más de un crítico a alabar el texto por hacer notar los valores rusos y cómo eran superiores a los ingleses: convence al lector de que está ante una leyenda y con eso le da un aire de verosimilitud, pero como no hay forma de hacer una pulga como la descrita, se toman por ciertas las afirmaciones chauvinistas. Sin embargo, son tan exageradas que terminan por ser risibles y alguien con dos dedos de frente comprende que Leskov se está pitorreando de los verdaderos chauvinistas, pues en el relato se critica sin contemplaciones la ingenuidad del Zar, la cerrazón mental del militar Platov, la necedad del artesano en no aceptar nada inglés, la burocracia rusa que prácticamente condena a la muerte por negligencia médica y de atención al artesano que comete el error de regresar sin papeles, por lo cual es golpeado y abandonado en lugares helados hasta que fallece; pero, sobre todo, la ineptitud de la alta burocracia, pues cuando el artesano revela el secreto inglés (no limpiar los cañones de las armas con ladrillos) por el que ha entregado la vida, éste es desechado por todos los militares que lo escuchan. Por si fuera poco, cierra con un peculiar epílogo donde aparentemente contrarresta la cerrazón descrita, al afirmar que los trabajadores aprecian las comodidades de la ciencia mecánica, pero evocan a sus antepasados con orgullo y amor, lo cual constituye su épica, “dotada de una genuina ‘alma humana’”. Implica que la verdadera “alma humana” está en ese pasado plagado de cortedad de miras con la consecuencia de miles de muertes.

No sólo en lo narrado Leskov brilla, también lo hace en la forma: inventa neologismos que en su momento fueron mal vistos y que ahora son tan comunes que hacen fresca la lectura y muy complicada la traducción; por ejemplo, junta “ordenanza” con “silbido” e inventa “silbanzas” para referirse a los ayudantes de Platov que son llamados a silbidos; junta “botas” y “boato” e inventa “botato” para referirse a los obreros ingleses que usan botas y son ostentosos.

Leskov ha sido elogiado por Walter Benjamin, Gorki y Mann, entre otros, y sus ecos pueden verse en Bulgákov y más. En tiempos de elecciones, gringas o mexicanas, donde el nacionalismo es esgrimido como argumento (la parte fantástica de Leskov) y solución para resolver problemas tan graves como la seguridad o la desigualdad económica (la parte real del texto publicitario, diría Leskov), es útil recordar cómo esa estrategia publicitaria tiene más de un siglo de haber sido utilizada con éxito para engañar a los bobos y alertar a quienes comprenden que toda lectura o discurso tiene más de una capa antes de llegar al verdadero mensaje.

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